Inseguridades en el proceso

Por Antonio Rivera (EL CORREO DIGITAL, 24/06/06):

El proceso de paz, de negociación, de liquidación de ETA, de pacificación y normalización, de como se llame; el proceso, en definitiva, ha dado lugar a una nueva realidad social y política. La ausencia de violencia política, aunque todavía sea provisional, supone la desaparición de un factor determinante en el funcionamiento de la sociedad vasca de los últimos cuarenta años. Esa nueva realidad ha llevado a algunos a pensar que, para que siga adelante, necesita de una relajación de las tradicionales actitudes y discursos. Otros, por el contrario, han reiterado y reforzado éstos, o bien para buscar un lugar bajo el sol en el nuevo futuro que se avecina o bien para tratar de hacerlo imposible, toda vez que a la única realidad a la que están acostumbrados y en la que saben actuar es la que conocemos, la que incluye como ingrediente básico la violencia política, el terrorismo de ETA.

La cosa es que la relajación de los unos se complementa con la radicalización de los otros, y que lo hace de manera perversa y con resultados previsibles poco halagüeños. Veamos. El mundo que se mueve en torno a la iniciativa de Zapatero parte de que el proceso ha de acompañarse del progresivo levantamiento de la presión ejercida contra la izquierda abertzale, y que tan buenos resultados ha producido. En principio, parecería que es una posición lógica. En esa línea, se recibe de buen grado la presencia de un grupo-subterfugio de HB en el Parlamento vasco, se asumen con resignación ofendida las actuaciones de jueces que actúan como si con ellos no fuera la cosa, se anuncian contactos abiertos con Otegi que contradicen la tónica y la legalidad vigente, relajan su presencia en actos de víctimas para no contribuir a la dimensión política partidaria que está tomando la mayoría organizada de éstas o dedican la mayor parte de su tiempo y de sus críticas a atizar al contrario ‘constitucional’ mientras hacen guiños a los otrora opositores políticos nacionalistas. Con todo ello y mucho más conforman un escenario apropiado para el proceso, pues es impensable que éste pueda darse mientras se mantiene una confrontación política entre los dialogantes como se había mantenido hasta hace poco.

Ese levantar el pie del acelerador y relajar la tensión que, se insiste, tan buen resultado había proporcionado, es necesario, pero también es arriesgado. No es la primera vez que ETA deja a su interlocutor colgado de la brocha y pone al descubierto las cartas de cada uno, con grave quebranto para la posición del otro, puesto que en su caso cree tener -sólo eso, porque esta vez no está tan claro- una hinchada entregada e inmunizada para la crítica a ‘la organización’. El relajamiento de la actitud y del discurso, en el supuesto de no prosperar el proceso finalmente, supondría un retroceso fatal, puesto que el reforzamiento de la parte de la sociedad opuesta al terrorismo ha sido cosa de años y de muchos esfuerzos personales y colectivos; no ha sido un devenir natural de la bendita sociedad vasca. Si ahora los terroristas ya no son tan asesinos, si ahora las víctimas ya no son tan víctimas, si ahora de todo o de casi todo se puede hablar, si ahora todas las ideas son legítimas sin violencia, si todo lo que se decía hasta ayer ahora se ha puesto en cuarentena y ya no parece verdad indiscutible, en el momento en que el globo pinche estaremos de nuevo desarmados y habrá que volver a empezar, y, además, con la enemiga de los del ‘ya os lo decía yo’, de los recios y ajenos a la presente realidad, del mundo PP, para entendernos.

Es más, ni siquiera hay que llegar al extremo de un posible e indeseado fracaso del proceso. El relajamiento de la actitud y del discurso es negativo en sí mismo, incluso dentro del proceso, porque ésa es la fuerza de la sociedad que no quiere el terrorismo. Hace unos días escuchaba una tertulia de progres-progres, en una radio progre. Comentaban el juicio contra los asesinos presuntos de Miguel Ángel Blanco. El comentario se centró en extender la sospecha de por qué se produce ahora el juicio, al cabo de nueve años, al día siguiente de la votación del Estatut catalán y en mitad del proceso. No hubo ni una sola mención al grave problema que supone enfrentar una solución a la violencia tras comprobar la dureza, la ruina moral de aquellos dos individuos enjaulados y ajenos a cualquier criterio humano. No, esos progres se limitaban a soltar tinta negra y a echar mano de la teoría de la conspiración, ahora en aparente dirección contraria a la habitual. Su función formadora de una opinión cívica, si acaso, era o nula o negativa. Eso que leíamos y escuchábamos en los medios nacionalistas, empeñados siempre en quitarle hierro a las cosas de ‘la cosa’, a sabiendas de que en su extremo la oposición social al terrorista podía acabar siendo la oposición a todas las ideas comunes de los terroristas -eso pasó en los días de Ermua-, ahora se puede leer y escuchar en los medios progres, hinchas del proceso y de su guía, inasequibles al desaliento e indispuestos para la autocrítica.

Claro está, el disparate en que está la derecha de este país es tal que basta invertir los argumentos para tener posición. En ese sentido, el eslogan de los socialistas catalanes -eso de que el Estatut era bueno simplemente porque no le gustaba al PP- es el resumen de nuestro estado mental, crítico y analítico. Lo que no le gusta al PP es el buen camino. Y no es así. A la hora de enfrentarse al terrorismo -y en el proceso nos enfrentamos, de otra manera, al terrorismo, a sus pistoleros, a sus políticos y a sus argumentos- la falta de capacidad autocrítica es letal. Y si el proceso pinchase, sería terrible. La izquierda no ha tenido un minuto para hacerse cargo de por qué la mitad de los ciudadanos de Cataluña ha pasado de un tema que ha alimentado la vida política y mediática de los dos últimos años. La izquierda ha estado poco menos que ausente en gestos y presencias en un juicio tan importante como el de los asesinos presuntos de Miguel Ángel Blanco. La izquierda no le ha dedicado dos minutos a valorar el problema que supondrá en un futuro feliz el odio de aquellas dos caras enjauladas. La izquierda antepone su crítica velada a determinadas actuaciones judiciales que obstaculizan el proceso a la necesidad más patente que nunca de defender el Estado de Derecho. Y podríamos seguir.

Por muy diversas razones, ETA ha llegado a darse cuenta de que ya no tiene futuro. Una de ellas, fundamental, ha sido la confrontación manifestada por una sociedad tan harta como, sobre todo, fortalecida en valores cívicos, pacíficos y democráticos. El resultado de todo ese trabajo social no puede aparcarse, ni siquiera por razones de estrategia. Quizás haya que relajar momentáneamente la presión y el discurso para acompañar el proceso, pero con la vista y el pensamiento puestos en el carácter intrínseco del contrario y en las experiencias vividas. Quizás haya que relajar las formas, pero a sabiendas de la superioridad moral y política, antes, en medio y después del proceso, de esos valores cívicos, pacíficos y democráticos. La tensión argumental y de actitud de la sociedad democrática no es muy distinta de lo que ocurre con un dispositivo de seguridad: hay momentos en que parece excesivo por la ausencia de actividad enfrente, pero los que saben son conscientes de que sólo se puede desmontar cuando quede claro que ya no va a ser necesario, porque reorganizarlo es tarea muy compleja. Desarmar ahora de valores cívicos y democráticos a la sociedad, invitarle a relajar su radical oposición antiterrorista, sería un gravísimo error que nos devolvería a la situación de muchos años atrás, y no sólo en el supuesto fatal e indeseado de que el proceso no fuera a llevarnos a buen puerto.