Iglesias y Castro: comenzar de nuevo

Podemos, mediante una nueva estrategia discursiva, su agenda política populista, con su definición de pueblo y la equidistancia que guarda con respecto a los demás partidos políticos, ha tenido la habilidad suficiente para proponer a la sociedad española un parteaguas político; un profundo cisma en el que de un lado habita la ciudadanía de a pie y del otro, la elite política privilegiada o corrupta que sólo merece ser castigada por su responsabilidad moral y penal.

Aunque en principio parezca alejada de los totalitarismos clásicos del siglo XX, si la comparamos con la estrategia de toma del poder plasmada por Fidel Castro en su alegato de defensa “La historia me absolverá” de 1953 y el Manifiesto del Movimiento 26 de Julio, veremos que los objetivos de ambas formaciones, a más 60 años de distancia entre sí, muestran importantes paralelismos.

Castro, en su alegato de defensa, definía como pueblo a “la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor, más digna y más justa, los 700.000 que están sin trabajo, los 500.000 obreros del campo, los 400.000 obreros industriales y braceros, los 100.000 agricultores pequeños, los 30.000 maestros y profesionales, los 20.000 pequeños comerciantes, los 10.000 profesionales jóvenes”. Los excluidos de esta definición no son pueblo para Castro.

La formación de Iglesias introduce, como Castro, una simple dicotomía binaria y reduccionista al declarar que –lagente decente”– está de su lado y lo que queda del otro es pura escoria política y moral: por tanto, prescindible. La sociedad decente que asume como suya no está dividida por ideas o intereses plurales, sino que es homogénea, o sea, son “las masas”, esto es, una realidad total unitaria. Lo que queda fuera de esa totalidad para ellos no es sociedad, es pura y simple casta política. Iglesias, construyendo un nuevo discurso formal: la casta política, la gente, o el rescate ciudadano frente a los mercados, incluso la patria, ha conseguido sustituir conceptos anquilosados como la lucha de clases o la burguesía, con escasa capacidad de movilización.

Con respecto a sus programas, Castro adoptaba uno de naturaleza socialdemócrata reformista, fortaleciendo el papel del Estado en el marco de una economía de mercado. Igualmente las ideas esbozadas por Podemos en su programa económico rebajaron notablemente el perfil radical de sus exigencias iniciales al excluir del mismo el repudio de la deuda externa y la implantación de una renta básica para todos los ciudadanos. Y pese a que públicamente suelen proponer medidas extremas, en líneas generales podría ser considerado como un programa económico de corte socialdemócrata radical, tal y como el proyecto inicial castrista del M-26-7 de 1955.

El objetivo de ambos programas busca generar ilusión en el sector de la población más desfavorecido; en el caso español, los parados y víctimas de los recortes sociales, sin fundamentar explícitamente cómo su eventual gobierno lo va a financiar, lo cual pone en evidencia su elevadísimo nivel de improvisación y su indisimulada sed de poder. Castro nunca propuso, antes de tomar el poder (tal como postuló Podemos cuando aún no competía como partido político) la expropiación de toda la propiedad privada, lo cual, como se sabe, ocurrió de manera irreversible en Cuba desde 1960. Esto indica que a fin de cuentas el programa no resulta un indicador clave para definir a estos movimientos, sino su trama discursiva, su sustrato político, el cual suele inclinarse hacia modelos políticos que ulteriormente devienen totalitarios.

Podemos, al igual que el movimiento castrista, no pretende representar a unos intereses políticos determinados, sino que se abroga toda la representación del pueblo español, entendido como totalidad indivisa, preexistente y antagónica de eso otro que termina por ser inevitablemente el no-pueblo. Su reciente autoproclamación como jefe de la oposición así lo expresa. Tal y como Podemos concibe y trata al espacio político, contradice intrínsecamente al pluralismo democrático y, en ese sentido, es incuestionablemente excluyente, hipótesis que defiende Jose María Ruiz Soroa en El peligro de una sociedad sin divisiones. Aunque en sus declaraciones públicas palpita ese totalitarismo de viejo cuño, Podemos ha modernizado su agenda y ha sabido detectar en España lo que Lenin definiría como “una situación revolucionaria” y en consecuencia comenzar de nuevo, demostrando que son capaces de “tomar el cielo por asalto”.

En resumen, Podemos no propone absolutamente nada nuevo. El antiguo contrato rousseauniano, adaptado a las exigencias colectivistas, travestidas de demagogia consiste básicamente en que el todopoderoso Estado se compromete a ofrecer una mínima cobertura de derechos sociales y a cambio los ciudadanos, renuncian, o le son suprimidos gradualmente, sus derechos civiles y políticos consagrados por la sociedad liberal. Los pueblos que han estado sometidos por décadas a tal despojo han sufrido amargamente las durísimas consecuencias económicas que entraña este modo de hacer política. Sin embargo, en sus inicios no suelen advertir del secuestro de la libertad que conlleva, una alienación que prostituye un valor imprescindible para vivir y ser persona. El mismo Jean Jacques Rousseau lo expresó paradójicamente en esta frase: “Pueblos libres, recordad esta máxima: se puede conseguir la libertad, pero nunca se recupera una vez que se pierde”.

Enrique Collazo Pérez es licenciado en Historia Económica por la Universidad de la Habana, especializado en Historia Económica de Cuba, España y América Latina.

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