Igualdad y desigualdades

En la actualidad, no resulta cuestionable en nuestras sociedades la necesidad de políticas y acciones públicas que promuevan la igualdad de género, es decir, dirigidas a la erradicación de todas las situaciones que conlleven injusticias, marginación e incluso exclusión en razón del género de las personas. Desde la Sociología se utiliza el concepto de género para expresar la conversión de las diferencias biológicas en desigualdades sociales. Si se valoran más las características, roles y estatus que se asignan socialmente a las mujeres, éstas serán más valoradas socialmente que los varones. Debido a ello tendrán más riqueza, prestigio, poder e influencia que los varones. Ocurre históricamente que en general la situación es la contraria. No ha existido habitualmente una igualdad entre los dos sexos y el peso de la desigualdad y sus consecuencias ha tendido a recaer sobre las mujeres. Y todavía sucede a pesar de todos los cambios acaecidos. De ahí que desde organismos internacionales se inste a los gobiernos a emprender iniciativas tendentes a promover la igualdad de las personas, para evitar que puedan producirse discriminaciones sociales en razón de su sexo.

Sin embargo, la ideologización y asunción -y consiguiente utilización- por parte de algunos grupos de ese ideal legítimo, y necesario en sí, como marca de distinción exclusiva para ellos, que les hace superiores ante otros a los que les asignan, gratuitamente en muchos casos, la condición cuando menos de sexistas, puede resultar peligrosa para las mujeres, en primer lugar, y para toda la sociedad también. La defensa de la igualdad de género puede, sobre todo en los casos en los que se utiliza como ariete, encubrir otras muchas desigualdades, hasta el punto de alejarlas del objetivo público y político ocultándolas; espero que no del objetivo académico, trabajándose por su identificación mediante la investigación.

Crear instituciones a veces sin demasiado contenido, promover leyes que no surten efecto por falta de recursos o porque no son una varita mágica, y tener siempre en el escaparate la realidad cierta de la desigualdad de género como si fuese la única, haciendo de la lucha contra ella un simple eslogan, puede acabar en la práctica anclando a las mujeres en la desigualdad, enraizándolas en múltiples situaciones reales de marginación y exclusión, pero sin que eso sea visible. Por medio de la propaganda política y mediática podría llegar a adormecerse la conciencia social, tranquilizada porque ya desde las instituciones se está haciendo todo por la igualdad de la mujer. Puede ser más fácil para cualquier gobierno representar en público las acciones que se están llevando a cabo con el objetivo de liberar a las mujeres, sin que a posteriori se realicen evaluaciones sobre el éxito real de tales acciones, que la realización del trabajo continuado, callado y a largo plazo para conseguir su igualdad real. Viene a recordar esto el antiguo y periclitado debate en EE UU sobre la desigualdad racial, y la crítica de que acababa ocultando que las desigualdades eran sobre todo de clase, cuando la izquierda defendía la lucha de clases.

Las mujeres son y siguen siendo en España y en el mundo las más pobres. Y las más pobres entre los pobres son las mujeres ancianas. La lucha y el trabajo por la igualdad pasa por múltiples acciones que son de carácter transversal. Son las mujeres de las familias más modestas las que tienen que cuidar a niños, enfermos crónicos y ancianos -que son mayoritariamente mujeres- sin ayuda externa, renunciando en muchas ocasiones a su realización personal y al trabajo, por tanto a ingresos y luego a pensiones, lo que sigue perpetuando la pobreza femenina.

Mientras, la conocida como Ley de la Dependencia no termina de ponerse en marcha realmente. Al margen de la humillación y desprecio que significa que se evalúe a personas con dependencia funcional muy alta concediéndoles 1 euro al mes, o incluso menos, ni siquiera con una mayor asignación respondería al espíritu que la inspiró. Se pensó en dicha Ley otorgando un derecho personal a cada ciudadano a ser cuidado adecuadamente en caso de necesidad, y a proporcionársele para ello los servicios sociales necesarios, al modo de la atención sanitaria como derecho universal. Además, eso supondría la creación de múltiples empleos. Esto no se ha hecho, y vuelve a cargarse sobre las mujeres el trabajo y responsabilidad del cuidado a los familiares enfermos.

Ellas, cuidadoras infatigables aunque constantemente fatigadas en tantos casos, enfermando muchas veces física y psíquicamente, despreciado social y políticamente el valor de su trabajo, siguen siendo invisibles en nuestra sociedad tan progresista y tan bien abanderada por tantas mujeres ya en puestos de poder, cuyas tareas son muy bien remuneradas, igual, igual, que las de los varones políticos, y por las que, también como ellos, disfrutarán de pensiones generosas y seguras. Por cierto, privilegiadas sobre las del resto de los ciudadanos contribuyentes. ¡Igualdad!

María Teresa Bazo, catedrática en la UPV-EHU.