Infantilismo y responsabilidad

Al crear a Óscar Matzerath, el pequeñín que protagoniza 'El tambor de hojalata', Günter Grass no estaba solo ingeniando un punto de vista particular para explorar el pasado nazi de Alemania. La genialidad de ese hallazgo, de ese niño que a los tres años, en un caprichoso acto de voluntad, decide dejar de crecer, radicaba en la precisión y brillo con que desvelaba un rasgo humano universal. Óscar ejemplificaba a la perfección lo que Freud llamó la omnipotencia infantil, esa certeza que tiene todo niño de ser el centro del universo y de que la realidad se debe plegar a su capricho. A Óscar le bastaba lanzar uno de sus famosos gritos, un chillido insoportable que rompía ventanas y cristales, para que su entorno atendiera sus demandas. Mark Twain, otro gran novelista que entendió también cómo en la infancia el deseo predomina sobre la realidad, sabía que dos niños que salen en busca de un tesoro no dependen de ningún mapa. Les da igual si excavan aquí o allá, porque allí donde entierren sus palas aparecerá el botín. Su imaginación obrará el milagro.

Infantilismo y responsabilidadEl capricho, el voluntarismo y la imaginación todopoderosa convierten la infancia en ese paraíso perdido que todos extrañamos. Los surrealistas lo entendieron muy bien y por eso se empeñaron en descubrir el camino de regreso, la clave para activar la imaginación y el deseo que transforman la plúmbea realidad adulta en una empresa artística y maravillosa. ¿Cómo no añorar esos dones perdidos?, se preguntaban. Y la verdad es que a lo largo de toda nuestra vida arrastramos rezagos de ese narcisismo, de esa omnipotencia que induce a creer que el deseo basta para conseguir algo, o que las buenas intenciones son suficientes para transformar realidades sombrías en paraísos utópicos. Todos lo tenemos, en todos palpita ese vestigio infantil que carbura la esperanza, la fe en los milagros, un sentido de justicia cósmica o la intuitiva noción 'karma'. El convencimiento profundo de que la voluntad y el deseo moldean la realidad se incuba en las entretelas de todo corazón humano.

Crecer y madurar, convertirse en adulto, supone atemperar esta inclinación infantil y aprender a manejar la frustración: por eso es tan duro. Los únicos que pueden seguir atados a ese pasado mítico, porque su materia de trabajo es el deseo, la imaginación y la fantasía, son los artistas. Los demás, y en especial los políticos, tienen que soltar amarras y ajustarse a la realidad. No tienen más remedio que renunciar a todo infantilismo, porque la materia de trabajo de los políticos no es la fantasía, sino la realidad concreta, los problemas palpables, las necesidades que apremian. Es evidente que un buen gobernante debe proyectarse al futuro y acrisolar una visión de la sociedad, y que para ello no le vienen mal la imaginación, los anhelos y las buenas intensiones, la voluntad y el deseo transformador. Pero si se cree artista, si considera que la realidad no opondrá resistencia o cederá a la inflexibilidad de su capricho, el resultado seguramente será el desastre.

El reciente descalabro del proyecto constituyente chileno es un ejemplo notable. Los miembros de la Convención creyeron que estaban ante un lienzo en blanco en el que podían plasmar todos sus anhelos. Negando la historia, obviando a más de la mitad de la población, se dejaron llevar por el infantilismo: quisieron abrir un hueco en cualquier parte y sacar de ahí un tesoro. Y sí, encontraron un cofre lleno de aspiraciones, de consignas identitarias y de ideales inspirados en la última moda teórica. Estaban ahí para darle a todo el país un texto constitucional, y acabaron seducidos por propuestas elitistas que persuaden a la camarilla que habla el 'International Bullshit English' que se impone en los 'cultural studies' anglosajones.

La imagen que sintetizó aquel derroche de fantasía surrealista fue el niño disfrazado de Superman que salió a dar vueltas en bicicleta alrededor de Boric mientras comparecía ante la prensa, después de haber votado por el «apruebo» en el referendo constitucional. El presidente decía que aquel era un momento histórico, y el único que parecía creérselo realmente era ese pequeño superhéroe. Teniendo la responsabilidad de haberse sentado en la mesa de los adultos, Boric y la gente en quien empeñó su futuro político, los convencionales, se quedaron en el patio de recreo, algunos de ellos también disfrazados. Sorprende que ninguno de sus ministros comunistas les hubiera recordado la advertencia de Lenin: «El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so pretexto de defenderla». Esas palabras, cómo no, las consignó en 'La enfermedad infantil' del 'izquierdismo' en el comunismo.

A veces hay que volverse adulto a golpes, y parece que eso es lo que le ha ocurrido a Boric. Cuando fue evidente que la sociedad chilena rechazaba el adanismo refundacional de la Asamblea, el presidente reaccionó con gran altura y temple de estadista. Abandonó el extremo y abrió su Gobierno a sectores menos ideologizados y menos proclives al temerario adanismo. Quien en cambio reaccionó con desconcertante infantilismo fue su 'alter ego' colombiano, Gustavo Petro. «Revivió Pinochet», escribió en su cuenta de Twitter, aunque más que un tuit aquello fue un berrinche, un grito vitricida como los de Óscar Matzerath que pretendía quebrar moralmente una realidad que no se amoldaba a sus anhelos. Esa es la encrucijada en la que parecen hallarse los gobiernos de Chile y Colombia: están entre el deseo y la realidad, entre las ambiciones inaugurales y los logros acumulados en la historia. Una de las ministras de Petro, por ejemplo, decía en un discurso reciente que Colombia debía exigirle a los demás países que empezaran a «decrecer en sus modelos económicos». ¿Hay acaso un mayor síntoma de omnipotencia infantil que ese creer que Petro puede doblarle el brazo a Putin, a Xi Jinping o a Biden para que cambien su modelo de desarrollo?

Solo los artistas pueden aspirar a embellecer el mundo con palabras o a crear realidades de la nada; solo ellos pueden ser irresponsables y niños y violentar la historia y lo que existe, todo pasado y todo presente, para levantar sobre el papel o el lienzo una realidad nueva y esplendorosa. Los políticos no. A ellos, lamentablemente, les corresponde ser adultos, asimilar el principio de realidad y acallar esa voz redentora que los anima a refundar sociedades y a regenerar moralmente al ser humano. Porque cuando se dejan tentar por ese impulso el resultado es la frustración o el desastre, y de aquello ya hemos tenido bastante, sobre todo en América Latina. El giro de Boric tal vez está indicando que llegó el tiempo de los adultos, ojalá. Para los Tom Sawyers y Óscar Matzeraths continuará abierto el campo del arte o de la literatura, donde podrán seguir fantaseando a sus anchas las más esplendorosas utopías.

Carlos Granés es escritor.

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