Irak, España, Occidente

Por Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas (ABC, 22/02/03):

Hace una semana, el «tribunal» de la opinión pública dictaba ruidosa sentencia. Inapelable, según algunos. Sometida, sin embargo, al juicio infalible y riguroso de la Historia. No es fácil luchar contra la marea humana, enemigo poderoso al decir de un entusiasta sincero de la libertad, J. S. Mill, en su famoso ensayo. Es tiempo para proclamar la verdad frente al abuso de tópicos, falacias y sinsentidos. Buenos sentimientos, viejos resabios, frustraciones latentes, intereses particulares… Fábrica, en suma, de espejismos y pasiones: he aquí la «democracia de la protesta», por utilizar el término de G. Sartori. Pero debemos tomar nota: millones de ciudadanos en el mundo libre (los súbditos del tirano no se manifiestan; sólo obedecen) claman contra el líder democrático y -unos cuantos- en favor del déspota. Los más atrevidos recuerdan la maldad natural del imperialismo yanqui y los más objetivos condenan por igual, según la vieja fórmula, la violencia de uno y de otro signo. Entre ellos, hay bastantes americanos, muchos ingleses y miles de australianos, que ya no viajan de vacaciones a Bali… Se vive bien en Occidente cuando no toca jugar el papel de víctima. El ejemplo lo tenemos en casa: ocurre lo mismo en el País Vasco. El mal se halla en la debilidad de la conciencia. He aquí el enemigo declarado: capitalistas y judíos; ultraderecha y petróleo; para uso doméstico, «fascistas» y «sicarios». Sadam Husein, entre gozoso y perplejo; el gaullismo más rancio aclamado por la izquierda universal; el derecho de veto exaltado por sedicentes amantes de la paz. Todos atentos por si el señor Blix presenta un catálogo de maldades, al modo de las hazañas de su amo que relata Leporello ante una confusa Doña Elvira: «Madamina, il catalogo è questo». Miopes sin fronteras, camino de la ceguera absoluta. Grave riesgo, a veces inconsciente, para el Estado constitucional y la sociedad abierta. Tal vez no les importa.
Es preciso restablecer el sentido común sin caer en la tentación apocalíptica, al modo del personaje de É. Zola: «Están ustedes afilando los dientes al monstruo para que nos devore…». Acaso tampoco les importa. Confiamos en el poder de las ideas: Occidente, ya se sabe, hereda la política, surgida en el ágora de Atenas, hija de la «isegoría», esto es, de la igualdad ante la ley y la libre expresión del pensamiento. No sirven los esquemas anticuados: se acabó la guerra fría con su geométrica razón de Estado. Vivimos una suerte de guerra posmoderna, a base de fragmentos; un «modelo para armar», muy al gusto de esta sociedad ingrávida y difusa. Pensamiento débil, imperio de lo efímero, retórica de malos sofistas. Incluso el mítico Havel ha sido expulsado del paraíso progresista. Es el peligro de ser libre. Por eso resulta tan apasionante.

Ninguna gran potencia ha conseguido vencer en la batalla de la imagen. Ver para creer: Esparta (oligarquía, castas, milicia) cuenta con todas las simpatías frente al odio que inspira la Atenas imperial (democracia, comercio, cultura). Preguntad a Rousseau, sin ir más lejos. Ni siquiera se libró Roma, «señora del mundo, nación togada», según dijo el mismo Júpiter: no obstante, Tácito también prefiere a los bárbaros. España y la «leyenda negra»; luego, Francia, Inglaterra, Alemania… y todos los demás. América más que nadie. Mala propaganda, envidia sublimada, compensación psicológica. La vida sería insoportable si se admite la ecuación entre el mérito y el éxito: lo explica muy bien F. A. Hayek. Servidumbres de la grandeza. Expresión del desencanto. Producto, además, de los errores del hegemón: en este caso, mala administración del calendario y extraña concepción del Consejo de Seguridad como una especie de órgano jurisdiccional penal.

El 11 de septiembre de 2001 empieza una nueva era. Para la República imperial, significa tanto y más que el 4 de julio de 1776: lástima que nos falte R. Aron para interpretarlo. Reto absoluto contra el «destino manifiesto»; único desafío real frente al modo de ser americano; sensación de miedo hobbesiano, desconocida hasta ese día por una nación forjada con los materiales del optimismo ilustrado. «Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos…»: desde el rancho de Texas al Village de la gran manzana; selectos WASP bostonianos y minorías étnicas en Los Ángeles; peregrinos y pioneros, santos y demonios familiares de la América profunda. Quienes acusan al presidente Bush de representar intereses siniestros no entienden nada del espíritu de la época. Republicanos y demócratas comparten creencias, en el sentido de Ortega. Nacidos el 11 de septiembre; curtidos en la «zona cero»; dispuestos todos a mirar al enemigo cara a cara.

No es cuestión de preferencias subjetivas, tan respetables como irrelevantes. El eje geoestratégico se desplaza sin remedio. Estados Unidos es ahora la «isla del mundo». Aunque vuelva el aislacionismo, ahora se va a llamar «centralidad». Hablamos, no se olvide, de una talasocracia, adaptada -cómo no- a los avances tecnológicos. Hacia el este, el Pacífico inmenso. Aparece allí Japón, cabeza de puente, protagonista del rapto de Europa según la tesis luminosa del maestro Díez del Corral. Caerá seguro Corea; es cuestión de poco tiempo. China es el objetivo político y económico. Australia y su entorno son países de confianza. Hacia el oeste, el Atlántico desdibujado. Aquí, el Reino Unido (otro imperio viejo y sabio) juega el mismo papel de Japón. Europa continental es la periferia. Si el eje franco-alemán se muestra esquivo, no faltarán buenos socios en las orillas de Rusia, entre los hielos del Báltico y los vientos del Mediterráneo… Estas son, más allá del plazo corto, las grandes líneas del nuevo orden mundial. Darwinismo puro: si las Naciones Unidas y la OTAN aciertan en su proceso de adaptación, se abrirá otro capítulo en el mismo libro. Si continúan por el camino que llevan, les aguarda una vitrina en el museo de prehistoria, al lado de utensilios arqueológicos tan hermosos como la Sociedad de Naciones. No es cuestión de un fin de semana festivo, armado de pancartas y algarabía. El nuevo «nomos» de la tierra cambia las reglas del juego para nuestra Europa maltrecha y sin capacidad de defensa: no es autónoma, ni autárquica y acabará por no ser «polis». Ojalá no suceda.

Aznar acierta de lleno en el enfoque de la crisis desde el punto de vista del interés nacional de España: «status» internacional; terrorismo; Marruecos; tal vez, Iberoamérica. La carta promovida junto con Blair ha supuesto un salto cualitativo en la política exterior. Supera, poco a poco, errores iniciales de estrategia mediática y de táctica parlamentaria. Consigue ahora mantener los principios sin perjuicio de moderar los gestos y actitudes. Rompe la mala racha interna, mediante un golpe de audacia patente en el último debate del Congreso. Ya lo advertía el director de ABC en su brillante Tercera, aviso sereno para conciencias anquilosadas. A su vez, la oposición, jugando a favor de las apariencias, sólo ha conseguido quedarse sola en el mar, igual que el viejo marino de Hemingway: rojiverdes alemanes y derechistas franceses buscan con ganas el mínimo consenso. Vendrán días de tormenta y habrá que buscar cobijo. Cuánta razón tenías, querido Pepe Prieto, en nuestra última sobremesa política: acabar con el tirano es bueno para el mundo, para España y para la libertad. Así de claro. Así de convincente.

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