Io servo chi mi paga

Hace escasas fechas, el poderoso Fondo Monetario Internacional hacía público un informe, elaborado por encargo, sobre las causas de su fracaso en predecir -y en consecuencia tomar las medidas oportunas, si no para evitar cuando menos paliar- la grave crisis financiera mundial que tanto daño está causando. En un lugar destacado del documento se achaca a «la cultura que desalienta el pensamiento crítico dentro de la institución» buena parte de la culpa de su miopía. Admitámoslo. Pero ello significa que el pensamiento acrítico dominante, a cargo de los distinguidos y bien remunerados economistas que llevaban las riendas de la institución, con ligámenes con las mejores instituciones universitarias y escuelas de negocios, carecía de rigor científico para interpretar la situación y las señales anunciantes de la tormenta.

Mal asunto, pues sería dar la razón al heterodoxo Galbraith, que, tal como se recordaba hace poco en este mismo diario, dijo que la gran aportación de los economistas ortodoxos había sido hacer buenos a los astrólogos. O, en una explicación más indulgente, cuando menos pecaron de falta de coraje para denunciarlas y quizá con ello perder su privilegiada situación, y algunos emolumentos, por causar el enojo de quienes se lucraban de la desatada euforia que reinaba en Wall Street y alrededores. Los pájaros de mal agüero no agradan a quienes el optimismo llena el bolsillo u otorga votos y poder. Si en España el informe ha tenido eco ha sido primordialmente por dar pie a enturbiar la categoría profesional de un otrora destacado político, hoy convertido en gestor de una entidad financiera que capea como puede la tormenta, que por aquellas fechas presidía el FMI. Ya se sabe, siempre hay que aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid si con ello se araña a un adversario.

El pasado otoño se estrenó en algunos escasos cines de Estados Unidos una película titulada Inside Job. Según la Wikipedia, esta expresión coloquial indica una estafa cometida por alguien que, por formar parte de una organización, tiene acceso a archivos y datos confidenciales que permiten un lucro delictivo. Es un documental de denuncia a lo Michael Moore, es decir, una serie de reportajes y entrevistas a personajes de todo tipo y calaña -economistas, banqueros, políticos y hasta celestinas de hetairas de lujo- que tuvieron algún protagonismo en la crisis bancaria que estalló en el 2008. Su director es Charles Ferguson y tiene una duración cercana a las dos horas. Rodada en varios países, indicio de un presupuesto generoso, empieza el relato con unas imágenes idílicas de Islandia. E inmediatamente entrevista a un profesor de la neoyorquina Columbia Business School a quien la Cámara de Comercio de la isla encargó un dictamen, en el 2006, sobre la solidez de su sistema bancario a cambio de unos honorarios superiores a los 120.000 dólares. No hace falta decir que apenas encontró una pequeñísima fisura, sin trascendencia alguna, en el edificio que poco tiempo después se desplomaba estrepitosamente. Este profesor se ha sentido herido en su honor y publica en su blog unas explicaciones que no llegan a disipar el mal sabor de boca de su intervención en la película. Pero, como él, muchas otras figuras académicas se sienten ofendidas por la referencia que a ellas en un momento u otro se hace. Solo Paul Krugman, en una demostración de independencia, ha salido en defensa de Ferguson a pesar de lo malparados que quedan algunos de sus colegas.

En un artículo complementario de su película, el director recuerda que en el 2005, en la reunión de los más importantes banqueros centrales que anualmente se celebra en Jackson Hole, Raguram Rajan presentó un brillante informe en el que detallaba los excesos que se estaban cometiendo y el inminente peligro de un estallido. Cuando terminó su exposición, el entonces presidente de la Universidad de Harvard se levantó para rebatir, en duras palabras, las tesis de su colega, al que textualmente tildó de «ludista» por pretender destrozar las bases de la prosperidad del sistema bancario norteamericano. Y en otros ejemplos similares, con nombres y apellidos, demuestra cómo las entidades financieras privadas pagan suculentas sumas a economistas de renombre para que defiendan sus intereses y eviten reglamentaciones que constriñan las ganancias tanto de las instituciones que gestionan como las que van a parar a sus bolsillos. Ahora mismo han puesto en funcionamiento toda la artillería para aligerar en lo posible la normativa sobre las entidades financieras que, por su tamaño, el Estado no puede dejar caer.

«Io servo chi mi paga», dicen que reconoció Leonardo da Vinci en un arranque de sinceridad. Es una máxima que quizá respetan profesionales de ámbitos diversos. Pero entonces no deberían achacarse a la economía errores que en realidad tienen su raíz en la endeble deontología de algunos de sus cultivadores, incluso de renombre.

Por Antoni Serra Ramoneda, presidente de Tribuna Barcelona.

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