Incierto se presentaba...

Me refiero -como cualquier lector de cierta edad habrá supuesto- al reinado de Witiza, rey visigodo subido al trono en momentos azarosos. Fueron muchos los escolares españoles que leyeron la frase en un libro de texto de historia de España. A pesar de los esfuerzos realizados, no he sido capaz de localizarlo. La larga retahíla de los reyes godos se aprendía y se recitaba con una musiquilla que servía de ayuda mnemotécnica para facilitar el aprendizaje; el mismo sistema se usaba para las tablas de multiplicar. En mi plan de estudios de Bachillerato no se incluía ese martirio, a pesar de que la memoria seguía siendo considerada entonces una de las tres potencias agustinianas del alma que debían ser cultivadas en la educación escolar. Recuerdo a mi padre cantando la lista de los reyes godos como ejercicio para fortalecer su memoria. Para emularle, yo también quise aprenderla. Pero puse tan escaso entusiasmo en el empeño que nunca conseguí pasar de Turismundo: en ese momento la cancioncilla hacía una graciosa inflexión donde me quedaba inevitablemente empantanado. Ignoro si Turismundo, Witiza y la restante monarquía visigoda figuran todavía en los libros de texto. Según parece, memoria, entendimiento y voluntad ceden su primacía en la educación de hoy a sentimientos y emociones múltiples, gracias a los cuales la igualdad entre el alumnado se alcanza más fácilmente.

Augurar incertidumbre al reinado de Witiza tenía un indiscutible rigor histórico. Ese rigor no libró a la célebre frase de convertirse en una frase hecha. Pasó a usarse, sobre todo, en las mesas de bares y cafés durante las partidas de mus o de dominó. Los tópicos, las frases hechas y los refranes son productos «outlet», rebajas, de las potencias agustinianas del alma. Si algo nos enseña la historia -el reinado de Witiza no era una excepción- es que ningún periodo, ni los de mayor felicidad, adelanto o progreso ha dejado de conocer en algún momento angustia, miedo, riesgo o peligro. La incertidumbre sobre nuestro futuro individual o colectivo, sea por guerras, por cataclismos naturales, por hambrunas, pestes o epidemias, es consustancial a la vida del hombre y a la de las naciones. Ninguna generación se libra, de tiempo en tiempo, de los presagios de algún desastre inminente. La tranquilidad y la paz no son por desgracia situaciones permanentes en el género humano.

Las enfermedades, cuando afectan gravemente a la salud o, incluso, amenazan con la muerte, son los desastres que mayor desasosiego producen en las sociedades modernas y económicamente desarrolladas. En su entorno de bienestar y progreso, la muerte empieza a verse en el subconsciente de los ciudadanos como un evento de naturaleza extraordinaria que, con un poquito más de esfuerzo inversor en biotecnología, quizás no llegue a evitarse, pero sí, desde luego, a aplazarse más allá se lo que nunca se pudo soñar. Nuestra conciencia de seres abocados al envejecimiento, la enfermedad y la muerte se va diluyendo poco a poco entre las noticias de descubrimientos en materia de medicina y biotecnología cada vez más espectaculares.

Con esta esperanza creciente de cuasi-inmortalidad hemos afrontado la pandemia del coronavirus, que no es la primera ni será última que nos tocará soportar en nuestro mundo cada vez más globalizado. La incertidumbre del contagio acentúa el temor. Sobre todo porque no se conoce ni la vacuna ni el remedio. Entre las ventajas de la globalización no pueden citarse los organismo del multilateralismo mundial. La Organización Mundial de la Salud no es una excepción. Su gran contribución a la crisis ha consistido en leer los periódicos y constatar solemnemente que estamos ante una pandemia. Sus maravillosamente pagados funcionarios internacionales han tenido también la brillante idea de bautizar al virus como Covid-19 liberando a los chinos, una vez más generadores de este tipo de epidemias, de la injusticia de que el virus en cuestión fuese bautizado como gripe china o cualquier otra designación que pudiese avergonzar a la segunda nación mas poderosa de la tierra. Nosotros no tuvimos esa suerte con la llamada gripe española -en realidad no era tal- que en 1918 acabó con cuarenta millones de ciudadanos en todo el mundo.

No tengo conocimientos de medicina y la virología es una más de mis grandes lagunas. Me sucede como a la inmensa mayoría de los informadores que a diario nos dan cuenta de la situación en medios y redes sociales. Nos hacen llegar emociones contrapuestas de esperanza y de temor. Nos abruman con cifras y datos cuyo significado no explican. Promueven toda clase de medidas contradictorias invitándonos a manifestaciones y mítines multitudinarios para aconsejarnos al día siguiente el aislamiento doméstico. Se aumenta, así, cada día, nuestra perplejidad y nuestra zozobra. La televisión estatal entrevista en hora punta a un experto -un enfermero sindicalista- para aliviar nuestros temores. Al día siguiente, el presidente del Gobierno anuncia el estado de alarma.

Recurramos a la memoria: en España (1), la epidemia de gripe ordinaria de hace dos años, produjo ochocientos mil infectados con cincuenta y dos mil casos graves ingresados en los hospitales y quince mil fallecidos. El año pasado hubo cien mil casos de neumonía y doce mil muertos. Eran enfermedades con vacuna y tratamiento probado.

El coronavirus ha afectado a muchas menos personas en países bastante más poblados que España; se ha iniciado ya el descenso de contagios en los primeros países afectados; el número de fallecimientos se mantiene establemente bajo, concentrado en personas mayores con patologías previas; crece diariamente el porcentaje de curados. Se ha demostrado el éxito de las medidas coercitivas de aislamiento. ¿Si tanto es el temor, por qué no tomamos nosotros antes esas medidas?

Afrontémoslas, en todo caso, ahora, con disciplina, con solidaridad, sin histeria y con esperanza. Gestionar las medidas del estado de alarma es función de los gobernantes. A los ciudadanos las corresponde cumplirlas. Lo del pueblo unido jamás será vencido está bien para los mítines. Hay que conseguir que la crónica de los próximos meses no comience como la del reinado de Witiza: incierto se presentaba el futuro de España...

Daniel García-Pita Pemán es miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.


(1) Nota: tiene que haber un error porque los datos que ofrece el articulista son erróneos. Creo que se refiere al mundo entero.

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