Integrar a Turquía en la UE

Por Hugh Pope, escritor y periodista residente en Estambul (EL PAÍS, 03/01/07):

Hace diez años, la última vez que Turquía tuvo un traspié en sus prolongadas negociaciones con la Unión Europea, fueron los turcos los que tuvieron que hacer examen de conciencia y decidir si querían seguir adelante. Ahora le toca el turno a Europa, que se enfrenta a cuestiones críticas. ¿Elegirán realmente los europeos volar por los aires uno de los puentes más prometedores que existen entre el Occidente cristiano y el mundo islámico? En términos más generales, ¿optará Europa por integrar a los musulmanes en la imagen que tiene de sí misma o se mantendrá en sus trece, guardando las distancias y considerándolos permanentemente ciudadanos de segunda sospechosos?

La batalla se planteó cuando, antes de la Reunión de Consejo Europeo de diciembre, reaparecieron súbitamente las discrepancias sobre Chipre. Fue un pretexto escandaloso para tender una emboscada a Turquía: en la actualidad, los turcos van muy por delante en las principales negociaciones auspiciadas por la ONU para resolver la división de la isla, y la UE y los griegos son los que van a la zaga. Algunos dirigentes, con los españoles, británicos y suecos a la cabeza, defendieron una posición más abierta ante el gran vecino musulmán. Pero ahora los políticos alemanes, franceses, austriacos y holandeses quieren un chivo expiatorio para su política exterior. Mientras sus economías se estancan y se acentúan las actitudes contrarias a musulmanes e inmigrantes, parece que cada vez estén más dispuestos a proclamar que Turquía nunca podrá ser miembro de pleno derecho de una Europa cristiana.

Rechazar esa posibilidad no sólo va en contra de un componente tradicional de la buena fe europea, sino que hace el juego a erróneas percepciones populares. No hay un peligro inevitable a la vuelta de la esquina. Probablemente, ahora ya nadie piensa que Turquía vaya a estar lista para integrarse en la UE antes de 2020. Para entonces, puede que el país, con su rápido crecimiento económico, y Europa, más grande, lenta y superficial, con casi 30 Estados miembros, resulten más compatibles. De no ser así, ambas partes podrán abandonar el proceso. Incluso los turcos, molestos por la hostilidad europea, se muestran ambivalentes respecto al paso definitivo. En realidad, las negociaciones para la integración de Turquía en la UE, desde que comenzaron allá por 1963, han sido sobre todo un fin en sí mismas.

Ambas partes están profundamente enfrascadas en un proceso de mejora que a veces va rápido y otras lento. Turquía entró en la unión aduanera de la UE hace diez años, la mitad de sus actividades comerciales son con Europa y pertenece a organizaciones europeas que van desde la OTAN a la UEFA. Todavía tiene que mejorar mucho en materia de derechos humanos, pero el marco de la UE le ha ayudado a cambiar cientos de leyes. Sin embargo, los adversarios de la reforma están al acecho, por si Europa arrebata de repente a los modernizadores de Turquía el aliciente que supone la plena integración.

Europa también sale ganando. Sus empresas tienen privilegios en un mercado de 70 millones de personas en plena expansión, donde aparecen nombres como el de la belga Fortis en la liga de fútbol turca, la francesa Danone en los envases de yogur y la española Mango en escaparates y vallas publicitarias. Igual de importante es lo mucho que ha hecho la oferta de entrada plena en la UE, realizada en 2004, por divulgar el estable y moderado modelo de modernización musulmana en el levantisco Oriente Próximo.

La potencial aceptación de Turquía como un igual sería un símbolo útil para la integración de las actuales minorías musulmanas de Europa. Del mismo modo que Turquía ha cambiado diligentemente para adaptarse a Europa, una nueva forma de concebir el carácter europeo debería acoger al pragmático euroislam imperante en Turquía. Para algunos europeos, que culpan al “islam” de que sus nuevos vecinos inmigrantes tengan malos modales, actitudes opresivas hacia la mujer y otra forma de vestir, esto es imposible. Se trata de problemas reales que, sin embargo, tienen menos que ver con la religión que con la falta de educación, de riqueza y de experiencia en el entorno urbano. En su día, los europeos del Norte también trataban con condescendencia a España e Italia, considerando que no eran europeas, pero ahora nadie cuestiona las ventajas de difundir la riqueza y ampliar la imagen que de sí misma tiene Europa para incorporarlas.

Ha llegado el momento de abrirse. Según Beate Winkler, coordinadora de un estudio de la UE presentado en diciembre, la islamofobia va en aumento. Muy pocos de los diversos tipos de musulmanes que ya suponen el 3,5% de los europeos encajan con la imagen del fanático religioso. Más bien, Winkler ha señalado que la mayoría se sienten ciudadanos de segunda y que lo único que piden es respeto. No es difícil tenderles la mano. Para la mayoría de los musulmanes, la imagen más duradera de la reciente visita a Turquía del papa Benedicto XVI fue el momento en el que alzó las manos abiertas, tal como hacen los musulmanes al rezar, durante una visita a una mezquita. Nadie pensó que quisiera convertirse al islam, y muchos sintieron que el acto suponía un mensaje incluyente largamente negado. El Papa también hizo algo que muchos antiturcos militantes, enraizados en el miedo histórico y el prejuicio hacia lo musulmán, no hacen. Acudió a ver con sus propios ojos algunos de los profundos cambios intelectuales y sociales que han transformado el rostro de Turquía durante este siglo. Puede que la sociedad rural turca siga estando a cierta distancia de la Ilustración europea, pero no hay duda del impacto cada vez mayor de las ideas, leyes, textos y mercados europeos.

Los islamófobos de Europa también quieren olvidar que en el pasado Oriente y Occidente se enriquecieron mutuamente, como queda patente en el legado andalusí español, en los tulipanes turcos adoptados por los holandeses, en el curry de los restaurantes británicos y en los futbolistas argelinos de Francia. Como demuestra el éxito relativamente considerable de las economías de España y el Reino Unido, la inmigración y la internacionalización pueden tener efectos positivos. España ha servido de mucha ayuda al copatrocinar junto a Turquía la idea de la Alianza de Civilizaciones. Ahora, mientras la UE cambia sin cesar las reglas de juego, el primer ministro turco, Tayyip Erdogan, alude con frecuencia a esa alianza para convencer a su pueblo de que sigue compartiendo el mismo proyecto moral que el mundo occidental, y también para mantener a raya a los temibles cristianófobos que hay en su propio seno. Pero es un recurso retórico débil. Si los europeos quieren realmente socavar las causas profundas del radicalismo islámico, deben cooperar más con el Reino Unido de Tony Blair y la España de José Luis Rodríguez Zapatero, que han asumido la tarea vital de mantener a flote las conversaciones con Turquía, afianzando la perspectiva teórica de una integración plena en la UE.