Inquietudes ambiciosas, ambiciones inquietantes

Las líneas generales sobre las que verse la política exterior que quiera seguir cualquier partido político deben estar en sintonía con lo que los ciudadanos demandan. Han de ofrecer propuestas innovadoras que, sin dejar de ser pragmáticas, hablen del presente y apuesten por el futuro de manera muy concreta. Propuestas que, más allá de la simple palabrería, cristalicen en soluciones que se hagan palpables.

La política exterior debe perseguir, pues, inquietudes ambiciosas; es decir, incentivos que inviten a diseñar actuaciones que tengan éxito a la hora de que España recupere el prestigio perdido durante aquella época de acciones que, por el contrario, estuvieron guiadas por una suerte de ambiciones inquietantes. Esas ambiciones nos dejaron sin voz en las grandes cumbres que decidieron el devenir de la sociedad globalizada y corrieron el peligro de enemistarnos con socios imprescindibles.

Nuestra influencia de hoy en el mundo no es sino fruto de inquietudes ambiciosas hechas política por los Gobiernos del Partido Popular. Estas no solo han permitido a España ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sino que también la han devuelto a la primera línea decisoria europea en el momento más difícil que atraviesa la Unión.

Dichos méritos se deben a que el Gobierno pone a Europa como la solución y nunca como el problema. Ello erige a España como baluarte contra el populismo en momentos en que éste es una realidad. Una realidad que no deja de ser un peligro, en tanto que ataca directamente a la democracia representativa.

Agitado con toscas trazas de nacionalismo radical, el populismo no lleva sino a la incertidumbre. Muestra de ello es el propio referéndum de membresía británico y el hecho de que, más de medio año después de su celebración, Europa sabe más de lo que puede producirse en Reino Unido que los propios ciudadanos británicos. Ellos ni siquiera fueron informados de que su Gobierno usaría la salida de la Unión Europea para abandonar también la Comunidad Europea de la Energía Atómica, despreciando los compromisos adquiridos en materia nuclear.

Pero si de ambiciones inquietantes se trata, a los europeos nos preocupa la deriva que el flamante presidente de Estados Unidos está propiciando con sus primeras decisiones al frente del Gobierno de esa gran nación. Vaya por delante que respetamos los resultados democráticos. Sin embargo, ello no nos obliga a compartir sus políticas ni los efectos de las mismas, especialmente en lo que concierne a los derechos fundamentales de las personas. Más cuando dichos resultados no son patente de corso para fulminar los valores que Estados Unidos ha representado como esencia y razón de ser de su propia existencia.

Roosevelt luchó por la tolerancia, por la libertad y contra los egoísmos nacionales. También lo hizo Churchill, frente a cuyo busto este presidente firma decretos y más decretos que no buscan sino destruir su legado; el legado de Churchill, el de Roosevelt y el de todos aquellos ciudadanos estadounidenses, británicos y de muchas otras nacionalidades que, no ha tanto tiempo, desembarcaron en la Vieja Europa para librarla de la barbarie. Hoy, los hijos de esa Vieja Europa nos preguntamos si la inquietante alianza entre los Estados Unidos de Donald Trump y el Reino Unido de Theresa May podrá llegar a borrar el valor de sus predecesores.

En tan delicado escenario, y en tanto que España pertenece –de hecho y por derecho– a la Unión Europea, se espera de nosotros que desempeñemos un papel clave a la hora de sacar al proyecto comunitario del bache que atraviesa. Un proyecto que, lejos de tener fecha de finalización, se construye cada día trabajando para crear empleo de calidad, consolidar un crecimiento sostenible e integrador, fomentar la movilidad académica y gestionar eficazmente la seguridad. Mediante este trabajo no damos sino forma a nuestras inquietudes ambiciosas. Inquietudes que, de hecho, son las que dan soluciones a los problemas de los ciudadanos. Sigamos trabajando por ellos.

 Ramón Luis Valcárcel Siso es vicepresidente del Parlamento Europeo.

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