Independencias Hispanoamericanas

De entre mis muchos amigos en distintos países hispanoamericanos, tengo la suerte de contar con uno virtual, Nicanor Domínguez, profesor de la Universidad Católica, que continuamente me envía noticias de actos culturales que se celebran en Perú, recortes de artículos de periódicos y referencias de libros de interés. Por él me he enterado de que en su país ha surgido ya un fuerte debate sobre la fecha en la que se debe celebrar su libertad y parece que muchos opinan que el bicentenario de su independencia está sucediendo en estos momentos por la continua discusión sobre cuándo comienza en realidad ese periodo en el país andino que algunos historiadores pretenden remontar a fines del siglo XVIII. Dos profesores e investigadores, Cecilia Méndez y Juan Carlos Estensoro, han tenido el acierto de abrir un concurso de ensayos para incentivar la discusión sobre los movimientos independentistas en las regiones y zonas rurales. Entre ellos, en Perú, el más importante fue sin duda el que tuvo lugar en 1814 –exactamente están celebrando su bicentenario– en esa ciudad mágica y mestiza que es Cuzco, cuya Plaza Mayor es para mí la más bella del mundo.

Este movimiento rebelde liderado por los hermanos Angulo, que el virrey Abascal consiguió abortar rápidamente, logró la constitución de una junta presidida por el brigadier indio Mateo García Pumacahua el 3 de agosto de ese mismo año. Arequipa, Cuzco y Huamanga formaron el eje de una serie de movimientos cuyo inicio pretenden que tenga su origen en la gran insurrección de Túpac Amaru, al que había combatido el propio Pumacahua, cacique de Chincheros y militar realista que recibió grandes honores y uno de los más altos grados del ejército.

Personajes como él, líderes indígenas totalmente mestizados que llegaron a profesar más devoción a los Reyes españoles que los propios criollos y que se pueden identificar en varios territorios en esa época, son, sin embargo, en bastantes casos, los que determinaron los movimientos independentistas sin cuya ayuda los líderes oficiales nada hubieran podido hacer. El egoísmo de muchos criollos y la nefasta política de los mandatarios españoles los defraudaron al considerarse engañados por unos y por otros. De ahí la gran equivocación de las Cortes de Cádiz de ceder a la presión de los criollos y no permitir el voto de los indios y la ceguera de Fernando VII y sus distintos gobiernos de no saber entender nada de lo que estaba ocurriendo en los virreinatos americanos a partir de la invasión napoleónica y la huida del Rey.

Es indudable que la emancipación hispanoamericana constituye un proceso de larga duración, con multitud de matices difíciles de sintetizar, pero también lo es que fue la gran ocasión perdida para que la Corona española se hubiera adaptado a los nuevos tiempos y hubiera conseguido una confederación de naciones hispanas, una especie de lo que luego hicieron los ingleses con la Commonwealth, en las que un rey capaz y responsable hubiera jugado el papel de unir a todas las juntas que se formaron y seguir gobernando con un criterio distinto y una visión de futuro. Comprender que el mismo cambio que se había operado en la Península debería darse también en las provincias ultramarinas, que es lo que eran en realidad las distintas audiencias americanas agrupadas en grandes virreinatos. De todos los fallos cometidos durante el reinado de Fernando VII, probablemente uno de los más trascendentes fue su confusión en lo que estaba pasando al otro lado del Atlántico.

La reacción de los españoles y los criollos americanos frente a la invasión napoleónica fue tan fuerte y dura como en la propia Península. Al quedar sin el apoyo legal de la Corona a la que pertenecían, se formaron juntas de las que se derivan dos periodos distintos: el primero, desde 1810 hasta 1814, en el que triunfaron los movimientos revolucionarios en algunos casos porque en ningún momento se reconoció a José Bonaparte. El segundo, desde 1815 hasta 1820, en el que la mayoría de esas juntas acatan la obediencia al Rey que vuelve a España después de haber sido rehén de Napoleón. Ese fue el gran momento perdido porque en lugar de atraerse a los criollos se produjo una reacción española contra esos movimientos revolucionarios que en realidad eran parejos a los que se estaban dando en la Península. El tercero, de 1820 a 1826, fue la consecuencia lógica tras la fase convulsa que se había vivido y la política que se siguió: la pérdida para siempre de la soberanía española. En esos años fueron surgiendo las nuevas repúblicas y, paradójicamente, Perú, que teóricamente fue la primera en comenzar el proceso independentista, fue la última en conseguirla. Francia e Inglaterra las apoyaron desde 1820 y las Cortes españolas las reconocieron en 1836, tres años después de la muerte de Fernando VII, sin haber hecho otra cosa que intentar algo imposible y casi ridículo: detenerlas por la fuerza.

Tuvo que transcurrir casi más de medio siglo para que los españoles tomaran conciencia de la independencia de sus colonias cuando, en 1898, se perdió la escasa herencia que aún quedaba: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Este triste acontecimiento que agitó el ánimo de todos y motivó a una generación de grandes escritores, también elevó el afán por otro tipo de política en los Reyes del siglo XX.

Alfonso XIII puso siempre un gran interés en «los países hermanos». No hace mucho, he tenido la ocasión de leer un libro titulado Historia del Correo en América (notas y documentos parasu historia) publicado en Madrid en 1920, en el que su autor, Cayetano Alcázar, le dedica su obra por ser «…alentador de cuanto significa una política de aproximación y fraternidad con América». Aliento y fraternidad que, después de dos fatídicos regímenes que ensangrentaron nuestra historia reciente, el Rey Don Juan Carlos supo avivar y elevar a categoría universal. Pocos dirigentes mundiales han tenido en América más prestigio que él.

Y ahora, con los aires de renovación que corren desde que fue proclamado Rey Don Felipe VI, probablemente el español que mejor conoce la situación de los países americanos, enamorado de ellos y movido por la pasión que le ha inculcado su padre, es el momento de comenzar otro periodo no sólo de aliento y fraternidad, sino de apoyo y mediación entre ellos y la Comunidad Europea. Si esto se lleva a cabo, y estoy segura que así será, se conseguirá la cosecha que deseaba Jorge Basadre cuando, pensando en su república peruana, escribía: «El Incario fue sólo el terreno, la conquista, la siembra y las épocas posteriores, la cosecha y el comienzo de las nuevas siembras». Nuevas siembras de aliento, fraternidad y apoyo con lo que nuestro joven Monarca alentará, sin duda, el futuro de la nueva Hispanidad.

Enriqueta Vila Vilar, de la Real Academia de la Historia.

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