Igualdad, ¿qué igualdad?

De las tres divisas de la izquierda –igualdad, libertad, fraternidad–, sólo le queda la primera, la más cuestionable. La fraternidad pereció apenas nacer, al convertirse la guillotina en el juguete favorito de la revolución. La libertad duró hasta que Lenin implantó la «revolución proletaria» en Rusia en vez de esperar a que se produjera la revolución burguesa, como Marx había predicho, lo que condujo a una «dictadura del proletariado» que era en realidad la dictadura del partido. «¿Libertad? ¿Para qué?», preguntaría luego Lenin a un ingenuo Fernando de los Ríos. Queda así la igualdad como clavo ardiente al que agarrarse una izquierda que ha perdido dos terceras partes de su contenido.

Hoy podríamos preguntar: ¿qué igualdad? Porque resulta que la plena igualdad no existe. Excepto en los elementos simples de la tabla de Mendeleiev que estudiábamos en el bachillerato, todos los cuerpos de la naturaleza son distintos entre sí. No hay dos naranjas iguales ni dos perros idénticos, por no hablar ya de dos seres humanos, incluso gemelos. Por lo que poner la igualdad como meta política es una utopía o un proceso totalitario para ahormar a los individuos a un patrón generalista, que da lugar a las mayores aberraciones o a los crímenes más horrendos. No es que la igualdad vaya contra todas las normas morales, es que va contra las mismas leyes de la naturaleza.

Sin embargo, la izquierda se aferra a ella con todas sus fuerzas –todo el discurso de Pedro Sánchez gira en su torno– por la causa apuntada: no le queda otro principio. «La igualdad es la idea central del pensamiento socialista», según Alfonso Guerra. Aunque reconoció que «el igualitarismo inicial ha dado paso a un concepto de igualdad que no responde al uniformismo cuartelario. No se trata de que todos sean iguales, sino de que todos puedan ser iguales». Ese cambio de indicativo a subjuntivo es impagable. Pero la experiencia se vuelve contra él al mostrarnos que la mayor desigualdad se ha dado precisamente en los países donde la izquierda se ha impuesto con más fuerza: los comunistas, con los miembros del partidos gozando de todos los privilegios, mientras el resto de la población depende en todo y para todo de sus líderes, que en muchos casos es sólo uno. Tal es la desigualdad bajo lo que llaman «socialismo real» y viene a ser socialismo regio, que hay en él no sólo viviendas, hoteles, supermercados para lo que Djilas llamó «la nueva clase», sino también dinero especial con el que pueden comprarse bienes inaccesibles a los demás. ¿Existe mayor desigualdad que ésa? Al menos los dólares que usa un Rockefeller son los mismos que usa su chófer.

El desplome del muro berlinés bajo la presión popular y la implantación de un «capitalismo de Estado» en China, con sus concesiones al mercado, llevó a la izquierda occidental a una grave crisis de identidad que intentó salvar con el «eurocomunismo» de Carrillo y Berlinguer y «la tercera vía» de Blair, versiones ligth de la socialdemocracia. Tuvieron, sí, su hora y llegaron a gobernar algunos países, entre ellos España, bajo Felipe González, sin acertar con la fórmula definitiva, ya que esos mejunjes de elementos dispares no cuajan, como ocurrió en el Reino Unido, o acaban en la corrupción, como en España.

Pero el golpe de gracia se lo ha dado a la izquierda la crisis en la que aún estamos. Siendo hija del capitalismo más rapaz –concretamente, el de la ingeniería financiera que bordeaba y en muchos casos caía en el delito, como los productos subprime–, la gran paradoja de esta crisis es que quien más ha acusado sus efectos negativos es la izquierda, a la que ha pillado totalmente desprevenida. Los capitalistas han tenido buen cuidado de escapar con sus ganancias infladas por la especulación y obtenidas a menudo con trampa. Pero la izquierda estaba tan convencida de que aquella riqueza especulativa –intereses del diez por ciento, compro un piso hoy y lo vendo dentro de dos años por el doble del precio– era auténtica que llegó incluso a negar la existencia de la crisis cuando le mordía ya el trasero, como le ocurrió a Zapatero. Hasta que la realidad la hizo caer a plomo de la nube en que se encontraba. Sin que haya encontrado todavía el rumbo ni el líder para ponerse de nuevo en marcha.

Huérfana de ideas y anonadada por el golpetazo, a la izquierda sólo le queda la igualdad como signo identitario, pero tiene que pedir prestadas a la derecha las soluciones, al carecer de ellas. Lo que ha provocado una lucha interna en la que se imponen los moderados en los países con cultura democrática y los radicales, los duros, los menos escrupulosos en los países sin dicha experiencia. En España, tenemos a Podemos, que se ha merendado media Izquierda Unida y desplazado del segundo puesto en las encuestas a un PSOE tan vacilante como desnortado, sin saber hacia dónde tirar y quién es su verdadero enemigo. Sus señas de identidad se diluyen en mensajes contradictorios, luchas internas y fórmulas periclitadas, como el federalismo, obligando a la vieja guardia a abandonar su bien forrada jubilación, ante la amenaza de desaparecer, como ocurre a los socialismos mediterráneos, arrollados por el populismo más soez: Syriza en Grecia, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, Podemos en España. Este retorno al izquierdismo más elemental, con gotas de bolchevismo, castrismo y chavismo, fracasado en sus países de origen, choca, sin embargo, con un gran obstáculo: resulta inadmisible en una comunidad tan avanzada como la Unión Europea, según acabamos de ver en Grecia, donde Tsipras se encuentra entre la sartén del rescate y el fuego de sus promesas. Pero tal es el desbarajuste que existe en nuestra izquierda que, como les decía, ha tenido que salir Felipe González a recordar a sus compañeros la urgencia de «recuperar la centralidad», en un artículo que tiene aire de reprimenda y es, en realidad, de generala.

Para ello, sin embargo, lo primero que tiene que hacer la izquierda es que la igualdad deje de ser su objetivo y, menos aún, su prioridad. Si quiere superar la crisis, mucho más efectivo que esforzarse en que todos ganemos lo mismo, es trabajar por la igualdad de oportunidades que, junto a la igualdad de derechos y deberes, ha demostrado ser la verdadera senda del progreso. Le llamaría incluso un imperativo categórico: que todos y cada uno de nosotros podamos desarrollar nuestras capacidades y cubrir nuestras necesidades. Ésa es la única utopía posible en la Tierra. Tampoco fácil de alcanzar, conviene advertir.

Un problema adicional para la izquierda es que la derecha viene buscando tal tipo de igualdad desde hace tiempo, sin haberla alcanzado, aunque acercándose poco a poco a ella. Por eso precisamente es la que eligen los pueblos que prefieren la reflexión a la cólera y superan la crisis antes que los demás.

José María Carrascal, periodista.

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