¿Irán desatado o Irán constructivo?

Hace 35 años, unos estudiantes iraníes irrumpieron en la embajada de Estados Unidos en Teherán mientras gritaban: “Muerte a América”. El recinto diplomático continúa aún en pie, pero ahora es un centro de entrenamiento de la Guardia Revolucionaria. Junto a los monumentos al ayatolá Jomeini y los mártires de la revolución se encuentra el llamado museo del nido de espías. Una de las joyas de la exposición es la habitación de cristal, una sala en la que solían encerrarse los diplomáticos estadounidenses cuando querían mantener conversaciones ultrasecretas. Es una jaula hecha de plexiglás, colgada del techo, con muros, suelo y techo transparentes, que impiden colocar micrófonos ocultos. Las grandes potencias esperan que, con el acuerdo firmado ayer, el programa nuclear iraní sea igual de transparente y se mantenga contenido.

Irán desatado o Irán constructivoAunque confiamos en que el acuerdo evite tanto una proliferación nuclear incontrolada como un bombardeo por parte de Washington o Tel Aviv, los países que rodean a Irán están en llamas: Libia, Siria, Yemen. ¿Cómo va a aliviar el pacto nuclear esa inestabilidad?

El mayor terror es un Teherán desatado, una situación en la que no haya ninguna restricción, de tal manera que el Líder Supremo y la Guardia Revolucionaria, envalentonados, puedan causar el caos en la región con total impunidad. La duda es si la UE y Estados Unidos, después de haber logrado este histórico acuerdo y mediante el diálogo, podrán sujetar las políticas regionales de Irán mejor de lo que han podido hasta ahora mediante la contención. ¿O incluso es posible que Irán acabe ejerciendo un papel constructivo?

Es una incógnita. Quienes visitan Teherán se sienten siempre asombrados por la complejidad de la política y la sociedad del país. La paradoja de la revolución religiosa es que ha creado la sociedad más laica de la zona. La nueva generación es laica, pragmática y más abierta a Occidente. Más del 70% de la población iraní ni siquiera había nacido cuando se produjo la revolución. Sin embargo, dentro de la región, Irán encabeza un violento conflicto sectario, y sus líderes gozan del margen que les ha dado la caída de Sadam Husein y los talibanes, además de los errores occidentales.

La invasión estadounidense de Irak desencadenó una serie de acontecimientos que están disolviendo el orden creado en Oriente Próximo tras la I Guerra Mundial y que Estados Unidos había garantizado en la era poscolonial. Para entender el declive del poder norteamericano en la región hay que ir a Teherán. Hoy se oyen pocos gritos de “muerte a América” y, cuando se oyen, suenan más como un eco nostálgico que como un eslogan sobre el futuro de Irán. Cuando hablé con dirigentes iraníes el año pasado me llamó la atención la firme unanimidad sobre la idea de que la hegemonía norteamericana en Oriente Próximo y en los asuntos mundiales está dejando paso a un orden multipolar. Para Irán, hoy, el Gran Satán ya no es Estados Unidos, sino Arabia Saudí. Los iraníes se quejan de que los saudíes aumentan su producción de petróleo y así bajan los precios; les preocupa el refuerzo de la cooperación militar en el Consejo de Cooperación del Golfo con la mira puesta en su país, y también que Arabia Saudí dispute el poder a Irán en Irak, Pakistán, Afganistán, Líbano y Siria, así como que esté construyendo infraestructuras dentro de la República Islámica.

En Riad veo que la desconfianza iraní hacia los saudíes es recíproca, con una letanía de quejas sobre el activismo iraní en Irak, Siria, Yemen, Líbano y Baréin. Esta lucha geopolítica muestra hasta qué punto la dinámica de la región tiene sus raíces allí mismo. Estados Unidos ha dejado de ser el principal determinante del orden para convertirse en un recurso que tanto Irán como Arabia pueden utilizar en su batalla bilateral.

¿Qué papel pueden tener entonces Estados Unidos y la UE en el nuevo Oriente Próximo? En el caso de Estados Unidos, con el reto de conseguir que el Congreso apruebe el acuerdo, Obama tendrá que dar enormes garantías a Riad y Tel Aviv de que no van a quedar olvidados tras su nueva relación con Teherán y su giro asiático. EE UU podrá seguir coordinando con Teherán sus ataques contra el Estado Islámico (EI), pero se cuidará de dar una imagen de excesiva proximidad con el ayatolá.

Pero Europa —que se juega incluso más que Estados Unidos— tiene menos límites para tender la mano a las distintas partes. Como afirma mi colega Ellie Geranmayeh en su ensayo Engaging with Iran: A European Agenda, tenemos una oportunidad única para construir una estrategia regional sobre la base del acuerdo nuclear con Irán.

La alta representante de la UE, Federica Mogherini, tiene la posibilidad de aprovechar las negociaciones nucleares para abrir rápidamente una embajada de la Unión en Teherán y estudiar en qué medida unos vínculos económicos y un acuerdo sobre energía podrían facilitar la distensión de las relaciones bilaterales. Sobre todo, debe investigar si es posible reconvertir el grupo E3 más uno —Francia, Alemania, Reino Unido y la UE— para que pase del formato nuclear a una campaña en favor de la paz en la región. Gran Bretaña y Francia están en buena posición para dialogar con los países del Golfo, mientras que Berlín y Mogherini podrían aprovechar una relación más fácil con Teherán.

Lo prioritario —con el tiempo— debería ser intentar encontrar formas de reducir las tensiones entre Irán y Arabia Saudí. Para ello quizá haya que crear bases para la mutua confianza a propósito de Yemen, coordinar la campaña contra el EI en Irak y Siria y debatir otros asuntos delicados como el papel de Hezbolá e incluso las relaciones con Israel.

Está claro que lo que se puede conseguir a corto plazo es limitado. Teherán y Riad están disfrutando su situación actual y ambos piensan que las recompensas pueden más que los riesgos. Sin embargo, el hecho de que se haya logrado firmar el pacto nuclear demuestra la fuerza de la paciencia estratégica. Lo difícil, ahora, será mostrar ese mismo grado de creatividad diplomática en la búsqueda de paz para la región. Europa y Estados Unidos —y también las potencias regionales, atrapadas en un enfrentamiento del que nadie puede salir vencedor— deben aspirar a contener el conflicto antes de que toda la región se vea arrastrada a una guerra que dure 30 años.

Mark Leonard es cofundador y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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