Internet vintage. La neutralidad de la red

El tráfico de datos en internet ha aumentado enormemente por la popularización de las aplicaciones de los teléfonos inteligentes (smartphones) y la eclosión del vídeo en la web. El volumen ha ascendido cada mes del 2010 a 12,7 terabytes (unidad de almacenamiento que equivale a 1012 bytes) y la previsión para el 2014 es de 42,1 terabytes, lo que supondrá un incremento del 232%.

Según las operadoras de telecomunicaciones, la transformación es tan profunda que su negocio peligra si no se modifican las normas que han regido hasta ahora en el sector. A su entender, el gasto por mejorar las redes es superior a los ingresos que obtienen por su actividad. La industria apunta hacia dos direcciones para reconducir la situación: los proveedores de contenidos y los internautas.

Compañías como Telefónica han sugerido que sus precios deberían cambiar para enjugar el perjuicio que les causan las tarifas planas ilimitadas. Por eso insisten en que el usuario medio sufraga al intensivo, ya que el 80% del tráfico proviene de un escaso 20% de consumidores. La desproporción es mayor en la banda ancha móvil: 75% de circulación para un 5% de internautas.

España padece las conexiones más lentas y caras de su entorno, en contraste con el norte de Europa, Japón o Corea del Sur. Y parece que sólo hay una salida para conjurar el riesgo de congestión: disponer de infraestructuras que permitan afrontar el reto con garantías de éxito. Las operadoras están angustiadas ante la posibilidad de tener que costear sin ayudas el mantenimiento de esos equipamientos porque no serán ellas las que consigan más beneficios, sino las compañías que trabajan sobre sus plataformas.

Así, se preguntan hasta qué punto firmas que saturan la web sin apenas invertir en redes (Facebook, YouTube, Apple…) no tendrían que ser más responsables. Además, recuerdan que la regulación para esta segunda clase de empresas es menos rígida que la suya.

La polémica alianza entre Verizon, un proveedor de internet norteamericano con más de 140 millones de abonados, y Google, casi un producto de primera necesidad, se explica teniendo en cuenta estos condicionantes. Ambos gigantes pretenden ofrecer – por más dinero-servicios para terminales móviles distintos de los convencionales y excluir de las tarifas planas los contenidos en línea adicionales, como las tres dimensiones.

Se trata de un ultimátum a la neutralidad de la red. Hasta hace poco no había en la web discriminaciones motivadas por la procedencia, la naturaleza o el destino de la información. He ahí el origen de la neutralidad. Para comprender la amenaza que se cierne sobre los teléfonos de última generación es recomendable conocer la equivalencia de un único vídeo de YouTube reproducido en un teléfono inteligente: un millón de mensajes de texto simultáneos.

Los finlandeses han querido ir más lejos que nadie y dotarse de la primera ley que eleva la red a la categoría de derecho universal. El 95% de su población está familiarizada con esta herramienta, frente al 50% en España. A pesar de que nuestro Senado ha aprobado una moción defendiendo un internet asequible, la Comisión Europea no blindará la neutralidad y ha anunciado que confiará en la competencia para que los ciudadanos elijan el servicio que prefieran.

Resulta desconcertante escuchar las súplicas de empresarios que critican la protección estatal en otras parcelas para que la Administración intervenga a su favor en esta. Las operadoras son libres de abandonar si llegan a la conclusión de que van a perder dinero. No hace falta echar el cierre, pueden reorientar su actividad.

Gobiernos, empresas y usuarios son conscientes de que sin contenidos no harían falta redes, y de que las compañías de telecomunicaciones tienen tantos clientes porque existen tarifas planas.

El concepto autopista de la información irrumpió en los noventa como sinónimo de internet. El invento reclamaba una metáfora fácil para el gran público porque era evidente que lograría un alcance inmenso.

Considerando que nos encontramos ante una innovación reciente, sonaría chocante aplicarle el adjetivo vintage,que se emplea para referirse a objetos que acumulan unos cuantos años pero que todavía no pueden catalogarse como antigüedades: muebles, ropa y demás.

Antes de que el tiempo la arrinconase, la expresión autopista de la información hizo fortuna por ser concisa y funcional. Hoy recupera su vigencia – es vintage- al revelar las claves de los ataques a la neutralidad. Los propietarios de la autopista quieren cobrar diferentes peajes a los vehículos que transitan cargados de datos dependiendo del rendimiento que den a los chóferes e incluso a los receptores.

J. LL. Micó Sanza, codirector de Digilab, Laboratori Comunicació Digital Catalunya. URL