¿Incomprensible?

Los sucesos de ayer en Bruselas y los de estos últimos meses –en especial los de París, el pasado noviembre–, en los que muchachos jóvenes se suicidan por causas en las que a los demás nos resulta tan difícil tener fe, suscitan en nosotros asombro y espanto, quizá porque nos resultan incomprensibles. Cuando parece que deberían estar sedientos de vida, resulta que se les ve ávidos de muerte. ¿Qué está pasando? ¿Qué es esto? ¿A qué oscuras motivaciones obedece?

Leo en un periódico que de los detenidos en España desde 2013 por presunta pertenencia al yihadismo, el 60,9% tienen entre 15 y 29 años, con un 15,8% de mujeres y un 13,1% de conversos. El fanatismo parece que afecta a los muy jóvenes, hasta el punto de dar su vida por la causa en la que creen. Tanta juventud nos desconcierta. ¿Pero tiene algo de nuevo? Por supuesto que no. Se ha dado siempre en todos los grupos terroristas de que hay noticia, de igual modo que en los jóvenes que abandonan el mundo para recluirse de por vida entre cuatro paredes y alabar a Dios. De hecho, los responsables de todos esos grupos saben que es entre los adolescentes donde pueden suscitar «vocaciones» y encontrar adeptos para sus causas, que serán tanto mejor aceptadas cuanto más radicales resulten. Es curioso, por ejemplo, que en esta época de secularización a ultranza, los movimientos religiosos que mejor resisten sean los más radicales. Y algo similar sucede con los políticos, como se ha puesto en evidencia en los últimos años. El joven busca hoy y ha buscado siempre vivir a tope, poner su vida al servicio de una gran causa, de algo que de veras merezca la pena. Eso que no ve en las muchedumbres acomodaticias y complacientes de su entorno.

La pregunta es por qué tanta radicalidad. Y a ella se ha venido respondiendo desde hace ya bastante tiempo por diferentes investigadores. En esta causa valen como testigos tanto los psicoanalistas preocupados por la adolescencia, por ejemplo Ana Freud, como los cognitivistas del estilo de Lawrence Kohlberg. Para evitar un lenguaje tan particular como el psicoanalítico, vengamos a la explicación de Kohlberg.

El adolescente se halla por necesidad en una fase que Kohlberg llamó «convencional». La adolescencia es el reino de la convención. Bueno y malo son términos que a los trece o catorce años no define el propio individuo sino las instancias externas dotadas de autoridad: padres, maestros, médicos, sacerdotes, legisladores, los usos y costumbres de la sociedad, la televisión, etc. Es bueno lo que las normas convencionales de una sociedad aceptan por tal. Los estudios de Kohlberg y sus seguidores confirman una y otra vez que la mayor parte de las personas no superan la fase convencional en ningún momento de su vida.

Pero hay un número más bien reducido, en torno al 20%, que en un cierto momento de su desarrollo se enfrentan con esas normas que introyectaron desde el medio y comienzan a juzgarlas como incorrectas, inadecuadas, obsoletas, injustas. Son, obviamente, los sujetos más evolucionados, los de mayor inquietud, en algún sentido los mejores. La vida es una cosa muy importante, piensan, y no puede gastarse siguiendo unas normas que a todas luces son perversas, porque si bien satisfacen a unos, es a costa de los demás, de todos los demás. Hay que ir, pues, desde una moral convencional, heterónoma, hacia otra que Kohlberg llamó posconvencional y Kant autónoma, aquella en que se realicen completa, perfectamente y para todos la justicia, la libertad, la igualdad, la fraternidad. Por eso sí merece la pena vivir, y hasta morir. Y, en cualquier caso, por eso hay que luchar, dar de un modo u otro la vida, entregarla. Es una ofrenda de amor, un holocausto.

El paso de una fase a otra tiene un momento crítico. Este es aquel en que el joven ya no cree en los criterios convencionales, pero aún no ha encontrado su alternativa. Es el momento típico de la «protesta juvenil». Lo que en ésta le importa al adolescente es demostrar a todos, especialmente a las figuras de autoridad, y en particular a las más próximas, los padres, que ya no cree en sus normas, que le parecen añejas, agotadas, acomodaticias, burguesas, impresentables, falsas. Esto es lo que el joven intenta escenificar haciendo lo contrario de lo que sus padres le han enseñado. Si le dijeron que no fumara, fumará como protesta; si le advirtieron de los riesgos de las relaciones sexuales, las aceptará sin ninguna precaución; si le previnieron respecto al alcohol o las drogas, pensará que ha llegado el momento de probarlas. Es, probablemente, el momento más crítico en la vida de todo ser humano.

La falta de programa alternativo, hará que en este periodo crítico el joven sea por completo receptivo y permeable a todo tipo de propuestas de vida, con tal de que sean radicales. Cuanto más revolucionarias, mejor. De lo que se trata es de dar la vida por una causa que merezca la pena. Y no hay más que mirar alrededor del mundo en que vivimos, para darse cuenta de que este no es que merezca la pena, es que da pena.

Me asombra el asombro que veo últimamente en las personas que comentan la juventud de quienes se ciñen un cinturón explosivo y salen decididos a cambiar el mundo. Porque lo que de veras debería asombrarnos es que no hayamos sido capaces de identificar bien el fenómeno quizá más importante de la vida de cualquier ser humano, y menos aún de ayudar a los jóvenes en el proceso de su maduración personal, de tal modo que puedan construir proyectos de vida maduros, sensatos, prudentes, juiciosos, responsables, sabios. Los extremismos son siempre síntoma de inmadurez. Mal vamos, cuando son esos modelos los que atraen a los mejores, quizá porque no encuentran otros. El fracaso de lo mejor da como resultado lo peor, decían los clásicos. Y eso peor consiste en que hace buenos a quienes se pliegan a vivir de modo puramente convencional. No abandonemos a quienes han intentado vencer esa tentación. Ellos son nuestro máximo haber de futuro. Y lo estamos dilapidando.

Diego Gracia, catedrático de Medicina y Psicología Clínica, y miembro del Colegio Libre de Eméritos.

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