Irán nuclear

Xavier Bru de Sala (LA VANGUARDIA, 21/01/06):

Para los partidarios del predominio amable de Occidente en el planeta, las noticias de Irán no son nada buenas. Con la reanudación del programa nuclear, el régimen de los ayatolás se convierte en el próximo gran foco de tensión. Alguna decisión habrá que tomar ante el desafío en toda regla que suponen tanto las bravatas de su presidente como la realidad de los hechos. Desde una perspectiva europea, basada en la diplomacia pero con la amenaza de Estados Unidos como poderoso argumento, el fracaso es mayúsculo. El diálogo y la negociación no han conseguido sus fines, que son la moderación del régimen fundamentalista y la renuncia fabricar armas atómicas. También ha fracasado Estados Unidos, o tal vez deba decirse que Europa ha fracasado, en primer lugar por no tener con que efectuar amenazas creíbles y convincentes, en segundo porque la amenaza de Estados Unidos ha dejado de ser creíble para Irán… o bien lo es tanto, y tan inminente, que ya no importa lo que hagan. Ya han destacado algunos de los mejores analistas de la escena internacional que la lectura de la invasión de Iraq por parte de los iraníes es tan diáfana y fatalista que puede resumirse con una metáfora sobre el recluta ante el sargento. “Si el sargento te quiere empurar, y encima expoliar, lo hará de todos modos, te pongas como te pongas, lleves o no lleves armas prohibidas. Ya ves lo que le ha pasado al de al lado, que además había sido amigo del sargento y no tenía tales armas. Por lo tanto, aprovecha, mientras Iraq sigue resistiéndose y tiene ocupado al sargento, para hacerte con el arma que le va a disuadir de atacarte a ti”. Ante esta impecable cadena de razonamiento, de consecuencias perversas pero impecable, ya no cabe lamentarse y dar vuelta atrás con pensamientos del tipo: “Si Bush no se hubiera empeñado de modo tan temerario en invadir Iraq, Irán andaría con mucho más cuidado, el petróleo sería más barato, habría menos caldo de cultivo para el terrorismo, etcétera, incluyendo que la población iraquí, incluso otorgando mejores perspectivas de futuro, no estaría en el presente peor de lo que está”. Siendo probablemente cierto, más lo es que las manecillas del reloj corren en una sola dirección. Estamos ante otra importante toma de decisiones en la escena internacional, ante lo cual es imprescindible que cuantos más ciudadanos mejor tengan una opinión formada y, en consecuencia, una posición. ¿Qué hacer si, después de una escalada de la tensión, en la ONU y fuera de ella, después de todas las presiones y amenazas imaginables, Irán sigue sin torcer el brazo? En primer lugar, no apartar la mirada de este escenario, porque es peor para nuestros fines e intereses prever otro. La posibilidad de otra invasión norteamericana es tan remota que podemos descartarla, como mínimo por tres razones: no hay dólares para pagarla, tendríamos graves problemas de abastecimiento petrolífero, y las tropas de ocupación sufrirían mucho más que en Iraq, tanto por el factor orográfico como por la homogeneidad de la población iraní, como porque han tenido tiempo de prepararse. Quedan entonces dos posibilidades: o bien optar por un raid aéreo, o incluso con apoyo de fuerzas terrestres, tal vez de varios de días de duración, que destruya tantas instalaciones concomitantes como sea posible y retrase así el programa cuantos años mejor; o bien limitarse al teatro, sabiendo de antemano que hoy por hoy y con la creciente demanda energética, el mundo no puede prescindir del petróleo iraní. Después de sopesar ambas – con la información al alcance, que no es toda- y también desde un punto de vista ético, no me veo predispuesto a protestar, como en Iraq, si Estados Unidos, Israel o ambos llevan adelante la primera opción. Aunque sea sin el concurso de la ONU. Incluso prefiero esta opción a la de no realizar ninguna acción de fuerza. Todavía no se ha comunicado con suficiente claridad la eficacia de una respuesta de este tipo. Hay que contar con que Irán se siente amenazado y se habrá preparado para minimizar los daños, por lo que puede presumirse, con algún margen de error, que si tales acciones no se realizan, y pronto, será porque no se confía en ellas para frenar el programa nuclear iraní. En tal caso, y descartadas por inviables la invasión y el derrocamiento del régimen fundamentalista, habrá que conformarse en breve con el ingreso de Irán en el club de los países con armamento atómico. ¿Cómo cambiaría entonces el panorama? Desde luego, a peor, pero tampoco tendría porque resultar catastrófico. Los ayatolás tendrían seguro de vida, poder para muchos años, además de patente de corso para difundir doctrinas, preparar y realizar ataques, bajo cuerda o sin máscara, etcétera, pero sólo hasta cierto punto. Habrá muchos más misiles apuntándoles, por lo que si se les ocurriera utilizar el arma nuclear, el país quedaría destruido. El argumento de la disuasión se reforzaría. Irán sólo será una potencia si acierta a desarrollarse como civilización.