Inmigración: ¿dónde está el peligro?

Por Alain Touraine, sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 24/02/07):

Los acontecimientos de los últimos tiempos en España han reavivado en toda Europa el debate sobre la inmigración. En este tema tan amplio, no podemos aferrarnos ni al miedo ni a los buenos sentimientos. ¿Es posible extraer una idea clara de todos los debates actuales? Creo que sí, y voy a expresarla de la manera más sencilla posible: no existe problema de integración de los inmigrantes (o equivalente), pero sí resistencias y rechazos por parte de la población circundante. Por consiguiente, el esfuerzo debe hacerse en este segundo aspecto, y no en el primero.

En la situación actual hay una primera observación casi obligatoria. Decenas de millones de hispanos -mexicanos, centroamericanos, colombianos, dominicanos y otros- entran en Estados Unidos, muchos de forma clandestina, y el resultado es extraordinario: esos millones de inmigrantes crean o encuentran trabajo y alcanzan unos ingresos que ya son equiparables a los de los afroamericanos. Es cierto que algunos políticos e intelectuales temen que EE UU acabe “colonizado” por los hispanos y que el español termine siendo lengua oficial, al mismo nivel que el inglés. Samuel Huntington ha tocado a rebato para despertar a unos estadounidenses, que, en realidad, no se sienten amenazados. Los recién llegados no son invasores, pero son tan numerosos que suscitan una pregunta: ¿serán simplemente estadounidenses de origen mexicano, si situarán en una categoría intermedia o desarrollarán esa “cultura de la frontera” de la que tanto hablan los sociólogos de Tijuana? Pasemos por alto lo más básico: esos inmigrantes son ante todo emigrantes que se marchan de su país con el fin de encontrar en otra parte trabajo para ellos y sus familias.

¿Tenemos en Europa una opinión pública movilizada a propósito de la inmigración masiva hacia Italia y España? ¿Tenemos todos miedo de que nos invadan los habitantes de la antigua Europa del Este, incluidos los gitanos? Porque tampoco en este caso han desencadenado las inmigraciones masivas ninguna crisis grave.

Francia es un caso particular. Se trata de un viejo país de inmigración, sobre todo en la primera mitad del siglo XX. Pero ya hace unos años que Francia empezó a cerrar sus fronteras. Actualmente, Francia es el país en el que la llegada de inmigrantes es más reducida, pese a las cifras extravagantes y sin base alguna que hablan de una masa inmensa de inmigrantes sin documentación. Lo que sí es cierto es que, según los sondeos, los franceses tienen miedo al futuro, y eso ayuda a explicar su voto negativo sobre el proyecto de Constitución Europea. Todo lo que llega del exterior es una amenaza, y ese sentimiento ha hinchado el electorado del Frente Nacional, un movimiento importante, duradero y que en 2002 llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Sin embargo, los hombres y mujeres a los que así se rechaza están, en su mayor parte, integrados.

Ese miedo no está dirigido contra los inmigrantes. Muchas veces se oye hablar del índice de natalidad de los inmigrantes, tan superior al de los europeos que, en algunas ciudades y algunos barrios, su proporción respecto a la población general está aumentando a toda velocidad. Pero también en este sentido los demógrafos -especialmente, en Francia, a través del excelente estudio publicado recientemente por el Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED)- han demostrado que esa idea es falsa. En general, no es la inmigración lo que explica el alto índice de natalidad en Francia, muy superior al de los países vecinos.

Estas referencias son demasiado rápidas, pero ofrecen unos resultados tan contundentes que es preciso aceptarlas. Sobre todo porque los europeos cada vez se muestran más pesimistas sobre su futuro, y de ahí, por ejemplo, su terror a la deslocalización masiva de las actividades industriales, que, en realidad, no ha alcanzado todavía un nivel digno de alarma. El empuje de los movimientos nacionales populistas de extrema derecha, que están penetrando también en la extrema izquierda, procede de esa inquietud, que no deja de ser razonable.

Europa se amplía, incorpora a países con un nivel de vida muy inferior al de Europa occidental y, al mismo tiempo, no sabe dotarse de mejores instituciones ni manifiesta una voluntad de tener grandes ambiciones, es decir, de intervenir en los asuntos mundiales, de forma que el gigante económico europeo sigue siendo un enano político.

Pero, cuidado, un error de juicio puede tener consecuencias desastrosas. Lo hemos visto en Francia, donde la densidad de población extranjera es hoy menor que en muchos otros países. Aun si se tiene en cuenta la concentración de extranjeros en ciertas áreas, lo que la sociedad francesa achaca a los inmigrantes es su propia debilidad, y esa falsa interpretación hace que sea todavía más difícil abordar los verdaderos problemas.

España debe apresurarse a comprender lo peligroso que es sentirse más amenazado de lo que se está en realidad. Un peligro que hasta ahora ha estado contenido y quizá sea posible todavía parar, pero con la condición de no perderse en el debate sobre la diferencia, sino, por el contrario, devolver a los españoles y a todos los europeos la confianza sobre la posibilidad de asumir mayores responsabilidades en el mundo. Es la mejor manera de impedir que los poor whites que son los que más temen a los inmigrantes, logren reunir a un número cada vez mayor de gente que vive con dificultad las transformaciones actuales.