Irán, ¿diplomacia o guerra?

La reciente publicación de un informe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) reaviva el debate sobre cómo evitar que Irán cuente con armas nucleares. Según el informe, ese país ha desarrollado la tecnología y enriquecido uranio para contar con ellas; ha fortalecido las instalaciones, y tiene los misiles adecuados. Las opciones que se discuten son un ataque sobre esas instalaciones, imponer un duro régimen de sanciones y bloqueo, o integrar a Irán en un diálogo y negociación.

En Israel, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y el ministro de Defensa, Ehud Barak, presionan a favor de un ataque preventivo. Paralelamente, diversas voces en Estados Unidos apoyan una acción militar por razones variadas, desde los que temen una dominación regional iraní hasta los que señalan que después de Irán, Arabia Saudí, Turquía y Egipto se sumarían al club nuclear. Inclusive se aboga por atacar Irán para evitar una guerra nuclear entre este país e Israel. Ante estas alarmas, el exdiplomático Richard Dalton, del instituto Chatham House, en Londres, considera que “no hay un peligro inminente que justifique una autodefensa anticipatoria”. Asimismo, Hillary Mann Leverett y Flynt Leverett, exmiembros del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, consideran que la capacidad para fabricar armas nucleares no es lo mismo que tenerlas.

Israel está utilizando la amenaza de un ataque iraní con el fin de que Estados Unidos, Europa, y especialmente Rusia y China, además de los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, incrementen la presión diplomática y las sanciones sobre Irán para que cancele el programa nuclear. “Presiones y disuasión son las reglas del juego en este momento, pero un ataque no puede ser totalmente descartado”, explica Yossi Alpher, exmiembro del servicio de inteligencia israelí, “pero el Gobierno prefiere que sea Estados Unidos quien realice un ataque”.

Pese a la estrecha relación entre Estados Unidos e Israel, el Gobierno de Netanyahu podría lanzar un ataque sin consultar con Washington. Esto sucedió cuando Israel destruyó las centrales nucleares de Osirak (Irak) en 1981 y de Deir e-Zour, en Siria, en 2004. Durante una reciente visita a Israel, el secretario de Defensa estadounidense, Leon Panetta, el cual se opone públicamente a una acción militar contra Irán, no obtuvo ninguna certeza de que no habría un ataque preventivo.

La influencia de Washington, muy disminuida en Oriente Próximo, está afectada por la pésima relación entre el presidente Barack Obama y el primer ministro Netanyahu. El presidente está totalmente aislado en la cuestión israelí-palestina. La derecha considera que su política es antisionista, mientras el centro y la izquierda creen que ha traicionado a los palestinos y perdido la oportunidad de alcanzar un acuerdo sobre dos Estados. En este contexto, Netanyahu confía en poner a Obama contra las cuerdas, obligándolo a realizar un ataque preventivo que, en caso contrario, lo haría Israel.

El peligro iraní es una cuestión que Netanyahu tiene como prioridad desde hace años. De paso, al agitarlo, el Gobierno israelí retrasa los recortes en el presupuesto de defensa. Las manifestaciones de los indignados israelíes de los últimos meses, además de las encuestas, indican que una gran parte de la población está a favor de reducir el presupuesto de seguridad (más las partidas destinadas a los colonos que ocupan tierras palestinas y a las escuelas religiosas ortodoxas) y reorientarlas a educación, salud y vivienda.

Sectores militares y de inteligencia, y analistas políticos israelíes, consideran que un ataque solo retrasaría el programa nuclear y tendría graves consecuencias: ataques terroristas, acciones militares iraníes en el estrecho de Ormuz y el golfo Pérsico, y mayor aislamiento en la región en un momento de importantes cambios políticos en varios países árabes. Meir Dagan, exdirector del Mossad, cree que es “estúpido” ir a la guerra contra Irán cuando se pueden usar otros métodos de boicot y acciones encubiertas, desde la guerra cibernética hasta la eliminación de científicos, que retrasan el programa. También los actuales jefes de las fuerzas de defensa e inteligencia israelí se oponen a un ataque.

Desde que Barack Obama llegó al poder hubo tensiones entre su posición a favor de combinar diálogo, estímulos y sanciones contra Irán, y los que consideran que la única política es imponer duras sanciones y un eventual uso de la fuerza. A medida que Obama perdió posiciones en el Congreso y dentro de su propia Administración, su política se ha modificado desde aceptar el programa nuclear civil iraní hasta presionar al Gobierno de Mahmud Ahmadineyad para que lo cancele casi totalmente.

En el Gobierno de Estados Unidos temen que un ataque israelí ponga en peligro sus tropas en la zona del golfo Pérsico e Irak. Precisamente cuando se están retirando las tropas de Irak y Afganistán, no resulta conveniente lanzar una operación militar de consecuencias imprevisibles. Por otra parte, imponer un bloqueo a las exportaciones de petróleo (2,4 millones de barriles diarios) llevaría a un aumento de los precios del crudo en tiempos de crisis económica. En realidad, para Washington sería conveniente pactar con Irán problemas como los refugiados afganos, el narcotráfico y estabilizar Irak.

Teóricamente, la retirada de Estados Unidos de Irak en 2014 permitiría a Irán aumentar su influencia regional. Arabia Saudí, Kuwait y los Emiratos Árabes prefieren un ataque que la limite. Pero Washington busca apoyar militarmente a aliados como Catar y Kuwait y fortalecer así la relación de seguridad con ellos. Sin embargo, las perspectivas de mayor influencia regional iraní no son buenas. Las revueltas en el mundo árabe van en dirección contraria al modelo teocrático del chiísmo de Teherán. La alianza de Ahmadineyad con el Gobierno sirio, y la represión sobre la disidencia, ha aumentado su desprestigio.

Para el nacionalismo iraní, Estados Unidos es el heredero del colonialismo británico que ha tratado de subyugar al país y controlar sus recursos petrolíferos. Desde la conspiración de la CIA en 1953, el apoyo a la dictadura secular del sah Mohammed Reza Pahlevi, hasta el enfrentamiento a la revolución islámica desde 1979. Los iraníes se consideran una potencia regional con una rica historia y valiosas cultura y religión que debe ser respetada. La energía nuclear civil es una opción de crecimiento legítima de acuerdo con el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP).

Cuanto más presión se ejerce sobre Irán para que no cuente con armas nucleares, más convencido está el Gobierno de que las necesita. La lección que Teherán extrajo de la invasión de Irak en 2003 es que si Sadam Husein hubiese tenido armas nucleares nunca le hubiesen atacado. El nacionalismo populista autoritario no va a ceder ante Washington y Europa. La resistencia a las amenazas le sirve de legitimación.

La política de sanciones y de un eventual bloqueo no funciona en un mundo multipolar donde China, Rusia e India continúan comerciando. Un ataque militar solo retrasaría el programa a la vez que acelerará el aislamiento y desprestigio de Estados Unidos, Israel y Europa en una región en cambio. El investigador iraní-estadounidense Trita Parsi considera que la falta de vínculos entre Estados Unidos e Irán es muy peligrosa. Los dos Gobiernos temen comunicarse para no ser vistos como débiles. De este modo, “la opción es entre sanciones y guerra, y no entre confrontación y diplomacia”.

Una opción diferente es contar con interlocutores como Turquía y Brasil, con buenos vínculos con Irán y que ya alcanzaron un acuerdo con Ahmadineyad en 2010 basado en la continuación del programa nuclear civil verificado internacionalmente, produciendo una cantidad limitada de uranio enriquecido en un tercer país, y sin producir armas nucleares. Un acuerdo de este tipo se puede alcanzar si la comunidad internacional entabla un diálogo que reconozca la legitimidad de Irán y su papel regional, pese a las discrepancias con su régimen político.

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Resource Centre (NOREF), en Oslo.

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