Irak y el último bienio de Bush

Por Mateo Madridejos, periodista y escritor (EL PERIÓDICO, 05/01/07):

Tras recibir los informes del nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, que estuvo en Irak para parlamentar con los líderes iraquís y los jefes militares, el presidente George Bush pasó las vacaciones navideñas tratando de establecer nuevos planes para el despliegue de más tropas, pero agobiado tanto por el recuerdo de Vietnam y su irrefrenable e inútil escalada como por el pesimismo que parece haberse adue-
ñado de los ambientes políticos de Washington. La ejecución de Sadam Husein no cambia las incógnitas de la enrevesada ecuación iraquí, aunque agrava los riesgos de guerra civil generalizada y partición inevitable del país.
No hay solución milagrosa, como apuntó James Baker en su reciente informe, ni salida que esté a la vista. Pero “¿cómo terminar con la guerra mediante una escalada?”, se pregunta un analista sarcástico. Ni la retirada abrupta, por ahora impensable, ni la presencia permanente de las tropas garantizarán la paz y la seguridad. Ninguno de los candidatos posibles de ambos partidos para las elecciones presidenciales del 2008 se atreve a plantear un repliegue definitivo, en la sospecha de que el vacío provocaría un caos mayor. La prédica de Bush, según la cual la democracia puede florecer por las bombas, cuenta aún en Washington con adeptos innumerables
Los vaticinios más repetidos auguran que el fracaso de la ocupación de Irak seguirá generando consecuencias desastrosas y se convertirá en el problema más peliagudo que EEUU y su aliado Israel deberán abordar inexorablemente en los pró-
ximos años. También es muy probable, a juzgar por lo que ocurre en Irán, Líbano y Palestina, que el radicalismo islámico prosiga su fuga hacia delante, gane adeptos y experimente un nuevo impulso en medio de una tremenda pugna petrolera, terminando con lo poco que permanece del inestable orden instaurado después de la segunda guerra mundial y el nacimiento del Estado hebreo en 1948.
Según las reflexiones que dominan en el Pentágono, la quimera tecnológica de Ronald Rumsfeld, que preconizó la sustitución progresiva de los soldados por las máquinas, pasó a la historia, víctima del desastre iraquí. Los militares y los civiles coinciden en la conveniencia de aumentar las tropas de tierra a escala planetaria, “una absoluta necesidad para la clase de batallas que EEUU deberá probablemente librar en los próximos decenios”, según la mesurada opinión de The New York Times, rotativo poco inclinado a las hipérboles militaristas. El fantasma aislacionista está acallado por las exigencias de la lucha contra el terrorismo globalizado.

LA DISCUSIÓN afecta al modelo militar, relacionado con la falta de soldados voluntarios y la controvertida recluta de extranjeros, especialmente suramericanos fascinados por el señuelo de la nacionalidad estadounidense al expirar el contrato. La reorganización afecta tanto a las grandes bases, sustituidas por otras más pequeñas y con mejor ubicación estratégica, como a las unidades clásicas, reemplazadas por otras más flexibles y mejor adaptadas para las intervenciones rápidas en ese gran espacio de crisis que se extiende desde Afganistán hasta el cuerno de África. Más de 70.000 militares y sus familias están regresando a casa procedentes de Corea del Sur y Alemania.
Los neoconservadores de la democracia con botas están en declive, después de haber precipitado el desastre, pero los realistas como los exsecretarios de Estado Baker y Kissinger, que juzgan imposible la victoria militar, no acaban de imponer sus puntos de vista, generalmente indiferentes ante el carácter de los regímenes o el retraso del mundo árabe-musulmán a pesar de la lluvia de petrodólares. La indeseable conjunción de tiranía política y atraso económico ha contribuido más que las fantasías de los predicadores de mezquita a abonar el terreno en que florece el islamismo más radical y crecen los terroristas suicidas.
Se trata, desde luego, de un terreno sumamente resbaladizo en el que fracasaron tanto el marxismo como el liberalismo, pero que no debería conducirnos a una condena inapelable o desesperada. Numerosos estrategas norteamericanos, muchos de ellos siguiendo a Bernard Lewis, siguen deslumbrados por la utopía laica y modernizadora del turco Mustafá Kemal, pero no saben muy bien cómo trasladarla al mundo árabe. De Kabul a Beirut, la verdad es que nadie osa levantar la bandera reformista en un espacio devastado en el que resuenan sin límites los dictados terribles pero extrañamente balsámicos de la guerra santa.

LA LECCIÓN que ofrece el cataclismo de Irak y sus 3.000 muertos norteamericanos no será fácil de integrar en nuevos planes para toda la región. Los más perspicaces denunciadores de la sangría inútil preconizan, en la línea del informe de Baker-Hamilton, un análisis cuidadoso de los imperativos geoestratégicos de la superpotencia única. “Bush debe comprender que ahora tiene que elegir entre Irak y su más amplio proyecto sobre el Oriente Próximo”, escribe el prestigioso Fareed Zakaria en Newsweek.
Los cambios diplomáticos radicales no son para mañana. Bush y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, consideran que los tratos con Siria e Irán entrañan “un precio muy elevado”, pero tampoco ofrecen una alternativa coherente para presionar sobre Israel en favor de la paz (tema tabú) o los regímenes árabes en pro de la reforma (campo inexplorado). El abrumador estancamiento supera las perspectivas políticas e intelectuales de un presidente en su último y conflictivo bienio.