Impresiones canadienses. Montreal (I)

Las razones por las que amamos o detestamos las ciudades son inexplicables. Podemos dedicar muchas páginas a una gran metrópoli que nos ha seducido o a una villa provinciana, recoleta y tranquila, pero en el fondo es difícil escapar a los tópicos, que tratamos de llenar de fundamento. Incluso a menudo turisteamos convencidos de antemano de lo que vamos a encontrar. Luego está lo personal. Porque las ciudades no cambian tanto como nosotros. Por eso sorprende si alguien dice “¿te has fijado cómo ha cambiado Venecia, o Florencia, o París o Londres?”. Y resulta que lo más irreconocible de Venecia, de Florencia, de París o de Londres, somos nosotros.

Hay lugares donde lo que allí se entiende como antiguo hace las veces de un escenario en el que los turistas, los visitantes, hacemos de extras o actores de reparto. Lo antiguo de ciudades canadienses como Quebec, Ottawa o Montreal está montado al modo de una representación o un parque temático para gente mayor o niños en grupo.

Uno entra en la catedral montrealesa de Nôtre Dame y tiene la sensación de haber apartado las cortinas que dan paso al patio de butacas del Gran Teatro, donde de un momento a otro se escucharán los compases de una ópera de Meyerbeer.

Por más apelaciones que hagamos a la cultura, a la objetividad y a nuestra sensibilidad, somos fundamentalmente irracionales a la hora de valorar las ciudades. Nos gustan o las detestamos por razones a menudo inconfesas. Por eso debe tomarse a beneficio de inventario el que Quebec, capital de la francofonía canadiense, me parezca una ciudad entre levítica y castrense, de esos lugares donde el pasado confeso huele a sacristía y se detecta una vaga familiaridad con las campanas y el toque de retreta. De Ottawa me impresionó el poder; no sé si las instituciones canadienses son como sus edificios, pero sí puedo asegurar que los edificios políticos, religiosos, económicos de la capital son auténticas instituciones construidas para imponer respeto, intimidan. Todo está hecho al tamaño de América y con esa evocación romana que les da a los monumentos, e incluso a algunas mansiones, ese aire de escenografía neoclásica, donde uno temiera que de pronto asomase entre las columnas un actor de época, sosteniendo el cuerpo de César y recitando el cínico monólogo de Marco Antonio; como en Shakespeare.

Montreal es otra cosa. Una ciudad tan llena de ciudades que cada uno tiene la posibilidad de escoger la suya sin necesidad de que se la impongan. Reconozco mi absoluta fascinación por este lugar donde hay vida y trabajo, donde la gente no está acojonada, donde los parques son parques y no cagaderos para perros, donde los ciudadanos casi lo parecen, y donde las broncas juveniles del viernes por la noche apenas si se parecen a una noche cualquiera en el Raval, donde los comercios están abiertos durante los siete días de la semana y nadie llora por el sueño perdido de la tiendecita del barrio, que por cierto cerraron nuestros abuelos con una jubilación impensable en estos tiempos.

En Montreal los diarios ponen los nombres de los delincuentes con sus apellidos completos, y si se trata de mafiosos, que controlan drogas y garitos, se da cuenta de ellos con pelos y señales. Si se llama a la policía, viene y no se escaquea. Hay un metro eficaz y rápido, y hasta limpio, como las calles, donde he llegado a ver los letreros publicitarios más insólitos de mi vida; desde lo trascendente, una cita de Nietzsche – “una creencia fuerte no demuestra más que la fuerza de la creencia, no su verdad”-hasta lo más trivial y desvergonzado, “quiero un banco que no sea como mi ex: sin interés”.

Durante más de dos meses no he visto ni una sola vez la jeta del alcalde vendiendo motos y haciendo pagar al vecindario la publicidad en la que se promociona. Incluso no sé quién es ni cómo se llama, cosa que entre nosotros sería impensable. Y es una ciudad bilingüe sin complejos, donde jamás ha salido el tema del bilingüismo en la conversación.

Luego están las otras caras. La contradicción entre una ciudad donde los mercados están magníficamente abastecidos, donde la vida es bastante más barata que por aquí y, sin embargo, la comida es habitualmente espantosa. Resulta inexplicable que en un país con patatas exquisitas – bastarían las famosas de Yukón, Quebec o Príncipe Eduardo-sea casi imposible comer una patata, ni siquiera frita, sin que te den náuseas, como si las frieran en aceite de motor o las asaran con gasolina. Es verdad, en Montreal hay magníficos restaurantes. Todo el mundo se lo dirá en Canadá, pero no se lo crea. Son pocos y carísimos, porque la cocina popular se ha perdido para la restauración. El plato común, casi identitario, por mal nombre poutine,es una mezcla deslavazada de patatas mal fritas, queso derretido y salsa supuestamente de carne; uno de los restaurantes más prestigiosos de Montreal inventó una variante cursi y cara, para gastrónomos, con foie; que es como si a un cocinero catalán se le ocurriera mejorar la botifarra amb seques incorporando trufa blanca. El otro gran plato racial, originario del este europeo, smoked meat,carne de vaca ahumada, resulta comestible si usted tiene mucha hambre y además no la ha probado desde hace meses, pero repetido cuatro veces por semana, o seis de siete, se hace cuesta arriba. Puede usted con suerte y muchos fracasos encontrar un restaurante italiano, portugués o polaco, normales y dignos, pero la cocina quebecoise,la peculiar variante canadiense de la antigua cocina francesa, se ha perdido para la restauración. Habrá sitios, pero no me los indicaron bien.

Existen, eso sí, grandes templos de la cocina como tradición familiar. A medias entre la prosapia mafiosa – Montreal fue y es residencia de jefes de todos los tráficos-y el lugar ideal para la cena de familia. Lugares míticos, donde los camareros pueden ser jóvenes o mayores pero saben su oficio, y donde la cocina es correcta y abundante. Y resulta normal que los comensales le pidan al camarero que les prepare las sobras para llevárselas. ¿Se imagina que en un restaurante de postín europeo, alguien que no se puede terminar su plato o su tarta, le sugiera al chef, “prepáremelo para llevar a casa”? Lo he visto hacer en media docena de mesas del exclusivo Moshe. Otra curiosidad más que añadir a la de una buena parte de los restaurantes montrealeses, que no ofrecen vino, sólo lo sirven; usted lleva su botella y ellos la abren y se la van sirviendo. Un modo de evitar el desproporcionado precio del vino en un restaurante, que no es más escandaloso en Montreal que en Barcelona o Madrid.

Una ciudad ideal para el caminante, pero no al modo que lo puedan ser otras, para paseantes mirones y contemplativos. Exige resistencia y cierta adaptación al invierno implacable. Los años pasados allá se miden por inviernos sufridos. Una sociedad abierta formada por vetas de emigrantes de todo el mundo, y sostenida por una economía poderosa. Una isla, aunque no lo parezca, donde la naturaleza brota de una manera desaforada y donde la única pena de la que no podrá sobrevivir incólume sino sumido en la delincuencia es si usted fuma. Puede usted ser heroinómano, alcohólico, traficante, sicario, pobre, sadomasoquista, músico, pintor arruinado, profesor de español… Podrá sobrevivir a todo; ahora bien, si es usted fumador, aunque fume en la calle con un frío de quince grados bajo cero, debe ser consciente de que contraviene la ley que marca la prohibición de fumar a menos de nueve metros de los edificios.

Algún día habrá que explicar que quienes envenenaron el tabaco, convirtiendo un placer en un vicio, ahora nos van a salvar quitándonos de fumar y ofreciéndonos comer basura. Cuando hayan atiborrado de comida basura al personal y se llenen los hospitales, empezarán una campaña ecológica contra la comida basura, y usted inevitablemente seguirá siendo un delincuente clandestino. Otros conversos, ex fumadores, querrán salvarle del pecado y la enfermedad. El mundo anglosajón marca el camino.

Gregorio Morán