Inteligencia para salvar la educación

Hay muchas formas de aproximarnos al problema de la educación en España que trascienden el debate técnico. Una de ellas, que pertenece a la experiencia común, son las «lecciones de vida». Permítanme, en este sentido, una anécdota elevada a la categoría. Estudié en el colegio Marianistas Santa María de San Sebastián y terminé mi curso de preuniversitario en 1968. Mis compañeros de colegio, entre otros, fueron: Eduardo Moreno Bergareche, un año mayor que yo, fundador de ETA político-militar, que posteriormente sería asesinado por miembros de ETA militar; Iñaki Saraqueta, dos cursos por delante de mí, el miembro de ETA que asesinó por vez primera a un guardia civil, Pardines, el 7 de junio de 1968 en Guipúzcoa, dos años después de haber abandonado el colegio; Francisco Letamendía Belzunce, siete años mayor que yo, sobrino de Juan María Araluce, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, ametrallado por ETA en 1976, que fue el diputado del entorno de ETA VI Asamblea que en las Cortes Constituyentes, cuando terminó una de sus intervenciones, grito en el hemiciclo: «Gora Euskadi Askatuta».

La mayoría de ellos formaban parte de familias conocidas, tradicionales, de San Sebastián. Todos ellos compañeros de un colegio religioso, donde en aquellos años no se hablaba de política. Todos teníamos, como los jóvenes españoles en aquella época, una asignatura en nuestra educación reglada: Formación del Espíritu Nacional (FEN). Quiero dejar constancia que la educación reglada no parece que fuera determinante para aquellos compañeros de colegio. En broma añado que el único que parece que había aprendido algo de la asignatura anteriormente citada era yo.

La educación, que tiene como objetivo la formación integral de la persona, no sólo está determinada por las leyes, los reglamentos, los libros de texto. Ni siquiera, en ocasiones, la familia, la primera institución educadora, la institución de la verdad por excelencia, puede evitar la influencia del ambiente cultural de nuestra sociedad.

El cardenal Robert Sarah, en una excepcional conferencia con que abrió hace muy pocos días el Congreso de «Católicos y Vida Pública», nos lo recordaba al señalar que la contaminación está en el aire que respiramos, pero también en el ambiente cultural que viven los niños. Señalaba que «la educación y las estructuras escolares están impregnadas de esta atmósfera atroz o de indiferencia hacia las cuestiones religiosas o morales y de rechazo a la trascendencia del absoluto y de Dios». Y ponía un ejemplo magistral: «Pensemos en un acuario con peces. Regularmente se les da comida fresca. Pero el agua del acuario está sucia y es poco saludable. A medida que entra en el cuerpo de los peces, estos, a pesar de la buena comida que se les da regularmente, se envenenan poco a poco y mueren. Algo parecido ocurre en las escuelas y en las universidades».

Me pregunto si en España no sabemos, no podemos, no hemos sabido, no hemos podido, abordar el tratamiento del agua sucia del estanque que intoxica los peces. Tenemos que preguntarnos en qué momento nos encontramos, cuál es la consecuencia de esta intoxicación.

Se me permitirá que, en coherencia con nuestra situación cultural y moral, no pueda ni deba callar ante la extrema gravedad de las palabras de la ministra de Educación, Isabel Celaá, en días pasados durante el Congreso de Escuelas Católicas, referidas a la libertad de educación de los padres. Gravedad por su simbolismo, por lo que tienen de anticipo de una actitud cultural del próximo gobierno, del Frente Popular, populista, nacionalista.

Hasta ahora no habíamos sufrido en España una ideología extrema en el gobierno. Pero sí vivimos en un extremo relativismo moral, una pérdida creciente de referencias permanentes, una creciente socialización de la nada. El relativismo extremo encuentra en el silencio su principal aliado en orden a implantar su ingeniería social, pervertir las conciencias, intoxicar el agua de la pecera. La ideología de género, su implantación, el silencio con el que se está implantando, constituye el paradigma de lo que afirmo. La gravedad se acrecienta, en demasiadas ocasiones, con nuestro silencio cómplice.

La pregunta que debemos hacernos es si este desorden es casual o si, por el contrario, obedece a una causa o a varias. La enfermedad no es solo política, económica, financiera. No sólo es una crisis de representatividad. Es más profunda. Es una crisis de civilización, de dimensión marcadamente cultural, de falta creciente de referencias permanentes, de principios y valores, de fe, de carácter antropológico, es decir, derivado del concepto de la persona.

Es una crisis de la verdad. Huimos de la verdad como de la peste en casi todos los ámbitos de la vida. Hay una prevalencia de la mentira sobre la verdad, porque la mentira, por su propia naturaleza, es más cómoda que la verdad. En cierto sentido, la causa de las causas radica en nuestra comodidad. Buscamos siempre lo más cómodo, nos decantamos casi siempre por lo que los anglosajones denominan el «Wishfull Thinking», esto es, pensamos que al final va a suceder lo que más nos conviene. Esto nos aleja de la verdad, de la realidad. De tanto abrazar por comodidad el «mal menor», nos estamos encontrando de bruces con el «mal mayor».

La mejor demostración del carácter cultural, antropológico, de la crisis está en la concepción de la persona. Radica en que lo más obvio es lo más difícil de defender. Como brillantemente nos recuerda el pensador francés Fabrice Hadjad en su libro titulado «La suerte de haber nacido en nuestros días», cuanto más obvio, más difícil de defender.

La educación, la formación integral de la persona, tiene hoy, como principal adversario, ese ambiente, esa moda dominante. El profesor y filósofo francés Remí Brague, uno de los referentes principales en la plataforma cultural «One of Us», nos recuerda que «liberar la inteligencia de los europeos de una moda dominante es nuestra principal tarea». La incomparecencia de nuestras convicciones más profundas durante demasiado tiempo en el ámbito cultural, parapolítico, constituye una de las causas de esta situación en Europa y en España. Hoy hay que saber sembrar más que recolectar, hay que saber reaccionar y decir, más que callar. Hay que saber resistir más que adaptarse y aceptar la moda dominante.

Jaime Mayor Oreja es presidente de la Plataforma «One of us»

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