Infancia en Berlín hacia 2020

La infancia en Berlín hacia 1900 de Walter Benjamin, llega en mi adolescencia en Buenos Aires hacia 1990 como regalo de un amigo que se ha enterado casualmente de mi parentesco. No es algo que comente especialmente, sino un rasgo más, tan relevante o irrelevante como ser morena, miope, amante de la aceituna, judía, periodista tenaz, bailarina frustrada o lectora agradecida. La primera lectura me remonta a la infancia de mis parientes alemanes; encuentro coincidencias emocionales, geográficas y algo más. El parecido físico entre el filósofo y mi bisabuelo Nathan Benjamin es notable, ¿o es una tendencia natural la búsqueda de coincidencias que resuelvan contradicciones, completen baches de la memoria o aderecen largas investigaciones con detalles banales? ¿Acaso esos rasgos afines reafirman su encuentro en 1933, poco antes del exilio?

La segunda lectura llega en 1999, en Nueva York, donde me encuentro trabajando temporalmente. Me invade un sentimiento de pertenencia, de raíz que vale la pena ahondar, aun con sus riesgos. Acuerdo un encuentro en Chicago con la heroína de la resistencia antinazi, Lisa Fittko. Poco después de su infancia en Berlín vendrá su adolescencia, con su vocación visceral para salvar. Por lo menos hasta la frontera, y no siempre con éxito, intenta ayudar a escapar, en pequeños grupos, a miles de «refugiados antifascistas», así definidos por ella misma, porque no es su condición judía lo que la convoca, sino la resistencia, su «manera de llevar adelante la lucha contra el barbarismo nazi». Entre los que guía Lisa a través de los Pirineos, se encuentra Walter Benjamin, que persiste solo hasta la frontera con España. Me lo cuenta sin nostalgia, ni culpa, ni euforia. La infancia y Berlín ya le quedan lejos.

Infancia en Berlín hacia 2020En 2006 el libro se queda en el estante. Vivo en Madrid y viajo a Berlín un fin de semana, con motivo de una reunión familiar, en la que conoceré a lejanas primas, las cuatro nietas de Walter. Dina, la mayor, es distante y poco locuaz. Con Mona, mucho más joven y comunicativa, compartimos una salida nocturna. La charla discurre sobre la sangre y la empatía; coincidimos en que una y otra no necesariamente se llevan bien; por ejemplo, que ella no conoció a su abuelo, que poco contacto afectivo tuvo con Stefan, su padre, y que la relación con sus hermanas no brilla por su fluidez. De las coincidencias personales pasamos a las divergencias geográficas. Mona me cuenta cómo han llegado algunos Benjamin a Gran Bretaña y pregunta cómo es que otros lo han hecho a Brasil y Argentina. ¿Nostalgia por las cunas dejadas o encontradas? Ni lo uno ni lo otro.

En 2011, el libro viaja en mi maleta como soporte turístico: esta vez viajo a Berlín quince días, como cronista. Se supone que el rigor periodístico dominará sobre los sentimientos de transatlántica familiaridad, pero es junio, pleno verano, ergo, difícil sentirse mal y fácil perder la objetividad; hay tanto color en la ciudad que uno pierde el blanco, el negro y sus grises fundamentales. «Importa poco no saber orientarse en una ciudad. En cambio, perderse como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje», dice Walter al comienzo de su librito, lacónico pero sustancioso. Por hacerle caso, me pierdo en varios sentidos menos en el que él, sabiamente, sugiere. El resultado es un texto colmado de optimismo naif. Berlín, quién te ha visto y quién te ve, el título del artículo publicado en su momento en un periódico argentino, y su frase final, lo dicen todo. «Modelo de ciudad que pudo reconstruir tanto sus edificios como su alma y convertirse en afable nido de llegada».

Durante el verano de 2014, el libro languidece sobre el cristal de una ventana, desconcertado, entre el Potus y el Ficus benjamina, cual arbusto genealógico que en vez de ramificarse hacia rostros remotos se hubiese remontado a viejos sucesos. En los cuatro puntos cardinales, hasta en los rincones impensables, arrasa un tornado antisemita que en su epicentro arrastra casas de otros tiempos con los mismos habitantes y su misma furia. El odio dispara a quemarropa, da igual si pega en un púber incrédulo, un ultraortodoxo, un sionista malentendido, una viñeta medieval aggiornada, un místico lego en política exterior, un intelectual, un nacionalista politizado, un costurero o un laico que abraza el judaísmo como abraza la aceituna… Como lo hace la mayoría, en realidad, como el niño judío Walter, que era feliz porque «ya estaba en el balcón el árbol que mi madre había comprado» cuando llegaba la Navidad, la «gran fiesta», el «gran banquete» con «largas mesas que estaban repletas en función del reparto de regalos».

Abril de 2018. Busco el libro restituido a su familia original, la biblioteca, y paso las hojas frenéticamente, al voleo, como si alguna pudiese explicar -o incluso haber vislumbrado- la embestida antisemita en Berlín, ocurrida a ochenta metros de nuestra casa, en la Raumerstraße. Hace años que vivimos en el afable nido de llegada.

En febrero de 2019, el periódico Tagesspiegel publica un artículo sobre Walter: Schreiben gegen das Heimweh (Escritos contra la nostalgia). En principio, nada nuevo: la prensa menciona al filósofo como es habitual; adora explayarse sobre su altura intelectual, su legado cultural, su influencia y presencia inagotable en el pensamiento universal. Artículos aderezados, a regañadientes, con reminiscencias de su origen judío, con mucha frecuencia, publicados a tres páginas de distancia de editoriales elegantemente antijudíos. «Es que una cosa es la línea editorial, otra la línea ideológica y otra más distinta aún, las estrías íntimas de cada periodista», decía un honesto editor español. Por lo que sea, hay una escisión que sangra desde siempre, una nostalgia de su Obra inconclusa descolgada de la Causa que le impidió concluir. Descolgada de la realidad que hoy no le impediría escribir, pero tampoco le permitiría liberarse del temor de que aquella Causa haya regresado para quedarse. Quienes han visto la otra Berlín y ven la de ahora, sienten un punzante déjà vu: hace un lustro que los niños de ascendencia judía han sido reeducados para no comentar su origen abiertamente. No domina el victimismo, sino un sentimiento de qué pena, qué pena que algunas cosas vuelvan a ocurrir. Los Benjamines comunes, igual que aquel célebre entre los suyos, un día comenzaron a preguntarse cuál era su lugar, si acaso no era hora de despedirse del Heimweh por Berlín, e incluso si déjà vu era la palabra que describía ese estado… «¿No habría que hablar mejor de sucesos que nos afectan como el eco, cuya resonancia que lo provoca parece haber surgido de la sombra de la vida pasada?».

Quizá ya no convenga esa mirada retrospectiva intrínseca de la nostalgia, como si todo tiempo pasado fuese mejor o existiese todavía una patria a la cual volver. Hacia adelante, la mirada pestañea entre la esperanza y la desazón. Con la expectativa de que el déjà vu se quede en sonido y no traiga consigo la orquesta viviente del suceso. ¿Hay una nostalgia hacia el futuro?, ¿existe una «contrafigura de la expresión»?, se preguntaba Walter, como si se tratase de una prenda olvidada por una persona, que nos permitiese concluir con su sola presencia algo sobre el «futuro que se dejó olvidado en nuestra casa».

Entre la Infancia en Berlín hacia 1900 y la Infancia en Berlín hacia 2020, hemos aprendido poco del «Ángel de la Historia», porque «donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente escombro tras escombro. Bien quisiera él quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el paraíso sopla una tempestad que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que ya no puede cerrarlas. Esta tempestad le empuja inexorablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que el montón de escombros que tiene enfrente crece hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso». La involución de esta humanidad, que sugería Walter y con la cual coincidieron otros grandes pensadores como Umberto Eco, sigue su curso. Una mirada panorámica hacia otros lares y otras Causas también coincide, pero con un pensamiento añadido, tal vez otra vez demasiado naif, o quizá solo menos apocalíptico: sí, la Infancia está en peligro y su pronóstico es incierto. Pero hay una lucha en marcha.

Ana Valentina Benjamin es escritora, periodista e investigadora especializada en Derechos Humanos. Autora del ensayo La Ley del Escorpión (Ediciones Suricata, 2017), publicará próximamente Traducción Final, su tercera novela corta de no-ficción sobre un caso real de feminicidio.

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