Inversión en América Latina, avisos para navegantes

Por Roberto Velasco (EL CORREO DIGITAL, 01/12/07):

Las economías latinoamericanas han registrado fuertes turbulencias durante las tres últimas décadas. Los años 80 del siglo pasado estuvieron marcados por la crisis de la deuda externa y la aplicación de duras políticas de ajuste que frenaron el desarrollo económico y provocaron un severo retroceso social; pasaron a la historia del subcontinente como la ‘década perdida’. En el desastre colaboró, ocasional pero intensamente, el Fondo Monetario Internacional (FMI), que puso en práctica el durísimo recetario estándar conocido académicamente como Consenso de Washington, sin secuencias adaptadas a las necesidades específicas de cada país de destino; todo ello pese a saberse de sobra que este tipo de medicina, aplicada en dosis de caballo, ha dejado a más de un país exhausto, tan pobre como antes, pero más endeudado y con unas elites dirigentes más opulentas.

Los años 90 se inician con reformas estructurales (la mayoría recomendadas, las cosas como son, por el FMI) orientadas a implantar la disciplina fiscal y la apertura al exterior, a conducir la inflación hacia niveles moderados y a transformar los sistemas productivos para fortalecer su competitividad; sacrificios y reformas que favorecieron la estabilidad macroeconómica de la región y el retorno a una nueva fase de notable crecimiento económico que se ha materializado en lo que va de siglo actual: el PIB crecerá un 5% en 2007, que será el quinto año consecutivo con un alza superior al 4%, gracias especialmente al impulso del consumo privado y al fuerte aumento del precio de las materias primas predominantes en la zona; para 2008 se espera un crecimiento del 4,5% en el PIB regional, con lo que se prolongará una etapa de éxitos económicos sólo empañada temporalmente por las fuertes crisis financieras de Brasil, México y Argentina, finalmente reconducidas a costa de algunas cicatrices sociales que en la tierra del tango y la milonga resultaron ser auténticos costurones.

Uno de los principales mecanismos utilizados en dichos años para crear o consolidar nuevos sectores y mejorar los servicios básicos ofrecidos a la población en la mayoría de los países fue la captación de inversión extranjera directa (IED), aceptada como impulsora del desarrollo tras muchas décadas de políticas de desarrollo ‘hacia adentro’ (materializadas sobre la nefasta base de la sustitución de importaciones) en las que era considerada como mero ‘instrumento de dominación y de expoliación’ utilizado en los países pobres por el capitalismo internacional. En estas circunstancias favorables a la inversión extranjera se produce la implantación en la región de las principales empresas españolas de banca, energía y telecomunicaciones, que abrieron el camino para otras (constructoras, aseguradoras, etcétera) pertenecientes a sectores que aspiraban también a convertir América Latina en una extensión del mercado nacional, bastante saturado en algunos ámbitos y auténtico freno en la práctica para el crecimiento de las empresas. En sólo unos años, bautizados como la ‘década dorada’ de la IED española, la llegada de nuestras empresas representa uno de los fenómenos más importantes de la historia económica contemporánea de Iberoamérica por su magnitud, rapidez e impacto estratégico sobre las economías locales. En el bienio 1998/99 la IED española en la región superó por primera vez en la historia a la estadounidense.

Las razones de la elección de América Latina como principal destino inversor español en el exterior son varias: desde la ventaja competitiva del idioma hasta su condición de región emergente en proceso de privatización de empresas públicas, pasando por el fuerte desarrollo poblacional o el enorme recorrido potencial de su ‘stock’ de capital y de la productividad general del sistema. Pues bien, la implantación empresarial española sorprende a todo el mundo, especialmente por haber logrado en la mayoría de los países una posición de liderazgo y porque, en líneas generales, su actividad ha tenido un impacto muy positivo en términos de calidad, cobertura, precio y renovación de los servicios ofrecidos. Pero quizás su rápida expansión y su posición dominante han contribuido también a crear tensiones con las agencias reguladoras y dado lugar a la aparición de ciertas antipatías hacia las empresas españolas que algunos líderes populistas han aprovechado para acusarlas de esquilmadoras y de ser completamente indiferentes a la situación social de sus países, cuando no de ser culpables de los problemas estructurales provocados o tolerados no por las empresas extranjeras sino por los propios gobiernos y las respectivas elites políticas y económicas locales.

En estas circunstancias, los cambios políticos que han encumbrado a líderes de la llamada ‘nueva izquierda latinoamericana’ (Chávez, Morales, Correa, Ortega), unidas a ciertas actitudes caudillistas del populismo de los Kirchner y Cía. («los peronistas no son buenos ni malos, son simplemente incorregibles», decía Borges), han dado lugar a un movimiento político-social que en lo económico ha optado por el viejo nacionalismo, afortunadamente con excepciones tan importantes como las de México, Chile, Brasil o Colombia. Este proceso está detrás de algunas renacionalizaciones, de la congelación prolongada de tarifas en los servicios públicos y de elevaciones impositivas cuasi-confiscatorias que, unidas a la caída generalizada de la IED internacional en los años 2000, ha provocado una espectacular contracción de las inversiones españolas en la región (del máximo de 28.000 millones de euros en 1999 al mínimo de 1.820 millones de euros en 2006) y la duda de si la vocación de permanencia en América Latina que siempre han manifestado los empresarios españoles se verá modificada por los continuos cambios de las reglas del juego realizados a capricho de unos gobiernos que, por si no fuera bastante, tampoco ofrecen horizontes de estabilidad.

De momento, Latinoamérica apenas recibe ahora el 3% de la IED española (frente al 45% de algunos años atrás) y las opiniones y quejas vertidas recientemente por algunos de los presidentes de las principales multinacionales españolas en el Foro Latibex celebrado en Madrid no dejan de ser ‘avisos para navegantes’ ni de tener su lógica empresarial y su lógica a secas: quieren regímenes democráticos, seguridad jurídica, marcos regulatorios e institucionales estables, respeto de los pactos y el mismo trato que reciban los inversores nacionales desde el Río Grande (México) hasta la Tierra de Fuego (Argentina). Claro que todo ello requiere de procesos transparentes y que se valore de manera coherente el significado y los beneficios de la inversión privada, también de la exterior, en la economía y en la sociedad. De otro modo, más de uno deberá recordar, pronto y muy a su pesar, la famosa frase de Keynes: «Nada hay más tímido que un millón de dólares»; excepto, habría que añadir ahora, un millón de euros.

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.