Inmersos

Se quedan atónitos cuantos se enteran de que la inmersión lingüística la llevó a Cataluña la izquierda. Pero así fue. Los pujolistas solo aceptaron el regalo. Esta realidad sale a relucir cada cierto tiempo, cuando el tema vuelve a ponerse de moda porque algún valiente le ha echado coraje.

El padre de la inmersión lingüística en catalán fue el PSUC, y la madre, el PSC. Para conocer la antigua postura de Convergència bastarán estas palabras de Ramón Trías Fargas, presidente del partido de Pujol entre 1978 y 1989, año de su muerte: «El derecho a la lengua materna es un derecho del hombre, un requisito pedagógico de la máxima importancia. Cambiar la lengua en la niñez dificulta extraordinariamente la capacidad del niño. Nosotros nunca vamos a obligar a ningún niño de ambiente familiar castellanoparlante a estudiar en catalán» (1978).

Moderen su desconcierto si no conocían esta aparente contradicción tomando en consideración las circunstancias que siguen. En primer lugar, la práctica totalidad de la clase política catalana se comportó durante muchos años como si perteneciera a un solo partido. Unanimidad que, con gran tesón, intentaron no advertir los progresistas bienintencionados, confiando, contra toda evidencia, en que el PSC era otra cosa: una alternativa al nacionalismo. Hasta que vieron a Maragall, en la presidencia de la Generalitat, compitiendo a ver quién tenía más larga la voluntad de borrar España de Cataluña. Unanimidad que alcanzaría cotas de infamia como el famoso editorial único, escalofriante prueba de que toda la prensa catalana pensaba lo mismo exactamente, incluyendo puntos y comas. Huelga decir que a los medios no invitados a suscribir el texto no se los consideraba catalanes. Es el caso de la edición catalana de este periódico centenario. Por mucho que catalanes fueran director, empleados y colaboradores. Esta exclusión se solapaba con la certeza de que los medios descartados no habrían firmado jamás algo tan aberrante como un editorial (la línea del concreto medio) único.

La uniformidad en lo que importaba, la causa nacionalista, no solo se apoyaba en ese común espíritu de club excursionista, sino también en la dependencia financiera de un puñado de dirigentes de las formaciones izquierdistas. Por decirlo en plata, estuvieron a sueldo del banquero Pujol durante años. Quien busque la mejor imagen para ilustrar el concepto de ingeniería social debe leer las memorias de Albert Boadella. En concreto, el pasaje donde el director teatral se encuentra con el financiero Pujol y descubre que posee un dosier sobre él pese a no haber mantenido el artista ninguna relación con Banca Catalana.

Así que teníamos (tenemos) a una clase política salida del mismo molde, incluso en su estética. Para alguien no familiarizado con Cataluña, era imposible distinguir a los representantes de las distintas ideologías. Y cuando arrancaban a hablar, tan curiosa imposibilidad persistía hasta que aparecía un letrero en pantalla con las siglas. Por supuesto, una parte de la siempre disminuida derecha, ya fuera de Alianza Popular o del posterior PP, se contagiaba. Una fuerza invencible les forzaba a la imitación. La estética se les hacía más huidiza, así que los esfuerzos en el discurso debían ser mayores; sus actos de contrición, de renuncia a lo suyo propio, más contundentes. Le pasó a políticos cercanos a Vidal Quadras. Le pasó al hombre de Fraga en Cataluña, que acabó en el independentismo. Don Alejo fue entonces el único líder catalán con el carácter y las convicciones suficientes para no ser succionado y neutralizado por el ambiente. Al punto que su propio partido tuvo que encargarse de sacarlo del cargo, y luego de Cataluña, cuando Aznar necesitó los votos convergentes para su investidura. Le pasó a la candidata del PP de Cataluña en 2006, que acabaría optando a una alcaldía por las listas de CDC.

Hay más, pues este virus alcanzó tasas de incidencia devastadoras. En una reciente conversación, el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz me hizo una observación chocante que suscitó mi reflexión, y que acabé suscribiendo. Enseguida la contaré. Yo ya había constatado hacía bastante tiempo cómo en las mismísimas filas del más firme antinacionalismo catalán se infiltraba aquel mal que se trataba de combatir. Pero situé el problema en ciertos asesores cegados por la mamarrachada de los ‘focus groups’ y en una miembro en concreto de la cúpula del partido. Lo que Miguel Ángel Quintana me hizo observar era más sutil, y en realidad mucho más preocupante. Agudo como un puñal, mi amigo había hallado en algunos ideólogos del antinacionalismo catalán una razón última que, aunque jamás verbalizarán, se infería una y otra vez de sus argumentaciones. Se resumiría de este modo: «Yo, que no he suscrito el nacionalismo bueno, el catalán, ¿cómo voy a aceptar el nacionalismo malo y equivocado, que es el español?».

Las amenazas, las movilizaciones de vecinos contra una familia, las campañas de falsedades y los señalamientos personales son poderosos medios de amedrentamiento, desde luego para el directamente concernido, pero también para todo el resto de la sociedad, en especial para los que estén pensando en dar un paso al frente siguiendo, por ejemplo, a los sufridos y lúcidos padres de Canet. He vivido en mis carnes el acoso, y de no ser por los escoltas de la Policía Nacional que me protegieron durante años, no sé lo que habría sido de mí. Ni de alguno de los acosadores, para qué vamos a engañarnos. Pero el arma más eficaz no es la de la coacción ni la de la violencia, sino la atmósfera viciada y asfixiante que todo lo impregna.

Juan Carlos Girauta

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