Irak: de momento, repliegue

El pasado febrero, cuando Barack Obama expuso la nueva estrategia a seguir en Irak, aseveró que las tropas norteamericanas habían sido enviadas para acabar con el régimen de Sadam Hussein, por lo que el trabajo había finalizado. Y aseguró con rotundidad que había llegado el momento de, cumpliendo con su promesa electoral, retirar las fuerzas desplegadas en suelo iraquí. Pero detrás de estas afirmaciones realizadas en tono político, y amplificadas con una magnífica campaña de imagen, se ocultan otras realidades. Porque hubo más motivos por los que Estados Unidos se aventuró en 2003, a la cabeza de una coalición de 35 países, en Irak, además de para desalojar del poder al partido Baaz de Sadam.

EE UU consume una cuarta parte de la energía mundial, cuando apenas genera el 5%. Para mantener su ritmo de vida, precisa imperiosamente que el fluir de hidrocarburos hacia su territorio no cese. Lo que exige que gran parte de su geoestrategia esté articulada en torno a garantizar este suministro esencial. Por lo que, entre otras acciones, los estadounidenses están obligados a intentar controlar los lugares donde se encuentran las principales reservas, directa o indirectamente. E Irak les facilita no sólo el acceso a las que pueden llegar a ser las primeras reservas del mundo de confirmarse las últimas exploraciones -con más de 350.000 millones de barriles-, sino que también les permite tener fuerzas preposicionadas y entrenadas para poder ser utilizadas con inmediatez en los escenarios asiáticos, donde, cada vez con mayor nitidez, parece que van a tener lugar los principales acontecimientos en los años venideros.

Son demasiados intereses como para abandonar de modo precipitado Irak. En realidad, la tan publicitada retirada de las fuerzas desplegadas se limita a un mero desplazamiento desde las ciudades y pueblos hacia bases fortificadas erigidas en sus proximidades. Con lo que las fuerzas norteamericanas quedan con su capacidad de combate intacta, prestas para reaccionar en caso necesario en apoyo del Gobierno iraquí. Es más, en la capital, Bagdad, al igual que en las principales ciudades del norte del país -Mosul y Baquba-, en las que Al-Qaida sigue manteniendo una fuerte estructura, los estadounidenses seguirán patrullando. E incluso lo más probable es que su presencia en esos enclaves se vea reforzada, ante el aumento de la inseguridad de los últimos días.

Lo mismo se puede decir de Kirkuk, donde sus inmensos pozos petrolíferos, la mayoría sin explotar, ofrecen el potencial de convertir la zona en una de las más ricas de todo Oriente Medio. Lo que la hace envidiada y competida. De hecho, los kurdos han exacerbado su posición nacionalista, reclamando esta ciudad, que sufrió un notable proceso de arabización en la época de Sadam Hussein, como parte integral de la patria que aspiran a formar. De este modo, la realidad es que los actuales 144.000 soldados de la Fuerza Multinacional en Irak (MNF-I) únicamente quedarán reducidos a 128.000 en septiembre de este año. Lo que supone tan sólo la disminución de dos brigadas, pasando de las 14 actuales a 12.

Según el acuerdo de seguridad firmado entre Washington y Bagdad en noviembre de 2008, para agosto de 2010 no deberían quedar más de 50.000 soldados estadounidenses. Los cuales realizarían exclusivamente labores de asesoramiento e instrucción sin posibilidad de participar en operaciones de combate, si bien se incluye la opción de que intervengan en misiones contraterroristas en caso necesario. Pero esta notable rebaja del contingente está indudablemente condicionada al desarrollo de la primera fase y a la efectividad de las tropas iraquíes, todavía muy dudosa.

Ese personal ya sería suficiente para garantizar el cumplimiento de las necesidades geopolíticas de Estados Unidos en tan vital zona. Al tiempo que la reducción, si llega a consumarse, le permitiría volcar su esfuerzo en el frente afgano-paquistaní y proporcionar a sus agotadas tropas un cierto descanso. Según el mismo acuerdo, no sería hasta diciembre de 2011 cuando el último soldado estadounidense abandonara Irak. Pero hay una coletilla en el pacto que establece que los dos países pueden pactar de mutuo acuerdo ampliar esta fecha límite. Es decir, se deja una puerta abierta a la continuación de las fuerzas. Algo en lo que tendrá mucho que ver la evolución de los acontecimientos mundiales.

En definitiva, y por ahora, esta operación tan sólo es un repliegue responsable a bases más seguras, dejando que sean las propias fuerzas de los iraquíes las que lleven a cabo las misiones más peligrosas. Para eso se les han proporcionado 17.000 millones de euros, doblando en los dos últimos años el número de sus efectivos hasta alcanzar los 700.000 actuales, entre policías y militares. Pero en ningún momento se ha planteado el Gobierno norteamericano perder de vista ni sus intereses nacionales, ni las exigencias geopolíticas de tan importante zona del mundo. No se trata de una alocada decisión partidista o personal, sino de una bien asesorada estrategia.

Y también hay que considerar que con la actual situación de tensión en Irán, ningún mandatario estadounidense, ni siquiera el Obama presentado como el nuevo adalid de la paz mundial, replegaría de modo inmediato e inconsciente sus tropas de Irak. EE UU intenta seguir garantizando sus objetivos en el país, sin desgaste de personal propio ni de popularidad nacional ni internacional. Pero la verdad de las promesas de Obama no llegará hasta finales de diciembre de 2011, cuando teóricamente el último soldado norteamericano debe abandonar territorio iraquí. Y eso todavía está por ver.

Pedro Baños, teniente coronel y profesor del CESEDEN.