Ira contenida, luto perdurable

No he vuelto a ver en HERALDO, ni recuerdo que ocurriese antes, tantas esquelas como las publicadas para llorar su muerte, el 7 de mayo de 2001, día siguiente al asesinato de Manuel Giménez Abad. Ocuparon cuatro páginas. El día 8, el dolor, expresado en esta forma de luto institucionalizada, siguió fluyendo y hubo que añadir dos páginas. En total, las esquelas enlutadas pasaron de treinta.

No las envió solo el PP, cuyo nuevo y reciente presidente en Aragón era Manuel. Publicaron su luto otros partidos y muchas instituciones y entidades, ayuntamientos chicos, medianos y grandes (Jaca, Gelsa, Ejea, Zaragoza…), corporaciones, el arzobispado, los discapacitados físicos, empresarios, comerciantes, montañeros, clubes deportivos, la Facultad de Derecho, el personal de las Cortes de Aragón…

En el diario se trabajó con gran intensidad. Los aragoneses, como el resto de los españoles, necesitaban saber lo más y lo mejor posible sobre el crimen y HERALDO quería dárselo. Por dos días, la redacción fue un hervidero de dedos golpeteando teclas, de idas y venidas para cubrir todos los frentes, de atender a medios foráneos que llamaban para informarse e informar, a su vez. A las esquelas se añadieron el día 7 trece páginas de datos y análisis, de croquis y fotografías elegidas: algunas, escalofriantes, se estimaron necesarias para informar.

La temperatura de la calle no dejaba de subir. Los ciudadanos querían expresarse, acercarse a la familia de Manuel y, en particular, a Borja, el hijo con quien iba cuando fue abatido. Llegaron muchas cartas, en las que predominaba la mezcla de hondo dolor y rabia incontenida; a sabiendas de que era imposible alcanzar la justicia plena, porque nada podría revivir a Manuel. Y aún sigue abierta la investigación criminal.

HERALDO tituló sus editoriales y artículos de fondo con el propósito de ofrecer también un balance anímico. Es un deber doloroso rehacer aquella memori: “Su sangre es la de todos”, “Aragón frente a ETA”, “La esperanza, asesinada”, “Infinita tristeza”, “Voces contra el crimen”, “Rechazo a la barbarie”, “Luto en Aragón”, sintetizaban los grandes rótulos. Era preciso fijar el estado social de ánimo.

Frío por dentro

Otros textos resaltaban su personalidad de jurista, o el duelo que su asesinato suscitó: “Jaca y Zaragoza lloran a su hijo”; “Comprometido con su tierra”; “Aragonés, sereno, dialogante”… Una muchacha, empleada en un obrador de pastelería, exclamaba: “No puedo quitarme el frío de dentro”. Alguien había gritado, al ver a Borja, testigo espantado del crimen: “¡Borja, no estás solo!”.

Y seguían, en torrente, noticias que probaban la profunda e indignada conmoción de millones de personas por todo Aragón y en el resto de España.

Ese alud de sentimientos y datos, depurados en lo posible, se hizo también información ordenada y sopesada. Duró la tensión varios días. Visto desde hoy, vale la pena rescatar, en particular, un titular que cruzaba dos páginas, a nueve columnas: “La palabra de Abad vivirá en las Cortes”. Un año después del crimen, el anuncio se hizo verdad y el parlamento autonómico creó la Fundación Manuel Giménez Abad, destinada a debelar la violencia política mediante la defensa del pensamiento como vehículo de mejora social: pensar, no disparar; usar el peso la razón, no el del plomo.

Aunque duela

Este viernes, una vez más, en la Sala San Jorge de la Aljafería se ha celebrado la conmemoración de la inicua muerte de Manuel. El título del acto es invariable: ‘Homenaje a la Palabra’. Y uno de los oradores también es fijo: Manuel Giménez Larraz, hijo mayor del político tiroteado, que se impone cada año la misión de recordarnos la personalidad de su padre. No se trata de embellecer un recuerdo –lo saben bien quienes se beneficiaron de su impecable trato–, sino de mantener activa en nuestras mentes su personalidad real. Fue íntegro, competente, inteligente, tolerante y estricto a la vez, tímido, sensible, bienhumorado y con fuerte vocación por el servicio público.

El discurso filial del día 5 recurrió a Machado y a Rilke, a Sabina y a Lorca, y trazó con acentos poéticos el perfil de un político a cuyos matadores hay que seguir denunciando, así como a quienes los justifican ahora: “Neguémosles legitimidad”, nos requirió el orador. Sobre todo a quienes, aunque ya no vistan capuchas ni manejen bombas arteras, continúan el discurso político y sentimental de los terroristas de ETA.

Para quienes vivimos aquellos días macabros -los guardias civiles de la casa cuartel y sus niñas; y los de Sallent; y el autobús de la Academia General…– es un deber decir a los más jóvenes, y a los olvidadizos voluntarios, cómo fueron esos largos años de muerte. “Aunque duela”, como advirtió anteayer el hijo de Manuel. Porque, en efecto, todavía duele mucho, y no hay por qué callar ni ese dolor ni la ira que lo acompaña.

Guillermo Fatás

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *