Imagínense una Euskadi en paz

Javier Elzo, catedrático de Sociología de ESADE (EL PERIODICO, 26/07/04).

Imagínense que hoy, al término del encuentro entre el presidente del Gobierno de España con el lendakari Juan José Ibarretxe, José Luis Rodríguez Zapatero repita lo que dijo en Barcelona el 13 de noviembre pasado: “Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”. Pero cambiando Parlamento catalán por Parlamento vasco.

Imagínense que, inmediatamente después, el lendakari Ibarretxe dijera: “Vista la buena voluntad del presidente de España, y en el deseo de propiciar una salida al estancamiento actual, he decidido retirar el plan que lleva mi nombre y voy a proponer en el Parlamento vasco que, con una hoja en blanco, entre todos, cada uno con su plan, establezcamos una hoja de ruta para llegar a un acuerdo que suscite la aprobación, si es posible, de dos de cada tres vascos, y, en todo caso, que sea mayor que la que concitó el Estatuto de Gernika”.

IMAGÍNENSE que Herri Batasuna (en cualquiera de sus denominaciones) decide ponerse a pensar y, a lo largo del verano, su Mesa Nacional (o como se llame en ese momento) hace público un documento en el que, entre mil circunloquios, diga algo como esto: “Habida cuenta la nueva situación de respeto a la voluntad de los vascos, propiciada en gran medida por la constancia y determinación de las fuerzas abertzales de Euskadi, creemos estar en condiciones de pedir a ETA, y así lo hacemos formalmente, que desista, de forma definitiva y permanente, del uso de la violencia. Es el mayor servicio que puede hacer a la causa de la liberación nacional y social de Euskal Herria”.

Imagínense que, allá por diciembre, antes de Navidad, tres encapuchados de ETA se dirigen, vía Euskal Televista, urbi et orbi, a la ciudadanía española y vasca, y a su propia parroquia, para decir algo como esto: “Tras sopesar los últimos acontecimientos, y en particular la decisión manifestada públicamente por el presidente del Estado Español de aceptar la voluntad de los vascos, aún limitados a los de la parte de Euskal Herria que viven en las Vascongadas, ETA ha decidido deponer definitivamente las armas, como muestra de buena voluntad ya manifestada reiteradamente en múltiples comunicados, etcétera, etcétera, etcétera”.

Imagínense que el Gobierno de España decide aplicar la ley con generosidad (algunos eliminarán lo de la generosidad) y, a los presos que han cumplido tres cuartas partes de la pena los libera, a los que manifiestamente están gravemente enfermos también y hace un esfuerzo serio, sin añagazas, de acercamiento a Euskadi de todos los presos vascos, acabando así con las caravanas de familiares de presos hacia las cárceles españolas para unos escasos minutos de visita.

IMAGÍNENSE que, al fin, la justicia decide qué hacer (celebra el juicio quiero decir, sin más) con Egin y Euskaldunon Egunkaria y empieza a tomar en consideración (nada más que eso) las denuncias de tortura, aun sin pedirles las prisas que en cambio sí se han dado para adoptar otras decisiones judiciales que quiero no mentar.

Imagínense que en las elecciones autonómicas de la próxima primavera, tras rastrear con lupa los nombres de ciudadanos, limpios de toda impureza, y en el silencio de los ya han sido condenados electoralmente, presentan una lista sin mácula a las elecciones. Así una nueva hoja de ruta se establece para que los de Herri Batasuna puedan presentarse a las elecciones y ocupen los escaños que hayan obtenido participando en la elaboración del nuevo Estatuto que, quizás, se pueda llamarse de otra forma.

Imagínense que en el Partido Popular salen voces diciendo que quizás los que se han equivocado con su política son ellos, en los últimos años, y no los de Unión de Centro Democrático que en su día negociaron el Estatuto y que quizá ahora, cediendo todos, podamos integrar a todos.

Imagínense que, sea el que sea el resultado de las elecciones vascas de la primavera del 2005, ETA ya no matará y entrará en proceso de disolución, la voluntad de los vascos habrá sido respetada, los que ahora viven con miedo lo habrán perdido, los que están con escolta bajarán, sin compañía, a los bares a tomarse un vino o un café cuando les apetezca y los vascos oiremos las noticias y leeremos los periódicos sin que hablen de nosotros, día sí, día también.

Esto no es el cuento de lechera sino un proceso realista, simple y posible para abordar el principio del fin del mayor problema que, todavía, tiene España entre sus manos. Imagínense.