Irak: certezas y dudas

Por Amir Taheri, periodista (GEES, 24/10/05):

Treinta meses después de la caída de Saddam Hussein, hay signos de que el intenso interés que había despertado Irak en aquel entonces puede estar desvaneciéndose. Las encuestas en Estados Unidos, Gran Bretaña e Italia, los tres miembros de la coalición de liderazgo norteamericano que suponen el 90% de las tropas presentes en Irak, muestran que más de la mitad de la población desea desentenderse de una empresa que a ellos les parece que no va a ninguna parte.

Decir a los americanos y a sus aliados que la historia no se construye al ritmo fijado por los informativos nocturnos de televisión, y que transformar un sistema despótico en una democracia lleva tiempo, carece de utilidad. Vivimos en una época de resultados rápidos, de café instantáneo y veloces gratificaciones. La horquilla de atención media de la opinión pública internacional en casi cualquier tema no supera los seis meses. Incluso los temas más acuciantes, incluyendo algunos que se supone que amenazan la mera existencia de la especie humana, no logran acaparar los titulares durante mucho tiempo.

Mientras los iraquíes votan en el referéndum constitucional de hoy, es importante notar que han perdido parte de la paciencia, y con ella una gran parte del interés despertado por su liberación en abril del 2003. A menos que la nueva élite rectora iraquí logre imponer algo de orden en su propio país, no hay garantías de que el resto del mundo permanezca interesado en ayudar al país a construir un futuro nuevo.

La triste verdad es que el mundo puede vivir con un Irak fracasado. Y los iraquíes no deberían engañarse a sí mismos creyendo que están hechos de un percal especial. El mundo está lleno de situaciones desastrosas en más de 30 países de casi todos los continentes. Añadir otro más no decantaría la balanza en un sentido u otro.

Tal y como están las cosas hoy en Irak, hay distintas certezas.

En primer lugar, Irak tiene una oportunidad única de enterrar su pasado despótico, porque la maquinaria de opresión construida durante medio siglo ha sido aplastada. El único modo en que puede ser reconstruida es si el país se hunde en la anarquía, forzando a una mayoría de los iraquíes a aceptar otro tirano con la esperanza de comprar seguridad.

La segunda certeza es que los terroristas y sus aliados insurgentes no tienen posibilidad de imponer su voluntad sobre el pueblo iraquí.

Hoy queda claro que la insurgencia carece de apoyo popular, incluso en el denominado Triángulo Sunní. El peligro es que la insurgencia de Irak podría convertirse en campo abonado para el terrorismo por toda la región. No hay mejor escuela para este tipo de belicosidad que el combate real sobre el terreno. Por lo tanto, los líderes jihadistas que han pasado algún tiempo en Irak bien podrían actuar como virus que contamine a otros estados árabes de la región en los próximos años.

Eso es lo que sucedió en Afganistán en los años ochenta y en Argelia en los años 90, cuando ambos países sirvieron como campo abonado para el terror jihadista.

La tercera y última certeza es que, imprimiendo buena dirección, Irak tiene los recursos naturales y humanos para construir un modelo nuevo en la región. Si la región va a entrar alguna vez en la era de la globalización y a encontrar un lugar en la principal corriente cultural y política internacional, no se puede esperar otro pionero mejor que Irak.

Junto a esas certezas hay también dos dudas. La primera es que la nueva directiva iraquí bien puede demostrar ser inapropiada para sostener el peso que la historia y la ocasión han colocado sobre sus hombros.

Algunos de los líderes que pasaron años en el exilio han traído con ellos algunos de los peores aspectos de la política de exilio. La mayoría no han logrado conectar con la población, mientras que algunos, como indican recientes revelaciones, no han resistido la tentación de llenarse los bolsillos y salir corriendo. El denominado programa de des-Baazificación, mientras tanto, ha privado al país de los colectivos administrativo y burocrático medios necesarios para catalizar la reconstrucción del aparato del estado.

La segunda duda que proyecta una sombra sobre el futuro de Irak concierne a la determinación de mantener el curso por parte de la comunidad internacional, liderada por Estados Unidos en este caso.

Irak necesita dos o tres elecciones libres y justas más antes de que su nueva democracia esté completamente institucionalizada. Eso significa que puede ser necesario algún nivel de compromiso internacional, incluyendo una contribución militar por otros 10 o 12 años. Hay pocas dudas de que mientras el Presidente George W. Bush y el Primer Ministro Tony Blair estén en el poder, Estados Unidos y el Reino Unido permanecerán comprometidos con Irak. Pero Estados Unidos y el Reino Unido son democracias en las que, como en todas las democracias, el electorado puede demostrar ser más voluble que cualquier autócrata.

A la hora de la verdad, no obstante, es el pueblo de Irak el que tiene la clave de su propio problema. Si, como creo que harán, salen a la calle en masa a votar hoy, revivirán el interés internacional en ayudarles a reconstruir su nación.

La constitución propuesta no es ideal. Pero es el texto más democrático ofrecido a nadie de la región. Rechazarlo con la esperanza de obtener algo mejor sería en este punto autoderrotarse. Como a menudo es el caso en la historia, lo mejor podría demostrar ser enemigo de lo bueno.

Contrariamente a la creencia extendida, la oposición a la constitución propuesta no viene de los árabes sunníes. A muchos kurdos no les gusta el borrador porque les confina en un Irak unificado para el futuro próximo. La verdad, sin embargo, es que los kurdos de Irak no pueden tener mejor futuro fuera de un estado federal unificado.

Hay también algunos chi’íes que se oponen al borrador propuesto porque se decantan en favor de un estado altamente centralizado.

Pero tal modelo no sería aceptable, ni para los kurdos ni para los árabes sunníes, porque un estado altamente centralizado dominado por los chi’íes dejaría poco espacio al pluralismo y la diversidad que ofrece algún grado de descentralización. En lo que respecta a los árabes sunníes más radicales, es hora de que comprendan un hecho simple: los antiguos días de monopolio sobre el poder político han pasado para bien, y cualquier intento de forzar un nuevo mandato de una minoría en Irak sólo podría llevar a su quiebra. El único modo de que los árabes sunníes conserven un porcentaje del poder significativo en el nuevo Irak es una alianza con los kurdos y con los partidos chi’íes seculares en el nuevo Parlamento a ser elegido democráticamente en diciembre. Este es el motivo por el que creo que los árabes sunníes votarán ampliamente a favor del borrador propuesto.

Mientras los iraquíes hacen cola para votar, ignorando la amenaza de muerte difundida por los jihadistas una vez más, deberían sopesar un hecho: la mejor apuesta es construir un sistema en el que el poder esté tan ampliamente compartido como para hacer imposible que cualquier particular o grupo imponga su voluntad sobre millones de cautivos impotentes..