Indefensos en Somalia

No ha sido inútil en absoluto la flota multinacional enviada a Somalia para combatir la piratería. Bajo el mando español, recientemente concluido, el número total de ataques ha descendido de forma drástica. Sin embargo, dudo mucho que eso les sirva de consuelo, más bien al revés, a los tripulantes del atunero bermeano ‘Alakrana’ y sus parientes.

La negativa del Gobierno a embarcar tropas ha demostrado ser un grave error. ¿Que el costo de 4.500 euros al mes por soldado es demasiado elevado? Bien, hagamos números: 17 barcos, multiplicado por 6 hombres, por 4.500 euros al mes, por doce meses, hacen un total de 5,5 millones de euros al año, cifra que se dispara -nunca mejor usada la expresión- si es preciso combatir. Ahora bien, hace menos de dos semanas, la ministra de Defensa declaraba que nuestra participación en la Operación Atalanta costaba 75 millones de euros anuales para, según ella, defender a «empresas privadas haciendo negocios privados». Parece existir una verdadera mala voluntad por parte del Gobierno hacia los armadores gallegos, vascos y de otras regiones que faenan en Somalia. ¿Qué pretendía decir la ministra? ¿Que si no hubiera buques españoles en la zona, no será preciso realizar gasto alguno para defenderlos? Lo cierto es que aunque todos los pesqueros regresasen a casa, los mares en torno a Somalia son paso obligado para el tráfico marítimo mundial.

¿Cuestiones legales? Esta parte ya es más peliaguda. ¿Con qué permisos faenan nuestros barcos si lo hacen en aguas de Somalia? Ya no existe ningún gobierno somalí que pueda prohibir, permitir o reglamentar la actividad pesquera, de manera que nuestros pesqueros y los de otras naciones están faenando de forma que podríamos denominar alegal, pues actúan en un vacío jurisdiccional. Sin embargo, este problema se podría resolver mediante un tratado especial o una resolución de la ONU. Se puede crear un organismo que coordine toda la ayuda humanitaria a Somalia en ausencia de un gobierno legítimo y los armadores que deseen enviar sus barcos a esas aguas pagarían un canon a ese organismo, que usaría el dinero para ayudar a la población civil.

Otro motivo para no destinar tropas a bordo de los barcos es el de alejar el combate de los civiles. Si se embarcan hombres de armas -policías, soldados, guardaespaldas, mercenarios o lo que sea-, los piratas podrían asustarse y retroceder, pero también podrían elevar la apuesta atacando en mayor número, con lanzagranadas, torpedos y cohetes. Entonces, nuestros pesqueros se convertirían en campos de batalla y sufrirían muchos daños. Si el tiroteo llega hasta el mismo barco, la presencia de hombres armados no garantiza en absoluto lo más importante: la integridad física de la tripulación. Por eso los diseñadores de la Operación Atalanta han preferido basar la defensa de las naves civiles en una serie de patrullas que mantenga lejos al enemigo, ahuyentándolo, capturándolo o, si no hay más remedio, destruyéndolo.

Esta estrategia adolece de dos fallos graves: El primero es que se limita a contener el problema. Podamos la mala hierba pero no la arrancamos de raíz, lo que implicaría desembarcar en Somalia y desmantelar las bases de los piratas. El segundo es la ineficacia de la contención. Los enemigos usan un enorme número de naves pequeñas con las que pueden atacar a voluntad en docenas de lugares simultáneamente, pero las grandes unidades de Atalanta no pueden estar en todas partes a la vez. Los piratas sólo necesitan insistir y tantear hasta que les sonría la suerte. Aunque Atalanta logre frustrar nueve de cada diez ataques o incluso diecinueve de cada veinte, el que tenga éxito será más que suficiente para compensar a los piratas por todos sus esfuerzos y animar a otros a unirse al negocio.
Si renunciamos por prudencia a desembarcar en el avispero somalí, sólo una defensa eficaz al 100% servirá de algo. Para eso hace falta cubrir a todos y cada uno de los barcos en todo momento con helicópteros, tropas embarcadas y un enorme número de pequeñas unidades de escolta, con ordenes taxativas no sólo de rechazar cualquier asalto, sino también de impedir a toda costa que los piratas escapen, para que no puedan intentarlo de nuevo y quizás tener más suerte la próxima vez.

El hecho escueto es que una escolta bien armada a bordo del ‘Alakrana’ habría evitado su captura. Los franceses, en cambio, se han mostrado más dispuestos a usar todos los medios para que cualquiera que ataque un buque bajo su bandera se arrepienta enseguida de su imprudente decisión. Algunas de sus acciones pueden ser cuestionables jurídicamente, ¿pero cuáles son los límites en una zona donde no hay gobierno y por lo tanto existe un pavoroso vacío legal? Por ello es necesario insistir en que la Operación Atalanta sea complementada con acuerdos políticos al más alto nivel que creen un marco jurídico claro para esta situación.

Afortunadamente, la reacción de la flota española ha sido rápida y ya han sido capturados dos de los piratas. También es cierto que en la actualidad se dispone de más fuerzas sobre el terreno que cuando fue capturado el ‘Playa de Bakio’. Además se cuenta con todo el apoyo del dispositivo internacional de la Operación Atalanta, de la que España acaba de estar al mando. Los tripulantes del ‘Alakrana’ lo están pasando muy mal, pero los piratas no son terroristas ni revolucionarios. Su único objetivo es el botín. Si nadie comete una imprudencia, tal vez nos veamos forzados a pagar un fuerte rescate por sus vidas y por el barco, pero pronto los tendremos a todos en casa, sanos y salvos.

Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador y especialista en el Mundo Árabe.