Involucrados, perpetrados e interfectos

Hablábamos el otro día de la soltura y falta de prejuicios con que algunas palabras del vocabulario penal han pasado a la lengua común. Hoy queremos seguir con tan delicioso material aportando nuevos ejemplos.

Un verbo que hoy nos parece que exige un contexto criminal (o casi) es involucrar. El primer uso que hemos encontrado con ese sentido no es demasiado antiguo:

“… involucrando á los inquisidores en las intrigas que rodearon á D. Cárlos durante el período último de su vida” (Francisco Javier G. Rodrigo, Historia verdadera de la Inquisición, III, Imprenta de Alejandro Gómez Fuentenebro, Madrid, 1887, p. 294).

Pero lo cierto es que tampoco es muy antiguo el verbo en sí: involucrar empezó, un poco antes en el mismo siglo XIX, siendo un verbo poético que significaba ‘mezclar, confundir’:

“Ni acostumbro á involucrar
los rayos del Vaticano
con la ley municipal”,

dice Bretón de los Herreros en una de sus Poesías (1828-1870) (Imprenta Manuel Ginesta, Madrid, 1884, p. 295). En ese siglo es frecuente la expresión “involucrar las cuestiones” en el sentido de ‘mezclar (cosas que no tienen que ver)’: “No involucremos las cuestiones”, dice Pedro Antonio de Alarcón en De Madrid a Nápoles pasando por París… (Imprenta Gaspar y Roig, Madrid, 1861, p. 177); y aún en las primeras décadas del XX leemos que “la misión de nuestro hombre [Unamuno] es la de involucrar, confundir, enturbiar…” (Julio Casares, Crítica efímera (1919-c1923), Espasa-Calpe, Madrid, 1962, p. 63).

Involucrados, perpetrados e interfectos

Ahora involucrar ya no significa nada de eso y ese sentido enturbiador y reprobable solo se recuerda un poco cuando decimos de alguien que está involucrado en un delito, en un crimen, o en algo malo en general. Es un paso lógicamente explicable, de la confusión torpe o maliciosa a la complicidad deliberada con el mal. Sin embargo, gran parte de los usos actuales del verbo han perdido del todo –y desde hace mucho– ese sentido maligno, seguramente por influencia absurda del inglés involve: ya sabemos, uno de esos casos de asimilación por “similitud” (casi más gráfica que fonética en este caso) que se dan cuando se apodera de nosotros una idea muy muy ancha de lo que es una similitud:

“… la indagación de esta cuestión no puede emprenderse sin que el investigador en cuanto tal esté involucrado en ella” (Adolfo Menéndez Samará, Fanatismo y misticismo (1940), Universidad de Alicante, 2003, p. 136).

“EE UU ha conseguido hacer de su hazaña nacional [el aterrizaje en la luna] una hazaña mundial. Todos los hombres se han sentido involucrados en ella” (Federico Revilla, Hacerlo bien y hacerlo saber, Oikos-tau, Barcelona, 1970, p. 58).

“… un escritor se involucra con una bella mujer […] con la que vive una serie de aventuras” (“Chile se transformó en set de rodaje”, La Época, 4/II/97).

“El ‘conócete a ti mismo’, hijito, involucra también al mundo que nos rodea” (Santiago Gamboa, Páginas de vuelta, Mondadori, Barcelona, 1998, pp. 156-157).

“Cuando nos involucramos emocional y psicológicamente con el dolor de muelas, entonces el dolor aumenta” (Jiddu Krishnamurti, Sobre el dolor y la soledad (1993), Kairós, Barcelona, 2004, trad. de Armando Clavier, p. 159).

“Conocer de primera mano Fuerteventura […] involucra emocionalmente a los agentes de viajes” (“Un total de 50 agentes turísticos italianos visitan Fuerteventura”, La Vanguardia, 19/X/12).

El DRAE admite desde 1992 la acepción “complicar a alguien en un asunto, comprometiéndolo en él”, a la que no sabemos si responden con exactitud todos los ejemplos precedentes. En todo caso, ha abierto las puertas de la institución, con una liberalidad de la que en otras ocasiones no hace gala, a este calco facilón y bastante disparatado y que por supuesto no tiene la misma etimología que las demás acepciones de involucrar. Está, pues, académicamente autorizado suplantar cansinamente con este verbo otros de origen menos tortuoso como “complicar” y “comprometer”. Involúcrense, pues, no solo en crímenes o delitos, sino con bellas mujeres o con el dolor de muelas.

Nos gustaría referirnos también a dos palabras procedentes del léxico penal a las que les hemos perdido totalmente el respeto, y la verdad es que con gracia, a nuestro entender. El DRAE, tan hospitalario con involucrar, no parece haberse enterado de estos usos jocosos. Para él perpetrar sigue siendo solo “cometer, consumar un delito o culpa grave”, pero hace ya bastante que este verbo ejerce una irresistible fascinación sobre la vis cómica de muchos escritores, que han visto en él la oportunidad de perpetrar otras barbaridades:

“… la tontería que el mentecato de Luisito amenazaba perpetrar” (Francisco Ayala, El fondo del vaso (1962), Cátedra, Madrid, 1995, pp. 112-113).

“El destino que, según es fama, es inescrutable, no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo de Lovecraft” (Jorge Luis Borges, El libro de arena (1975), Alianza, Madrid, 1995, p. 102).

“… lo que salía del teclado era una desmayada versión del dichoso Lago del [sic] Como, lo único que perpetraba de oídas tu pobre tía Soledad” (Juan Marsé, La muchacha de las bragas de oro (1978), Planeta, Barcelona, 1993, p. 56).

“… algunas operaciones de estética que […] por pereza o por miedo no he perpetrado ” (Elvira Lindo, Tinto de verano, Aguilar, Madrid, 2001, p. 53).

“Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de perpetraruna novela? Peor aún: una novela de las históricas al uso, en la que un personaje no demasiado atractivo da la casualidad de que habla con Unamuno, D’Ors, Hitler y el mariscal Tito” (Rafael Reig, Visto para sentencia, Caballo de Troya, Madrid, 2008, p. 144).

“Pocas horas antes. La cascada grande del bosque de Boulogne. La orquesta perpetraba un vals criollo” (Patrick Modiano, La ronda nocturna. Trilogía de la ocupación, Círculo de Lectores, Barcelona, 2012, trad. de María Teresa Gallego Urrutia, p. 150).

No deja de llamar la atención que la mayoría de las cosas que se perpetran en este uso sean obras artísticas. Momento, pues, de recordar (véase el L&L anterior) que antiguamente la metáforas se cometían.

La otra palabra que ha entrado por la puerta grande de la risa es interfecto, que para el DRAE es solo un tecnicismo forense: “Der. Dicho de una persona: Muerta violentamente, en especial si ha sido víctima de una acción delictiva”. Tampoco es muy antiguo, aunque lo parezca, este latinismo brutal. Las primeras documentaciones en su sentido original (‘asesinado’) son de mitad del XIX. Pero Galdós ya habla en España trágica (1908) de un interfecto que es más bien un “acusado” (“Según dijo Vicente, corrían voces de que el corredor o intermediario entre Bravito y Moreno Benítez había sido Ducazcal. Nególo el interfecto”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Universidad de Alicante, 202, p. 239), señal de que el significado estricto de este término nunca llegó a popularizarse demasiado. En Jardiel, en Amor se escribe sin hache (1929-1933), ya encontramos el uso jocoso; hablando de una mujer casada que tiene muchos amantes, dice:

“Al enterarse de cada nuevo resbalón de lady Brums, [su marido] daba su opinión personal del interfecto y felicitaba calurosamente a su esposa” (Cátedra, Madrid, 1996, p. 114).

Mario Vargas Llosa, en La tía Julia y el escribidor (1977), se burla de un tipo que dice cosas como:

“–Estuve aquí, con todos los datos pertinentes, media hora después de que los patrulleros desembarcaron en la Prefectura al interfecto –declamó el hombrecillo. La sorpresa fue tan grande que debí poner cara de alelado. La perfecta dicción, el timbre cálido, las palabrejas ‘pertinente’ e ‘interfecto’, sólo podían ser de él” (Seix Barral, Barcelona, 1996, p, 440).

Precisamente por su origen culto y técnico interfecto es un término que se presta a ser ridiculizado como “palabreja”: hoy pocos se acuerdan de sus raíces penales, pero algo de ellas ha quedado en su conversión actual, bastante común, en un sinónimo de “individuo” en sentido despectivo:

“… el viejo Félix Culpa. […] Su nombre era raro, pero verídico […]. Lo de añadir Félix al apellido Culpa fue un chistecito bastante obvio del padre del interfecto, también anarquista de pro” (Fernando Savater, Caronte aguarda, Cátedra, Madrid, 1981, p. 129).

“¿… el brillante doctor-arquitecto según dice él, Ricardito Bofill? ¿Cómo es posible que este interfecto se permita el gusto de insultar a un profesional como Valerio Lazarov o a su suegro Julio Iglesias?” (Lorenzo Díaz, Informe sobre la televisión en España (1989-1998), Ediciones B, Barcelona, 1999, p. 163).

“Se ha recibido la llamada de un enfermo al que vio usted hace unos días. Se trata de Fulano de Tal y Tal… Recordé al instante que se trataba del interfecto de las pestañas desprendidas” (Luis Jiménez de Diego, Memorias de un médico de urgencias, La Esfera de los Libros, Madrid, 2002, p. 147).

“Hay dos usos del transporte oficial que deberían estar prohibidos para los dirigentes públicos: el que tiene relación con la vida privada del interfecto y el que tiene como fin un acto partidista” (“Falcon somos todos”, ABC, 31/V/09).

Así que no entendemos muy bien por qué el DRAE no recoge este moderno y muy documentado uso ni por qué el Instituto Cervantes lo relega agriamente a su Museo de los horrores. Conocemos a una señora que a sus yernos los llama maliciosamente “los interfectos”. Claro que también conocemos a otra que los llama “los extraterrestres”. Pero este último sigue siendo, creemos, un uso aislado.

Luis Magrinyà

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