Inteligencia Artificial plenamente humana

Asistimos a un auge espectacular de la Inteligencia Artificial (IA) que viene acompañado por el vehemente fervor de buena parte de la comunidad científico-técnica. Pero entre todo el entusiasmo que suscita el tema hay un aspecto que, a mi manera de ver, no se suele resaltar suficientemente: el hecho de que la IA no debe ser una invención que está aquí para amenazarnos ni para complicarnos la vida, sino que debe desarrollarse para responder a las necesidades humanas y, por ello, debe obedecer a unos criterios plenamente humanísticos.

En verdad, la IA no es una única cosa, sino que bajo ese nombre se designa a todo un conjunto de técnicas que permiten a los ordenadores simular la inteligencia humana utilizando una serie de algoritmos informáticos incluyendo, por ejemplo, métodos de computación de redes neuronales. Otro de los aspectos clave de estos sistemas es la capacidad de manejar enormes conjuntos de datos (big data). Estos sistemas son pues capaces de resolver problemas de muy alta complejidad lógica o algorítmica y, de esta manera, pueden llegar a imitar las funciones cognitivas del hombre.

Inteligencia Artificial plenamente humanaLa ambición de desarrollar máquinas pensantes no es de ahora, se remonta a los trabajos del atormentado Alan Turing hace más de medio siglo y, desde entonces, las máquinas han vencido al hombre en algunas de sus habilidades de razonamiento más emblemáticas, por ejemplo en el juego del ajedrez. Gracias a la capacidad de estas máquinas para aprender por sí mismas, son ahora capaces de entrenarse en este juego en tan solo unas horas desafiando a continuación a una inteligencia humana que ha necesitado largos años de entrenamiento. Hoy la investigación y desarrollo en IA mueve ya miles de millones de euros en todo el mundo, desde Silicon Valley hasta Pekín. El gasto en tecnología IA de las empresas se ha multiplicado por un factor 26 en tan solo tres años (desde 2015 a 2017) y es que, mirando hacia el futuro, se espera que la IA desate una revolución equivalente a la revolución industrial o a la informática.

En algunas de sus aplicaciones, la IA puede ser vista como un numerosísimo ejército de matemáticos capaz de manejar un número ingente de estadísticas a altísima velocidad. Gracias a ello, un sistema de IA es capaz de recorrer velozmente el perfil de millones de consumidores para descifrar sus gustos sobre una materia específica y proponer artículos que consumir de manera individualizada, artículos que, muy seguramente, serán de su agrado. Mención aparte merecen las aplicaciones a la biomedicina. Si para un sistema de IA reconocer una cara es un juego de niños, igual de fácil resulta reconocer un tumor en una imagen médica, para extraer, a partir de ahí, información clínica útil para su tratamiento.

El mundo laboral puede transformarse completamente gracias a la IA. Y esto desde el primer momento del reclutamiento de un nuevo trabajador, pues estos sistemas pueden ayudar a decidir qué candidato es el más apropiado para un puesto de trabajo, examinando tanto su historial -recogido a lo largo de toda su vida por todos los medios posibles- como sus reacciones durante la entrevista de selección -desde el lenguaje hablado hasta los más mínimos detalles de su lenguaje corporal- a la manera de un sofisticado detector de mentiras. Gracias a la IA se pueden examinar en toda su complejidad las comparaciones entre salarios, incluyendo todos los factores, como el de género, y se puede decidir de una manera objetiva quién merece antes una promoción o un aumento.

Pero toda esta euforia en torno a la IA no llega sin contrapartida. Por ejemplo, la IA ofrece oportunidades sin precedentes para vigilar el rendimiento en el entorno laboral. Una gran empresa de venta on line ha patentado una pulsera que monitoriza los movimientos de un trabajador en el almacén y que, cuando lo considera adecuado, lanza un aviso para animar al sujeto a que aumente su eficiencia. Sistemas aún más sofisticados pueden supervisar a los empleados sentados ante un ordenador para medir su rendimiento de manera continua, pueden predecir qué empleados van a pedir dejar la empresa y en cuánto tiempo, pueden decidir -de acuerdo con una extrapolación hacia el futuro- cuál es el momento óptimo (para la empresa) para proceder a un despido. Son todas cuestiones muy delicadas que nos hacen pensar en un mundo desalmado y orwelliano.

Los recientes accidentes mortales con vehículos autónomos también han echado un jarro de agua fría sobre las expectaciones puestas en la IA para el transporte. ¿Hasta qué punto hay que permitir que un robot conduzca un autobús o realice una operación quirúrgica compleja? ¿Es razonable dejar en manos de un sistema de IA los asuntos de ciberseguridad o de seguridad militar? ¿Dónde habrá que buscar al responsable en caso de fallo o accidente?

Hay aspectos, por ejemplo en la sabiduría humana, en la expresión de las emociones, o en la percepción de la belleza, que serán muy difíciles de simular con ordenadores. Y sin cubrir estos aspectos será difícil confiar a un sistema de IA nuestras expectativas de bienestar. No necesitamos que sea un robot quien, exclusivamente, se ocupe de una operación quirúrgica complicada, o quien cuide de un anciano. Si el robot puede ayudar a evitar accidentes causados por la fatiga o por la distracción humanas, la presencia del médico o del cuidador siempre aportará una empatía y una interacción afectiva que me parecen esenciales.

Recordemos, por otro lado, que la IA está completamente dominada por el opulento hemisferio norte y que no todas las comunidades tendrán acceso a estos sistemas en un futuro próximo. Esta desigualdad no puede sino abundar en los grandes desequilibrios existentes en el planeta aumentando las tensiones entre bloques. La voracidad que pueden sentir las grandes empresas por los datos privados, que tan ingenuamente volcamos en las redes sociales, no se detendrá en las fronteras y habrá grandes regiones en inferioridad de condiciones.

Enfrentarse a todos estos retos requiere desde ya mismo que se tomen medidas para guiar el desarrollo de la IA. Los gobiernos deben esforzarse por proporcionar una buena educación en informática a todos los ciudadanos, con especial énfasis en las jóvenes y en las minorías. El actual sistema universitario e investigador, compartimentado en parcelas de saber, aparece especialmente trasnochado cuando consideramos la IA y debe reformarse. Como en muchos otros casos, la transversalidad y la multidisciplinaridad son ya absolutamente imprescindibles. En el caso concreto de la investigación en IA, deben participar no solo informáticos y matemáticos, sino también especialistas en psicología, en ciencias cognitivas e incluso en sociología.

Debemos esforzarnos todos, cada cual desde su puesto, para que nuestro progreso moral corra parejo con el desarrollo tecnológico. Los valores morales de las máquinas, por muy inteligentes que éstas sean, siempre serán los de sus creadores; y, en todo caso, nunca debemos permitir que las máquinas se conviertan en nuestros gobernantes, ni en nuestros competidores, ni en nuestras amenazas. Muy al contrario, como Francesca Rossi (IBM) declaraba a Rebeca Yanke en este diario hace unas semanas, «debemos conseguir que las máquinas hagan de nosotros mejores humanos».

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN)y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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