Irak y el antibelicismo ocasional

Por Carlos Martínez Gorriarán, profesor de Filosofía Universidad del País Vasco (ABC, 31/03/03):

Una amiga me cuenta que una conocida militante de Batasuna, que brinda con cava para festejar cada asesinato de ETA, viajó a Bagdad para servir de «escudo humano» contra «la agresión imperialista» (eso sí, se volvió antes de la guerra). Parece que su gesto humanitario ha sido muy admirado. En fin: un verdugo voluntario doméstico travestido en pacífica paloma antiglobal. Tales cosas comienzan a ser frecuentes. También UGT y CCOO han promovido paros y manifestaciones contra la guerra (incluso con LAB, sindicato abertzale empeñado, con ELA, en echar al «sindicalismo español», cuando nunca han querido compromisos semejantes contra ETA, ni para defender a las decenas de miles de vascos amenazados. Tampoco hubo ningún representante oficial de CCOO en la reciente concentración de protesta y solidaridad con Agustín Ibarrola, fundador y afiliado histórico de Comisiones, agredido una y otra vez con la destrucción de su obra y seriamente amenazado de muerte por el delito de «ser español». Tampoco fue nadie de la ejecutiva de los socialistas vascos, empeñados en huir de cualquier foto conjunta con miembros del PP vasco, aunque bien dispuestos a hacérselas con los nacionalistas o con Madrazo, si es «contra la guerra». Fuera, las cosas tampoco son muy distintas: en las docenas de agresiones contra sedes y políticos del PP, en especial en Cataluña, han participado grupos que en Barcelona encabezaron las recientes agresiones contra Fernando Savater, Gotzone Mora y el colectivo catalán Profesores por la Democracia.

El frente español contra la guerra está cobijando y dando alas a un pacifismo humanitario muy peculiar, capaz de albergar a Batasuna pero no a sus víctimas, intolerante con el gobierno de Aznar pero transigente con las agresiones contra personas sometidas desde hace años a una guerra doméstica unilateral, cruel e implacable. Tenemos que preguntarnos qué está pasando para que tantos líderes oficiales de la izquierda política y sindical se acerquen a quienes acusan a Blair y Aznar de una voluntad criminal que no reprochan a ETA ni a Sadam Hussein, olvidando a los miles de ciudadanos privados de libertad en su propia casa por algunos de estos antibelicistas ocasionales.

La opinión antibelicista denuncia la guerra de Irak como un conflicto cuyas verdaderas causas -controlar el petróleo, derrocar a Sadam- pretendería encubrir cierta retórica mendaz que justifica la agresión como una ayuda a la población iraquí masacrada por un régimen sanguinario. Sin duda es una denuncia plausible para los millones de personas que van a las grandes movilizaciones contra la guerra, pero para evitar que el «no a la guerra de Irak» se convierta en otra cosa muy distinta conviene recordar que algunos también utilizan aquel lamentable conflicto para encubrir tragedias muy próximas. Hay gente para quien la importancia de una violación de los derechos humanos es directamente proporcional a la distancia geográfica y cultural, de modo que rehuyen las violaciones cercanas mientras ponen el grito en el cielo por las más remotas. Hay quien corre a la foto en la manifestación contra la guerra pero siempre llega tarde, si llega, a la manifestación contra el terrorismo doméstico.

Se puede alegar que no hay comparación entre llevar escolta o sufrir amenazas terroristas y padecer un bombardeo. Es verdad, pero no porque lo primero sea menos grave que lo segundo, sino porque el apoyo a un vecino amenazado es sin duda mucho más influyente y comprometido, sobre todo si el verdugo es peligroso y vive en el portal de al lado. Ciertamente, no hay ninguna razón para no manifestarse en solidaridad con los amenazados en el País Vasco y manifestarse también contra los bombardeos de Irak, pero nadie negará que media una pequeña diferencia: en lo primero no hay mucho riesgo, pero enfrentarse a ETA implica un peligro cierto y directo. Esto explica ciertas ausencias muy prudentes y ciertas concurrencias tumultuosas, pero resulta inaceptable que una parte de la izquierda quiera creer que ambas opciones no sólo no son complementarias, o paralelas o adicionales, sino en realidad excluyentes, como si manifestarse contra la guerra conllevara dejar de hacerlo, por ejemplo, contra el terrorismo y sus aliados, o motejar de terroristas … precisamente a las víctimas.
Es obvio que esta especie de antibelicismo ocasional sólo adopta aquellos compromisos morales que considera útiles para ganar votos o erosionar a los rivales. Por eso reserva su solicitud para aquellas víctimas que puede arrojar contra el rival a batir. Una actitud que invierte a la perfección la máxima kantiana: utiliza al otro siempre como un medio que te permita conseguir otro fin menos confesable.

De manera que el debate sobre la guerra parece embarrancado en dos obviedades: una, que el ataque contra Irak no persigue exclusivamente intereses humanitarios y altruistas; otra, que muchos «no a la guerra» tampoco tienen ningún fin ético y sólo persigue criminalizar a ciertos gobiernos democráticos. Parece que la única forma de justificar políticamente esta guerra sería demostrar, de modo razonable (sin referencia a secretos que no pueden desvelarse y cosas así), que soportar un régimen como el de Sadam es peor y más peligroso que suprimirlo por la fuerza. Como no se han aportado pruebas decisivas en este sentido, los gobiernos involucrados no han convencido a la opinión pública de que el ataque era inevitable y justificado. Pero si el único argumento para oponerse al derrocamiento del régimen iraquí es que ello beneficia a Bush, Blair y Aznar, entonces no se trata de pacifismo ni de ética, sino del ventajismo amoral de quien sólo aspira a hundir a sus rivales. Mucha retórica falsamente moralizante de estos días se parece demasiado a la que se ha opuesto y sigue oponiéndose a luchar contra el terrorismo porque eso puede favorecer al PP; por eso es natural que sea Llamazares, mudo muy aprovechado en la guerra nacionalista vasca, quien lleve la voz cantante del orfeón antibelicista. El pacifismo genuino debería huir de semejantes cantos de sirena. De lo contrario habrá que concluir que, aunque no hayan sabido explicarse ni convencer, algunos gobiernos cuestionados tenían más razón de lo que parece.

Dejemos otras reflexiones para otro día. Entre tanto, los estudiantes de mi campus, grandes ausentes en tantas luchas por la libertad y contra el salvajismo etarra, han organizado un ruidoso macroconcierto para decir, claro, que «no a la guerra imperialista». Total, es inofensivo, divertido y sin otro riesgo que el del exceso etílico.

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