¿Inminente caída del régimen sirio?

El régimen sirio ha sufrido una serie de golpes que subrayan su constante pérdida de control territorial e institucional desde el inicio de julio. Primero fue la deserción del general de brigada Manaf Tlas, comandante de una unidad de élite de la Guardia Republicana y estrecho colaborador del presidente Bashar el Asad, pronto seguida de la de Nauaf el-Fares, embajador de Siria en Iraq y primer diplomático de alto nivel en unirse a la oposición. Luego se produjo la que parecía ser una ofensiva rebelde coordinada en todo el país sobre Damasco y Alepo, la capital de Siria y la segunda ciudad en tamaño, respectivamente, y su captura de varios cruces fronterizos con la vecina Turquía e Iraq. Finalmente llegó el espectacular atentado en el que murieron varios miembros del “equipo de gestión de la crisis” del régimen y figuras clave de su círculo de seguridad interior.

La secuencia de acontecimientos ha provocado una ola de revisión de los anteriores pronósticos en el sentido de que el régimen caería en cuestión de meses a apenas unas semanas. Esto es prematuro. Ciertamente, el régimen está sufriendo un grado de desgaste político, económico y militar que no puede aguantar indefinidamente. Sin embargo, las repetidas demostraciones de su capacidad permanente de incrementar la magnitud de su respuesta militar a los nuevos retos indican que aún no ha agotado sus reservas y que existe una elevada posibilidad de mayores niveles de violencia.

La caída del régimen no sólo no es inminente, sino que la consecuencia más probable del creciente desafío de la oposición a su control es la apertura de la primera oportunidad seria de una transición negociada desde el inicio de la crisis siria. Hay pruebas de que miembros destacados del régimen están llegando a la conclusión de que la “solución de primar la seguridad” es una estrategia sin salida, por lo que están comenzando a buscar vías alternativas. Rusia también puede haber llegado a la misma conclusión. Altos funcionarios se han referido despectivamente al presidente Bashar el Asad conversando en privado con sus homólogos árabes. Las declaraciones públicas de diplomáticos rusos en el sentido de que El Asad podría retirarse como parte de un acuerdo de transición –algo negado furiosamente por las autoridades sirias– tienen la clara intención de presionar al régimen para que sea más contemporizador.

Las reacciones contradictorias del Consejo Nacional de Siria, que hasta hace muy poco rechazó cualquier acuerdo con el régimen, parecen indicar que existe un realineamiento internacional sólido a favor de una solución de compromiso. El 24 de julio, George Sabra, miembro del comité ejecutivo del Consejo, dijo que estaría “de acuerdo con la partida de El Asad y una transferencia de sus poderes a una figura clave del régimen, conducente a un periodo de transición como en Yemen”. El presidente del Consejo, Abdelbaset Sida, y el responsable de las relaciones exteriores, Bassma Kodmani, negaron rápidamente que el Consejo fuera a sumarse a un gobierno de unidad, mucho menos uno dirigido por una figura del régimen. Pero está claro que este es un tema al que hace frente actualmente la oposición –en gran medida, precisamente, por el terreno que ha ganado en el interior de Siria durante los últimos dos meses.

Naturalmente, es muy posible que no se alcance el acuerdo. Se ha informado de que la familia Asad y sus colaboradores más cercanos se muestran totalmente reacios a reconocer hasta qué punto la balanza se ha inclinado en contra del régimen o a abandonar la solución de primar la seguridad en favor de una transición negociada. Al fin y al cabo, a pesar de que la oposición reivindica el control de un 30% a un 60% del país, el régimen no ha renunciado aún a ninguna zona de modo permanente. Con escasas excepciones, tales como la de la ciudad de Al Rastan, los rebeldes siguen siendo incapaces de mantener sus posiciones donde poder instruir, rearmarse o reunirse para preparar operaciones de combate importantes sin sufrir cerco y asalto. Y el control del régimen sobre el grueso del ejército no ha sido básicamente quebrantado a pesar de que sigue sufriendo deserciones diarias y bajas crecientes.

Es posible igualmente que, incluso si de hecho se alcanza un acuerdo, se deshaga rápidamente. El régimen y la oposición seguirán luchando, pero sigue siendo improbable un giro repentino y espectacular en el equilibrio de fuerzas. Puesto que no hay posibilidad de una intervención militar externa, a pesar de los continuos llamamientos al establecimiento de zonas seguras y zonas de exclusión aérea, sólo la defección de una brigada completa del ejército podría desencadenar una reacción en cadena precipitando el hundimiento del régimen antes de lo esperado. De lo contrario, son más probables nuevos intentos de agentes internos y externos de aprovechar las nuevas señales de debilidad del régimen o su pérdida del control para improvisar nuevos acuerdos y lograr una pausa del conflicto armado. Triunfen o no tales intentos, toda la serie caótica de acontecimientos durará al menos hasta finales del 2012.

Yezid Sayigh, investigador asociado del Centro Carnegie sobre Oriente Medio, Beirut. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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