Ingeniería constitucional

No cabe duda: estamos asistiendo cada vez más a un nuevo fenómeno que vendrá a complicar las tipologías y clasificaciones de regímenes políticos más tradicionales. No es una cosa secundaria, o que deba interesar únicamente a los académicos, pues incluso una opinión pública desconcertada agradecerá datos útiles para entender lo que pasa.

Los criterios de los viejos manuales de los profesores Duverger o Hauriou navegaban hace 50 años combinando democracia/dictadura y mundo capitalista/mundo socialista. Con cierta gama de complicaciones a la hora de clasificar los regímenes del llamado tercer mundo, y poco más. ¿Dónde está la novedad? En la proliferación de casos en los que los gobernantes, y por extensión las élites políticas que los rodean, se instalan en una política de auténtica ingeniería constitucional, es decir, en una cuidadosa utilización de diversos mecanismos institucionales, acompañados ocasionalmente de mayor o menor habilidad en la utilización de campañas mediáticas o directamente de márketing político, para consolidar su poder.

Conviene huir de los viejos y desacreditados mecanismos autoritarios, como los golpes de Estado, los pronunciamientos o los autogolpes. El fenómeno suele incluir una gran preocupación por que todo ello venga refrendado por vía del sufragio, ya sean elecciones, ya referendos, y lo cierto es que por esta vía plebiscitaria, en muchos casos el ingeniero obtiene excelentes resultados, consigue y mantiene una fuerte base social, aunque la o las oposiciones conserven también la suya. Si, además, ello viene acompañado de retórica nacionalista, políticas públicas asistenciales y, en varios casos, del pozo sin fondo de cuantiosos recursos energéticos (o con fondo, pero muy profundo), el modelo tiene futuro.

Naturalmente, estamos hablando de Venezuela, Bolivia o Rusia. No son los únicos casos, hay otros, pero son los más recientes y vistosos. El pasado 2 de diciembre, sin ir más lejos, coincidieron Rusia y Venezuela en protagonizar dos considerables ejercicios plebiscitarios. En Venezuela, un referendo; en Rusia, unas elecciones. En el primer caso, y pese a los rumores poco confirmados de que las Fuerzas Armadas, tanteadas por el entorno presidencial para revertir unos resultados desfavorables, se negaron a intervenir, Chávez administró hábilmente su fracaso. Al fin y al cabo, seguía en el poder. Y los deslices de lenguaje, al definir como "victoria de mierda" el éxito de la oposición, no son exclusiva suya.

El hecho es que, desde 1998 hasta ahora, Chávez no ha parado de combinar elecciones con referendos para ir cortando el traje a su exclusiva medida. Lo más peligroso de su último proyecto no era, en absoluto, la posibilidad de reelección indefinida del presidente: en Europa, la no limitación de mandatos está muy generalizada. Lo más peligroso era, sin duda alguna, la posibilidad del presidente de proclamar estados de excepción indeterminados en el tiempo, sin control ni parlamentario ni judicial de ningún tipo. Esto era una brecha demasiado obvia en el Estado de derecho, aunque había alguna otra, como que el Banco Central pasaba a ser administrado directamente por el presidente. Y algunas pintorescas, como el cambio de nombre de Caracas o la proclama constitucional de que la jornada laboral tendría seis horas. Lo esencial, en el fondo, es la estrategia de ir haciendo ingeniería con las instituciones, apoyándola con diversas formas de plebiscito, y jugando con la baza que le proporciona un plantel de oposiciones fragmentadas y divididas.

Es obvio que el modelo inspira a otro político latinoamericano de nuevo cuño, Evo Morales, que se embarcó en un proyecto de reforma constitucional basado en la misma estrategia de ingeniería, y de resultados inciertos a medio y largo plazo, aunque el Gobierno y las provincias opositoras parecen estar optando por el diálogo. La administración del proceso constituyente ya fue, en sí misma, innecesariamente provocadora, generaba más problemas de los que pretendía resolver, y podía llevar al país a su ruptura territorial, además de la ya tremenda polarización social que padece. Pero el texto propuesto tiene varias disposiciones absurdas, o inaplicables, o que son incompatibles con el constitucionalismo democrático.

La otra variante, Rusia con Putin a la cabeza, es mucho más original, pues consiste en no tocar ni una coma de la Constitución, no cambiar las instituciones ni sus reglas formales de funcionamiento: es decir, se respetan al pie de la letra las reglas formales del juego. El resultado: Putin no podía ser reelegido como presidente, pero nada le impedía ser nombrado primer ministro por el nuevo presidente, de manera que, a los pocos días, supimos por Putin que Medvedev "sería un buen presidente", y por Medvedev que "Putin sería un excelente primer ministro". Que acabe mandando más el nuevo primer ministro que el presidente es un tema político, importante desde luego, innovador sin duda. Pero lo decisivo será el protocolo: sobre todo, que se guarden las formas. Y todo ello, con el apoyo inequívoco de dos tercios del electorado, si sumamos todos los partidos con escaños en el Parlamento. Y Rusia se ha quedado sin oposición.

Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política de la UB.