Insultos

Por Fernando Sánchez Dragó, escritor y columnista de EL MUNDO (EL MUNDO, 01/08/08):

Estoy indignado. Tengo ganas de insultar. ¿A quién? A muchos. La indignación ceba la pluma y convierte la lengua en navaja viperina. Se pregunta este periódico por lo que hemos hecho bien y mal en 30 años de democracia. La sentencia condenatoria de Federico Jiménez Losantos responde, en parte, a lo segundo. Sin libertad de expresión no hay democracia posible. La justicia es a menudo, entre nosotros, lunática y prepotente, hace de su toga un sayo de sayón cuando le viene en gana, esgrime distintas varas de medir costillas según quién sea el imputado y eleva a palabra de Dios los antojos de cualquier magistradillo intoxicado por el discurso de valores dominante.

Lo de magistradillo, por cierto, y por si acaso, no es insulto, a tenor de la jurisprudencia sentada por los clásicos (autoridades, los llaman) y por los doctos legisladores de la Española en su gramática, sino mero diminutivo, aunque de intención -eso sí- despectiva. Lo de Española tampoco responde a voluntad de agravio, sino de acogimiento a lo que dicta el uso. ¿Digo bien, amigo De la Concha? ¿Estoy en lo cierto, amigo Anson? ¿Lo seréis, amigos, y me echaréis una mano si cae sobre mí, por culpa de la gracieta del diminutivo, todo el peso de la Ley Midas?

¿Ley Midas? No, no. Rey Midas, quería decir, aunque vuelto el pobre del revés, porque convierte en mierda cuanto toca. No tenemos, insinué antes y remacho ahora, libertad de expresión, aunque a veces parezca lo contrario. La magistratura, de momento, acaba de cargársela. De sabios y de justicia es decir Diego donde se dijo digo, señores de la Audiencia Provincial de Madrid. Están a tiempo. Libertad de expresión: ¿hay algo más expresivo que un insulto? ¿En qué se quedarían, sin ellos, los clásicos, que en cuestiones de lengua son -ya lo hemos dicho- la única judicatura competente?

Aclárenoslo el filólogo Pancracio Celdrán Gomariz, autor con autoridad de El Gran Libro de los Insultos recientemente publicado por La Esfera. Los hay, en esa obra, a mares, divertidos, jugosos, ingeniosos, apuntalados siempre por la voz del pueblo o de la literatura y admirablemente explicados por la erudición, la buena pluma, el sentido común y el del humor de quien los recopila. El insulto -dice Celdrán en el prólogo del glosario- es uno de los logros de la humanidad parlante y está justificado «siempre que evite llegar a las manos y que actúe como tubo de escape que ayuda a desfogarse». ¿Es, como dicen que dijo De Quincey, digresión, siempre, y nunca argumento recurrir al insulto? Según, según, porque, a veces, quien insulta, define, y quien eso hace, por definición, arguye.

Además, ¿en qué se quedarían los discursos, orales o escritos que sean, si no hubiese en ellos excursos? ¿Agreden o digreden -consiéntanme el neologismo García de la Concha, Anson y don Pancracio- Valle-Inclán en sus esperpentos y Cela en sus historias de ciegos y de tontos? ¿Podían Góngora, Quevedo, Cervantes y Lope, ejemplos obvios, insultar en su siglo, que lo era de monarquía absoluta, a quien les viniese en gana y no puede ahora Jiménez Losantos, muertos ya el Caudillo, Felipe II y el de Olivares, llamar a Zarzalejos o a Gallardón lo que más le pete? ¿Es eso democracia, Pedro Jota? ¿Hemos ido hacia delante o estamos yendo hacia atrás? ¿Dónde el sentido del humor, la correa y el florete? Respóndase al ingenio con ingenio, al insulto con insultos, a los argumentos -cuando los haya- con argumentos y con encogimiento de hombros, si tal se juzga oportuno, a las digresiones, pero no se refugie nunca el ofendido en las faldas de los jueces diciéndoles señoría, pupa, porque eso, además de ridículo, no es función de la justicia, pervierte el significado de ésta, la convierte en abuso de poder y, por ello, en déspotas a quienes la administran y en tribunales del Santo Oficio a los juzgados, resucita el espíritu de la Inquisición y, para colmo, desjarreta el de la democracia, cuyo talón es, en lo que a la libertad concierne, amigo Sancho, tan frágil como el de Aquiles.

No confundan los jueces la defensa del honor de las personas, por ser éste concepto de muy difícil definición y territorio de casi imposible delimitación, con la defensa de la intimidad, que es cosa harto concreta y zona bien roturada, ni, por supuesto, con la calumnia, que no es opinión vehemente, sino falsa y maliciosa información. ¿Delito el insulto? ¿Criminal quien insulta? Jiménez Losantos lo hace, sí, y supongo que seguirá haciéndolo, pues no es hombre que se arrugue, pero nadie se atreverá a negar, porque la evidencia lo abrumaría, que el periodista recién puesto en la picota a causa de sus insultos es una de las personas más insultadas del país. Procese quien lo ha condenado a los bocazas de la secta progre que desde hace mucho tiempo, impunes y por sus chicos del coro jaleados, dedican insultos de toda laya, soeces y desprovistos de ingenio, a un hombre que les da, por cultura, inteligencia, independencia, congruencia, coraje, chispa, amenidad y fluidez, sopas de ajo picante con honda: la de David frente a Goliat, frente a Rajoy y Zapatero, frente al PSOE y el PP, frente a los nacionalistas y los terroristas, frente a El País, Abc, la Ser, la prensa catalana e, incluso, si me apuran, frente a este periódico y lo que su director escribe. Ahí duele.

Se ataca a Federico por envidia y aristofobia: el mal de España. Y por eso, que es vileza, y no porque yo esté de acuerdo o no con lo que dice ni haga mía su manera de decirlo, es por lo que hoy, sin miedo a Midas ni a los progres, cierro filas con él en defensa de la democracia, de las leyes justas y del derecho de cualquier periodista -cualquiera, digo, de cualquier grupo o cuerda que sea- a expresar su opinión en los términos que considere oportunos. ¿Insultantes? Allá él. No es mi estilo, pero… ¡Vive la difference! ¿Qué sería de nosotros, y de la democracia, si todos fuéramos iguales?