Irán, tres décadas después

Mi fascinación por Irán —no encuentro un término más adecuado para definir una ya larga relación con este gran país y su rica y milenaria cultura— se remonta a la lectura de El islam iraní de Henry Corbin y al subsiguiente descubrimiento de poetas y místicos de belleza y hondura comparables a las de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Era a fines de los setenta del pasado siglo y la revuelta popular contra el Sha Reza Pahleví se extendía con fuerza imparable tanto en el campo de la oposición laica —partido comunista Tudeh, Movimiento de Liberación de Irán de Mehdi Bazargán, Frente Nacional Mosadeghista de Alí Ardarán—, como en el de los clérigos encabezados por el ayatolá Jomeini desde su exilio en Neauphle-le-Château.

En una manifestación contra el Sha convocada en París conocí a un estudiante de Tabriz, activista del frente estudiantil revolucionario. A mi pregunta de si era del Tudeh o seguidor de Jomeini, contestó: “Ni lo uno ni lo otro: de Alí Shariati”. Yo ignoraba del todo quien era éste: opositor chií del monarca pomposamente coronado emperador en Persépolis, encarcelado varias veces por sus ideas subversivas, expulsado a Inglaterra, en donde fue asesinado más tarde por la temible SAVAK (los servicios secretos del régimen). La lectura posterior de sus obras traducidas del farsí fue la llave maestra de mis asomadas al laberinto de la compleja realidad histórica y social de Irán.

Shariati analiza e interpreta la tradición contestataria que vertebra la doctrina religiosa chií. Vencidos y humillados por los omeyas de Damasco, los fieles de Alí —yerno del Profeta y primer Imán justo del chiísmo, asesinado en la mezquita de Kufa— y de su hijo Husein —el mártir decapitado en Kerbala por orden del sultán damasceno— elaboraron un cuerpo doctrinal en el que, junto al mesianismo en torno al Imán oculto y a la figura del Mahdi, se preconiza un cuidadoso equilibrio de poderes destinado a prevenir la opresión y los abusos de una autoridad sin cortapisas como la que impusieron las dinastías árabes, turcomanas e incluso persas no obstante la oficialización del chiísmo. Puesto que el dominio y jurisdicción terrenales, aun los que se revisten con el manto de la religión, son por naturaleza arbitrarios, cuanto más obstáculos se interpongan a su dominio, mejor será. Las ideas de Shariati, muy próximas en su versión religiosa a la de los padres de la Constitución norteamericana de 1787, son a la vez las de un profundo conocedor de la doctrina chií y de un intelectual moderno que cita en sus obras a Toynbee, Marcuse, Eric Fromm, Camus o Kafka.

Cuando visité por primera vez, en 1990, la República Islámica de Irán, firmado ya el armisticio que puso fin a la mortífera guerra de agresión de Sadam y fallecido Jomeini, me sorprendió leer en las páginas del muy oficial Keyham International un texto de Alí Shariati en el que se exponía el peligro que supondría la emergencia de un poder clerical que “so pretexto de defender la religión, se arrogue el derecho de impedir toda reflexión o corriente de ideas que no cuente con su aval […] y condene como innovación o herejía lo que es una exigencia de la vida y una ley permanente de la creación”. En tal caso, la autoridad espiritual se tornaría opresiva y dogmática, vuelta hacia el pasado y recelosa del futuro. La supremacía de lo religioso en el campo político era para Shariati una alteración del conjunto doctrinal del chiísmo. Los iraníes a quienes manifesté mi sorpresa ante el de hecho que un retrato tan premonitorio de la realidad que contemplaban pudiera salir a la luz, me dijeron: “Shariati es un mártir y aunque ahora se evite mencionarlo, nadie puede acallar su voz”.

Hace 30 años, mientras centenares de miles de iraníes, pese a una represión tan brutal como a la que asistimos hoy, se lanzaban a la calle para reclamar libertad de pensamiento y de expresión, el retorno triunfal de Jomeini, la caída de la odiada monarquía y la proclamación por referéndum de la República Islámica ahogan muy pronto las aspiraciones democráticas del sector laico y de una buena parte del clero contrario a la injerencia de la religión en el terreno político. Las invectivas de Jomeini contra el Sha en la célebre prédica de 1964, que le forzó a exiliarse primero en Turquía, luego en Irak y finalmente en Francia —”¿Cómo quiere usted modernizar a Irán si aprisiona y mata a los intelectuales? Usted quiere convertir a los iraníes en instrumentos dóciles y pasivos, mientras que la verdadera modernización es formar hombres que tengan el derecho de elegir y criticar”— pierden en seguida su vigencia y pasan a ser letra muerta. Peor aún: se vuelven contra él y su sucesor cual un bumerán, como lo comprobamos al cabo de tres décadas.

El gobierno de Mehdi Bazargán dura tan sólo unos meses. Abolhasán Bani Sáder, elegido en enero 1980 presidente de la República, pero atacado por los sectores más conservadores del jomeinísmo no obstante su estrecha vinculación con el Guía Supremo, será destituído por éste, y se refugiará en Francia un año y medio más tarde. La guerra de agresión de Sadam en septiembre 1980, no provoca la caída del régimen, como suponían sus mentores europeos y norteamericano: suscita, al revés, una reacción patriótica casi unánime. Jomeini responde al desafío iraquí con la política de “guerra hasta el fin”: la liberación de Jerusalén, proclama, pasa por Bagdad.

Entre tanto, el espacio político iraní se reduce. Mientras el moderado Mir Huseín Mosaví—el candidato aperturista en las controvertidas elecciones del pasado junio— asume la dirección del gobierno durante ocho años y hace frente a la difícil situación económica creada por la guerra y a la sangría de centenares de miles de jóvenes, víctimas en gran parte de los gases tóxicos procurados al tirano iraquí por las democracias occidentales, el partido comunista Tudeh, aunque aliado oportunista con el Guía Supremo, y el Movimiento por la Libertad de Ibrahím Yazid son ilegalizados. Únicamente el laico Mehdi Bazargán mantiene un pulso desigual con la máquina del poder jomeinista. Portavoz de su minúsculo y acosado MLI, denuncia incansablemente la deriva dictatorial del régimen y acusa a su líder de prolongar obstinadamente la lucha contra un Sadam ya a la defensiva: “El pueblo ve con sus propios ojos —escribe— el interminable desfile de los restos mortales de los mártires y los hospitales atestados de heridos y moribundos” (Esto último lo pude verificar de visu durante mi estancia en Teherán con el equipo de televisión de Alquibla: la mayoría de los hospitalizados sufrían de los efectos de los gases que el déspota iraquí no vaciló en emplear contra su propio pueblo).

En 1988, el gran ayatolá Husein Ali Montazerí, delfín del Guía Supremo, denuncia la represión sangrienta de los Guardianes de la Revolución y el recurso a la tortura en las cárceles. Su integridad le vale la destitución fulminante por Jomeini y la reclusión domiciliaria en Qom (allí intenté entrevistarle, pero no lo conseguí). El nuevo delfín será Alí Jamenei, de una jerarquía espiritual muy inferior en el corpus doctrinal chií a la de Montazerí: no es marya o fuente de imitación. Al fallecer el guía, el equilibrio entre el sector ultraconservador (Alí Jamenei, sostenido por los Guardianes de la Revolución y las milicias besayís) y el más aperturista y pragmático (Rafsanyaní, Jatimí, Mir Husein Musaví) se mantiene hasta 2005, con la elección de Ahmedineyad.

Lo que hemos visto estas últimas semanas —manifestaciones multitudinarias contra el supuesto fraude electoral, su represión brutal por la policía y las milicias besayís, concierto ensordecedor de cláxones, amenazas de un baño de sangre por Jamenei, gritos de “muerte al dictador””en calles y azoteas, encarcelamiento de docenas de periodistas y políticos (entre ellos Ibrahim Yazdí y familiares de Rafsanyaní), censura informativa, asalto al campus universitario, muerte en directo de la joven Neda— evoca inevitablemente lo acaecido 30 años antes, filmado en los numerosos documentales que visioné para el montaje del Díptico chií de la serie Alquibla.

En corto y por derecho: la juventud urbana —y muy especialmente las mujeres— no soporta ya un sistema anacrónico que manipula de forma sectaria el profundo sentimiento religioso chií. Como tuve ocasión de comprobar en 1990 y cinco años más tarde durante la conmovedora celebración en la Ashura del martirio del Imán Husein, esta vivencia popular de una historia injusta y el anhelo del retorno del Mahdi no obstan para que la frustrada ciudadanía iraní, en virtud de una síntesis como la encarnada por Ali Shariati, sea la más culta y abierta de todo el mundo islámico. Pese a la vigilancia obsesiva de su vestimenta por los besáis, las mujeres y muchachas con quienes conversé en privado o en jardines públicos, me impresionaron por su manejo de idiomas extranjeros y por el nivel de su conocimiento de la literatura y el pensamiento occidentales.

Si el antiamericanismo iraní tiene sólidas razones de existir —golpe de Estado de la CIA contra Mosadegh por el “crimen” de haber nacionalizado el petróleo, apoyo indigno a la agresión de Sadam, política desastrosa de Bush en Irak y su chapucero Eje del Mal, etcétera— la obstinación de Ahmedineyad contra el Gran Satán carece de credibilidad frente al cambio representado por Obama. Por encima de todo, resulta doloroso comprobar que un pueblo tan educado y amable como el de Irán tenga que pasar de un régimen opresivo a otro, como se temía Alí Shariati. Las recientes palabras de Montazerí desde su refugio de Qom —”si el pueblo no puede reivindicar sus derechos legítimos en manifestaciones pacíficas y se le reprime, su creciente frustración podría destruir los fundamentos de cualquier Gobierno, por fuerte que sea”— suenan de nuevo como una advertencia. Para quienes admiramos la cultura iraní la valentía de los hombres y mujeres que osan salir a la calle en nombre de unos valores que enlazan tradición con modernidad nos permite confiar en el logro, más pronto que tarde, de sus aspiraciones. Las dictaduras, ya sean religiosas, ideológicas o militares, como lo es a marchas forzadas la del Irán de Ahmedineyad, no son eternas.

Juan Goytisolo, escritor.