Intereses permanentes

Por Josep Antoni Duran i Lleida, presidente del Grupo Parlamentario de CiU y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso (EL PAÍS, 25/02/07):

La vocación de mi aportación a este espacio de debate es la de agregar algunas ideas que puedan contribuir a construir una política exterior que quede al abrigo de la confrontación política y de los vaivenes del péndulo electoral.

Benjamin Disraeli sostenía que “un país no tiene amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes”. Nuestros intereses son hoy globales y global debe ser nuestra política exterior. Más que nunca es necesario establecer una hoja de ruta que priorice objetivos. La flexibilidad, la agilidad y la anticipación son fundamentales para la acción exterior. Nada resulta tan negativo como actuar con improvisación y a golpe de reacción.

De entrada, creo importante superar las simplificaciones que se arrastran en el disenso que campa en la política exterior española. Señalo dos de las más corrientes: el anterior Gobierno cometió un grave error al implicar a España en Irak, pero si se persigue el consenso no creo necesario recordárselo continuamente al PP. De igual modo si la oposición quiere garantizar una política de Estado no puede, por ejemplo, caer en el reduccionismo de centrar sólo en Cuba y en Venezuela la política exterior del actual Ejecutivo.

Una vez sentadas estas bases señalo un objetivo fundamental: conseguir para España un peso político equivalente al económico. España es la octava economía del mundo. Sin embargo, nuestro peso político no corre parejo al económico. A reflexionar sobre ello voy a dedicar las próximas líneas.

Europa debe ser el principal interés de España. El 50º aniversario del Tratado de Roma nos recuerda que Europa es la historia de un éxito. Hay necesidad de Europa, dentro y fuera de ella, y es el ámbito de su política exterior la que está todavía a medio hacer. Es decir, el objetivo principal de la política exterior española es hacer posible que sea Europa quien tenga su propia y única política exterior. Si Europa es nuestro principal interés permanente, España debe implicarse más a fondo en el debate europeo. Entre los grandes, ha sido el primer y único país que ha aprobado el proyecto de Tratado Constitucional mediante referéndum y, sin embargo, no ha sido capaz de ejercer el liderazgo que brindaba, y sigue brindando, el actual escenario europeo.

La ampliación de la Unión Europea hacia el centro y el este, la contaminación que irradia el conflicto palestino-israelí y las complejidades del desarrollo del Proceso de Barcelona, amputan seriamente la credibilidad de la política europea en el área mediterránea. Desde el liderazgo europeo, España debería destacar como gran valedora de la política euromediterránea. En este contexto es donde adquiere relevancia la relación estratégica con Turquía. España y Turquía definen los confines físicos del Mediterráneo. Turquía tiene fronteras con Irán, Siria e Irak, participa en la FINUL en Líbano y mantiene buenas relaciones con Israel. Su situación geográfica la convierte en un corredor energético de vital importancia. Es también un aliado estratégico para el área del Cáucaso y supone una de las vías de diálogo con Irán, país que centra algunos de los principales retos del mundo: proliferación nuclear, apoyo al terrorismo, recursos energéticos e integrismo islámico.

Pero nuestros intereses permanentes en Europa y en el Mediterráneo no son excluyentes de los que España tiene más allá del Atlántico. Una política exterior inteligente debería conjugar equilibradamente nuestra vocación europea, con las relaciones trasatlánticas, para afrontar retos genuinos del siglo XXI, como son el refuerzo de la multilateralidad, el terrorismo internacional, la pobreza, las pandemias, los recursos energéticos, o la relación con el emergente Este asiático, con China e India como referentes de futuro.

Así como en el seno de la UE España debe potenciar la agenda trasatlántica, también debe progresar adecuadamente en la relación bilateral con Estados Unidos y liderar al mismo tiempo las relaciones políticas, económicas y culturales con Iberoamérica. Revitalizando la presencia allí, sin excluir a nadie del diálogo, ni a Cuba, ni a Venezuela. Pero debe priorizarlo claramente con países como Argentina, Brasil, Chile y México.

Sin embargo deben hacerse dos acotaciones respecto a Iberoamérica: de un lado, hay que evitar que las conductas de nuestra presencia económica puedan interpretarse como una segunda colonización; por otro, no puede ignorarse que a Iberoamérica le cuesta cada vez más cruzar el Atlántico y, en cambio, navega mejor que nunca por el Pacífico. Si se comparan las agendas de las Cumbres Iberoamericanas o UE-América Latina con las de la APEC (Cooperación Económica Asia-Pacífico) se hallará el sentido que quiero dar a esta reflexión. La Corona es el principal activo de nuestra política exterior pero el Gobierno debe implicar no sólo al ministerio de Exteriores sino desde el presidente hasta el último de sus ministros.

El espacio de este debate no da más de sí: queda pendiente hablar de Oriente Próximo (donde habría que recuperar nuestro equilibrio); de Asia-Pacífico; de nuestra relación con Marruecos (mucho mejor ahora que antes); de nuestro vecino Portugal (considerándolo de interés permanente). Del continente africano, especialmente del África subsahariana.

América Latina no es el continente de la pobreza, sino de la desigualdad. El auténtico continente de la pobreza es África y esta es nuestra asignatura pendiente. Por su pasado colonial, otros países deberían sentir mayor responsabilidad; sin embargo, el presente y el futuro obliga también a España.

Y acabo. No hay eficacia en la defensa de intereses si no se dispone de los recursos humanos necesarios y de una buena gestión. Es el gran capital de nuestra política exterior y como toda buena política de recursos humanos requiere formación y estímulo. Nuevos tiempos, nuevos retos, y con ellos nuevas e ilusionantes pautas para nuestro servicio exterior.