Indignados y ofendidos

Una de las virtudes del llamado Movimiento de los indignados está en habernos llamado la atención sobre cosas y asuntos de nuestra incumbencia ciudadana. Y hasta tal punto ha llegado el golpe que son pocos los escritores y periodistas que no han escrito y publicado ya comentarios, artículos, y hasta ensayos, que critican o aplauden las manifestaciones de los indignados. Hay muchas razones para que muchos ciudadanos de España y de toda Europa (y mucho más los que peor lo pasan en este estado de crisis aparentemente perenne) se sientan indignados. Hace tiempo que las clases dirigentes de nuestros países iniciaron por su cuenta un lamentable divorcio con la calle, con la gente en general, con el pueblo en cuyo nombre tantos políticos de todo pelaje se llenan la boca. Hace tiempo que nuestros mundos políticos, y nuestro mundo dirigente en general, no hacen exactamente aquello para lo que fueron elegidos en las urnas por todos los que seguimos creyendo en este sistema democrático e imperfecto, pero con todo más democrático que imperfecto. De manera que no hay por qué asombrarse de que los indignados, una minoría no despreciable (algunos comentaristas han dicho todo lo contrario), estén en la calle, tomen las calles y traten de sembrar esa misma indignación en una ciudadanía adormecida por una televisión del peor gusto estético y, desde luego, con ningún sentido ético. El resto debe ser examinado con lupa.

Muchos «expertos» en nuestra Historia más reciente han hecho paralelos, rayanos en el despropósito, con el Mayo francés del 68 y con la última primavera árabe. Pero no es lo mismo soplar que hacer botellas. Quiero decir que las comparaciones son ociosas (y odiosas) y que este movimiento indignado de ahora es nuevo en España y hay que tenerlo en cuenta como lo que es: una revuelta más o menos pacífica —aunque el caballo de Troya de la violencia esté lleno de insurrectos antisistema— a la que hay que atender en la medida de sus razones. Al final, todo el mundo hace su petición en una asamblea más o menos organizada, y quienes tenemos un poco de experiencia y de memoria sabemos cómo se hace esto o aquello según quienes lo organicen y den forma y sentido.

Ahora bien, ¿pueden los indignados tomarse la ley por su cuenta, ocupar espacios públicos sine die, y hasta que les dé la gana de levantar el campamento?, ¿pueden hacer eso, y saltarse además las leyes del orden público sin que nadie se ofenda, sin que el Estado de Derecho, a través de sus autoridades institucionales, tomen las medidas adecuadas para impedirlo?

El Movimiento de los indignados amenaza ahora con ganarse más enemigos que amigos. Sus varias derivas (la inicial y pacífica lucha por no ahogarse entre los gritos de otras «indignaciones» poco benéficas para la sociedad) no son todas buenas. Mucha gente se siente perjudicada por la ocupación arbitraria de los espacios públicos. Mucha gente se siente ofendida por algunos desmanes, no atribuibles en verdad a los indignados (pero pongamos que sí a los que «los acompañan» encantados de haberse conocido), y de ahí es seguro que saldrán voces de líderes ciudadanos que pongan la ofensa por delante de la indignación de los sublevados el 15-M.

Algunas coincidencias hacen sospechar futuros muy complicados en las calles de España. No solo ciertos medios informativos cultivan el fuego sagrado de la indignación como si fuera el suyo propio, cuando hasta hace poco y todavía apoyaban a calzón quitado cuantos disparates y ocurrencias ha venido inventando el Gobierno de Zapatero en los últimos años. Ahora han llegado los populares a los ayuntamientos y comunidades y, presumiblemente, más temprano que tarde, llegarán el Gobierno de España. Zapatero y su Gobierno llegaron con un trágico estruendo y pueden marcharse dejando en la calle no sólo a más de cinco millones de parados, sino a un país en plena indignación, ofendido con medio mundo e incapaz (como han sido el propio Zapatero y su Gobierno) de ponerle la brida exacta al caballo enloquecido y salvaje de esta crisis interminable.

Lo más curioso es ver a fulleros, perejiles de todas las salsas (figurines que no son sino que están: por eso quieren hacerse notar en todas las salsas), trileros, hipócritas históricos y gentes que se han pasado la vida entre las élites de este sistema ahora tan denostado por ellos mismos, fungiéndose indignados de primera hora contra un «régimen que», según ellos, «hace agua por todos lados». A la vejez, ciruelas. No vamos a negar que hay en el fondo no solo un grave problema económico en nuestra sociedad, y en nuestro sistema, sino una crisis de valores democráticos, una falta total de respeto por las instituciones, no solo por parte de quienes deben cumplir las leyes, sino por quienes —élites políticas y económicas, al fin y al cabo— deben hacerlas cumplir. De modo que vale la pena indignarse, pero sin que llegue la «fiesta sangrienta» al río. De manera que hay que entender, y tanto como a los indignados, a los ofendidos por la situación y por el abuso que en cualquier instante hayan podido cometer y cometerán los llamados indignados.

A estas alturas, algunos de los lectores de este comentario me dirán que estoy poniéndole una vela a Dios y otra al diablo, que me mojo poco y que, en todo caso, nado y guardo la ropa. No es eso: quisiera que cambiaran muchas cosas en esta democracia. Quisiera que en la calle se restituyera el respeto ciudadano que hemos perdido en desprecio de nosotros mismos. Quisiera que nuestros políticos, en lugar de enredarse en desastrosas peleas goyescas, se dieran de una vez cuenta del problema que tiene toda España en estos momentos y del que parece que ellos no forman parte. Quisiera que la mayoría de los políticos, de cualquier partido e ideología, se indignaran y ofendieran porque en sus filas, o en las de sus contrarios, hay una minoría de evidentes estafadores, de corruptos y robaperas. Se indignaran, se ofendieran y los expulsaran de la política activa condenándolos ejemplarmente al ostracismo social al que, por lo menos eso, deben ser condenados. Me gustaría que los hipócritas que han aplaudido con su pluma, en los periódicos donde escriben y en los ambientes donde se mueven, a Zapatero y sus gobiernos durante estos últimos años, tuvieran un poco más de decencia y no pasaran ahora en tropel, después de la fiesta ruinosa y la peor de las resacas, al carro de fuego de los indignados. De otros que otrora se mostraban tan indignados por los errores de los gobiernos de Aznar no espero nada: están demasiado ocupados con sus películas, sus programas de televisión, sus juegos tribales, su desprecio en fin por la sociedad a la que dicen defender desde cualquier bar de copas durante el mayor tiempo posible del día y de la noche, a ser posible todos los días de la semana. Y, finalmente, me lo sigo preguntando en público y en privado: ¿por qué no puedo yo, o cualquier otro ciudadano, elegir al número cinco de la lista de IU, al tres del PSOE, al ocho del PP y al uno de UpyD, y tengo que votar entera una lista cerrada y bien cerrada, que solo me ofrece dudas de conciencia, sospechas y arrepentimiento posterior?

J. J. Armas Marcelo, escritor y director del Foro Literario “Vargas Llosa”

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