Inmensos poderes

No esperaron ni a los datos oficiales. Los socialistas se despeñaron de tal manera anoche en las urnas que, tras hacerse públicos en TVE los datos provisionales de los sondeos a pie de urna, tardaron apenas cinco minutos en salir a dar la cara para despejar cuanto antes las dudas -y las esperanzas de quienes aún las albergaran- y certificar su tremenda derrota. Ese fue el signo primero y más dramático de lo ocurrido ayer en España. Las palabras de Elena Valenciano dieron fe pública recién pasadas las ocho de la tarde de que la izquierda socialista había fracasado en su intento de detener la hemorragia de votos que se venía augurando desde el comienzo de la campaña. Nunca en la historia de la democracia española el PSOE se había arrastrado por un suelo tan bajo y la pérdida de nada menos que 59 diputados será un elemento determinante para la marcha del país además de para el futuro del partido.

Ya entrada la noche fue el hasta ayer candidato y hoy ya nada en concreto del Partido Socialista quien certificó su derrota y la de su partido con él. El anuncio de su deseo de convocatoria de un Congreso del PSOE, que hay que suponer que hizo después de haber recibido la autorización de quien desde hoy es el único líder del PSOE, esto es, José Luis Rodríguez Zapatero, hace pensar que Pérez Rubalcaba no va a renunciar a encabezar el partido. Si fuera así, si insistiera en presentar su candidatura a la secretaría general del PSOE, la magnitud de su fracaso le pondría tanto plomo en los zapatos como el que ha llevado durante todos los días de campaña a causa de la gestión del Gobierno al que él perteneció como vicepresidente hasta hace cuatro meses. Pero el PSOE tiene la obligación de hacer oposición y el riesgo ahora es que su debilidad parlamentaria le lleve a refugiarse en la apelación a lo que Rubalcaba llamó ayer «los valores de la izquierda» y de ahí pase directamente a la radicalización para poder disputarle a Izquierda Unida ese medio millón de papeletas que se han ido al partido de Cayo Lara. Pero tampoco por esa vía hay alivio ni consuelo posible a tan brutal fracaso como los socialistas han padecido: al PSOE ha perdido más de cuatro millones de votos y esa enormidad es una sangría política de la que cualquier partido sale necesariamente anémico, como el propio Rubalcaba diría, y que no deja opción al disimulo. Los electores no les han abandonado por IU. Sencillamente, les han abandonado.

El otro dato, este sí que absolutamente determinante para el futuro de España, resultó más espectacular aún que el de la derrota del PSOE, y eso a pesar de que era esperado. La dimensión de la victoria obtenida por el PP es inmensa y abre de par en par las puertas al nuevo Gobierno para afrontar con toda la seguridad que todo dirigente necesita la tremenda crisis en la que estamos atrapados. Ahora, con todo el poder en sus manos, se le puede exigir a Mariano Rajoy y al equipo de ministros que él nombre que, además de la solidez política que le acaban de proporcionar los electores, haga también demostración inmediata de pulso firme y de valentía. Porque es obligado recordar que en estos momentos el Partido Popular tiene el mando absoluto sobre España entera, que se dice pronto, y ejerce el poder en todos los niveles de gobierno. Va a mandar con mayoría absoluta en el Congreso, manda con mayoría absoluta en la mayoría absoluta de las comunidades autónomas y manda también con mayoría absoluta en la mayoría absoluta de las capitales de provincia y de las grandes ciudades. Y es en esa misma medida de la inmensidad de su poder en la que hay que colocar la inmensidad de su responsabilidad. Tiene todo el apoyo, un apoyo como nunca jamás tuvo un dirigente en nuestro país, para cumplir un encargo dramático: meterse de lleno en la tormenta y hacer lo imposible por enderezar el rumbo hasta conseguir llevar a España a aguas más tranquilas.

La profundidad y la dureza de ese encargo parece haberlas entendido bien Mariano Rajoy, que ayer esperó hasta que el escrutinio pasara del 90% para hacer una comparecencia distinta. Una intervención que nada tuvo que ver con las tradicionales de un partido ganador en unas elecciones. Como dato puramente formal pero muy significativo, Rajoy no anunció su aplastante victoria desde la plataforma montada en el balcón de la calle Génova ni entre los vítores del público allí concentrado. Fue una declaración de la máxima formalidad, un compromiso solemne asumido ante todos los ciudadanos, leído ante un atril y escuchado por los suyos en un silencio sepulcral. Fue un discurso de presidente, lleno de compromisos pero también de anuncios de dificultades y esfuerzos. La fiesta del balcón no vino hasta después, cuando ya lo importante estaba dicho.

Las circunstancias económicas son tales que probablemente el de anoche haya sido el único resquicio temporal para que el gran ganador se entregue a las celebraciones. No hay tiempo para los brindis más allá de lo que el equipo directivo popular pueda concederse en estas horas que son históricas en la medida en que ese altísimo número de escaños, 186, constituye un éxito extraordinario para las fuerzas de Mariano Rajoy, que superan así el listón conseguido por el propio Aznar en el año 2000. Pero es que, además, el PP ha barrido en Andalucía, donde le ha sacado más de ocho puntos y ocho diputados al PSOE, que ha perdido nada menos que 11 escaños. Algo insólito en la historia democrática andaluza, algo que apunta a una segunda debacle a cargo de las autonómicas que José Antonio Griñán se empeñó en no convocar hasta el próximo mes de marzo. Y, por lo visto ayer, parece que son vanas sus esperanzas de que las medidas que empiece a tomar el nuevo Gobierno le sirva en bandeja la victoria al PSOE andaluz. Las andaluzas son las únicas elecciones que el PP tiene pendientes de ganar para controlar en términos absolutos la vida política española.

Pero éste es un éxito condicionado por una clara voluntad popular, no expresada formalmente pero sí de modo implícito. Los electores no ignoran de ninguna manera que el nuevo Gobierno va a meterse inmediatamente en una estrategia de ajustes implacables que van a escocer, y mucho, al cuerpo social. Es verdad que Rajoy ha eludido hasta ahora enumerar con detalle las más amargas medicinas que vamos a tener que tragar, pero también es cierto que el candidato socialista ha dedicado todo su tiempo en esta campaña en advertir de lo que se venía encima si ganaba el PP. Y, sabiendo eso, o temiendo eso, el PP ha ganado con una mayoría inapelable. Vamos a ello, le acaban de decir los electores a Rajoy, y que Dios reparta suerte.

Hay otros ganadores, claro, en una noche en la que el gran perdedor, el perdedor sin paliativos, ha sido el Partido Socialista. Izquierda Unida acaba de dar un salto muy importante y ha recuperado una posición intermedia entre lo que fueron sus mejores tiempos -años 79 y 96- y los momentos más infames, cuando en la pasada legislatura tuvo que sobrevivir en el Congreso con un humillante par de escaños. Convergència i Unió, por su parte, ha comprobado con alivio -como lo ha comprobado el PP aunque todavía no se ha puesto a gobernar- que sus electores entienden y respaldan las duras medidas de ajuste adoptadas. Los temores de la coalición a ser desbordada por el PP en Cataluña se disiparon desde el comienzo del recuento. Pero lo más llamativo es que los nacionalistas de Mas han roto el maleficio histórico de no sacarle nunca ventaja a los socialistas en unas elecciones generales. El monumental descalabro sufrido por el PSC, que ha perdido 11 escaños, incluye la pérdida de la primogenitura que siempre, siempre, ha tenido ese partido frente a los convergentes en todos los comicios de ámbito nacional. Carme Chacón no va a tener por lo tanto ni siquiera el último, aunque débil, argumento al que se habían aferrado hasta anoche los socialistas catalanes: que, aún perdiendo, el PSC seguía siendo el partido más votado en Cataluña. Pues ya no, CiU les ha sacado la delantera. Esta vez, a pesar de los recortes, de las protestas, de las tensiones, lo han logrado. Durán tiene desde hoy motivos para seguir cantando rancheras antes de regresar victorioso al Congreso con sus 16 diputados, seis más de los que tenía. Un éxito indiscutible. Por lo que se refiere al partido de Rosa Díez, UPyD tiene motivos también para dar saltos de alegría: ha pasado de uno a cinco escaños. Una hazaña.

Y, finalmente, aparece otro ganador que va a generar serias preocupaciones en las Cortes en esta legislatura que ya comienza. Y es que los electores que han apoyado a ETA durante tantos años se han unido para respaldar a Amaiur, que va a tener grupo parlamentario propio. Conviene recordar, de todos modos, que en 1989, gobernando Felipe González con una raspada mayoría absoluta, la suma de Herri Batasuna y Eusko Alkartasuna dio seis escaños, uno menos que los que ayer consiguió Amaiur. Son algo más de 300 mil votos, pero son la punta de lanza de una operación política que va a tener su cenit en las próximas elecciones autonómicas vascas. Esta apuesta de los radicales va a ser de largo plazo y, precisamente por eso, es de la máxima gravedad y requiere de la máxima inteligencia y de la máxima firmeza. Las mismas cualidades que, para actuar sobre un panorama que nada tiene que ver con la radicalidad política sino con la emergencia económica, el pueblo español le reclamó con contundencia anoche a Mariano Rajoy.

Por Victoria Prego, adjunta al director de El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *