Iraq, la economía y los militares

Por Juan Velarde Fuertes, economista (ABC, 23/03/03):

Desde el marco de la economía también se debe opinar sobre el conflicto del Iraq, porque afecta a cuestiones esenciales para nuestro futuro. En primer lugar afecta al equilibrio Mediterráneo. Iraq pertenece a la civilización de ese mar desde el neolítico, con Ur, Nínive y Babilonia. ¡Qué no ocurrirá en plena etapa de la globalización! Esto se amplía con las tensiones que pueden surgir en el mundo islámico, desde Marruecos al sur de Filipinas, derivadas de reacciones fundamentalistas de variado tipo, que surgen como un pulsar continuo de esa civilización. Recuérdese lo que escribió Ibn Jaldún, como nos recordó en un estupendo estudio Fabián Estapé.

Por eso, el que Sadam Husein permanezca en el poder crea una perturbación a cortísimo plazo, que no sólo afecta a la seguridad de Ceuta y Melilla y las comunicaciones con Canarias, sino a nuestros suministros de gas. Recuérdese que cuando se decidió aceptar el parón nuclear -o sea, frenar la generación de energía propia, por cierto-, se optó por la derivada de la importación de gas natural, que en su base esencial procede de fuentes situadas en países islámicos. Debe añadirse que el desarrollo del Levante -Cataluña, Valencia y Murcia- y de la Andalucía subpenibética ha pasado a ser muy vivo, enlazado con el tráfico por el Mediterráneo, que como indicó Prodi, une a la Unión Europea con la cada vez más próspera Asia costera del Pacífico, con la Unión India, cuyo desarrollo industrial crecía, en el mes de enero, a la tasa anual altísima del 6´4%, y su PIB en el tercer trimestre de 2002 progresaba a la tasa anual del 5´8%, con los países petrolíferos sucesores de la Unión Soviética, y por supuesto, con los hidrocarburos del Oriente Medio. Es lo que se encuentra detrás de ese auge de los puertos de Algeciras, Barcelona y Valencia, convertidos en el primero, segundo y tercero de todo este mar, incluidos Marsella y Génova. Este riesgo de corte parcial de este tráfico generado por Sadam Husein y sus potenciales aliados, amplía sus consecuencias si se piensa en el turismo que huye de zonas de conflicto.

Además, el desarrollado mundo occidental necesita de un mercado petrolífero tranquilo. La disparatada política de Chávez en Venezuela y la peligrosísima actitud de Sadam Husein, lo crispan de modo tan considerable que en él lo habitual ha pasado a ser la gran volatibilidad. Por lo que se refiere a Iraq, se comprende, porque el régimen actual preparó armas de destrucción masiva, incluso después de su derrota tras la invasión de Kuwait. No es posible dudarlo si uno lee los informes de Hans Blix al frente de la Comisión de las Naciones Unidas. Efectivamente, existen declaraciones iraquíes de destrucción, pero el problema es el control de su desaparición. Basta leer el largo y documentado artículo del catedrático de Física Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid, Guillermo Velarde, titulado «El Islam y la bomba atómica», que apareció en «Revista de Aeronáutica y Astronáutica», junio de 2002, para incluso contemplar un mapa con «los ocho centros nucleares más importantes de los 24 construidos para el desarrollo y fabricación de bombas atómicas en Iraq».

El conflicto de Palestina prueba que no se puede descontar que exista para el envío de alguna bomba de uranio -no de plutonio-, como vector suicida, un individuo que la transporte. Dígase lo mismo sobre el envío de proyectiles con enfermedades infecciosas. Los inspectores de las Naciones Unidas sospechan que los iraquíes tienen reservas del bacilo del carbunco y otros «medios de cultivos bacterianos» no declarados. ¿Se ha pensado lo que supondría para nuestra población infantil la llegada de una sola de estas armas biológicas? Si la infección fuese de viruela, la mortandad de nuestros niños y jóvenes superaría todo lo imaginable, porque ahora ni tienen anticuerpos ni posibilidad de vacunarse. También tendría consecuencias muy perturbadoras el empleo de productos químicos letales, que Sadam Husein ensayó de modo escalofriante sobre la población kurda. La única tranquilidad, pues, para la región mediterránea, en la que nos encontramos, radica en la eliminación de la política iraquí junto con la pandilla que le rodea.Por supuesto que esto exige una reordenación del Oriente Medio, que se inició con la destrucción del Imperio otomano en la I Guerra Mundial y el auge, gracias a Lawrence, de la «Nación árabe», pero que no se ha culminado. Desde entonces la situación es muy delicada. Recuérdese que en 1941 los iraquíes, encabezados por Rachid Alí -¿dónde están hoy sus partidarios?- tuvieron que ser invadidos por los ingleses, porque se habían aliado con la Alemania de Hitler. Esta reorganización también exige el proporcionar fronteras seguras para Israel.
Esta compleja, y para nosotros peligrosísima situación, ha originado una reacción de cierto volumen contra la eventualidad de una intervención militar norteamericana y de sus aliados. En vanguardia se han alineado los llamados intelectuales. El «partido intelectual» de algún modo heredero del papel que tuvieron los ilustrados del siglo XVIII, ha intentado actuar en distintos países. A veces lo ha logrado. Recordemos el «yo acuso» de Zola y el asunto Dreyfus o, en España, el asunto Ferrer y el lema, derivado, del «¡Maura, no!» En estos momentos, en que se ha lanzado este grupo, de manera tan indocumentada como pintoresca a abanderar el lema del «no a la guerra», convendría que antes leyese tres ensayos magníficos.

Uno es de Ortega y Gasset. Se titula «En cuanto al pacifismo», y está incluido en «La rebelión de las masas». Dice este grandísimo intelectual: «Desde hace muchos años me ocupé en hacer notar la frivolidad y la irresponsabilidad frecuentes en el intelectual europeo». Pone el ejemplo de Einstein y sus incursiones sobre cuestiones españolas: «El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya a la deriva falto de pouvoir spirituel».

El siguiente tantarantán lo propinó a este grupo el gran economista español Manuel de Torres, sin el que no se explican ni el Plan de Estabilización ni el inicio de la apertura a Europa. En su artículo «Misión intelectual del economista», publicado en «Anales de Economía», septiembre 1956, escribe: «El más grave daño que el grupo intelectual ha hecho al país ha consistido en que, al pervertir y degenerar la función política del científico, lo ha desprestigiado hasta el punto de que el auténtico hombre de ciencia ha reaccionado encerrándose en la torre de marfil de su actividad científica… Su consecuencia ha sido que el grupo intelectual ha constituido un elemento desequilibrador y desestabilizador, es decir, explosivo, en la sociedad española».

La tercera reacción ha sido la de Gustavo Bueno, en el artículo Los intelectuales y el no a la guerra, que publicó en el nº 12 de la revista digital «El Catoblepas». El profesor Bueno, de modo implacable, analiza, desde «los argumentos que el materialismo histórico ofrece frente al idealismo histórico», el «Manifiesto de la Alianza de Intelectuales Antiimperialistas». Plantea: «¿Quién de los firmantes podría ofrecernos una mínima teoría sobre la razón, sobre los intelectuales, sobre el pensamiento o sobre la cultura?» Es preciso recordar esto en estos momentos.

Mi maestro Manuel de Torres, en una célebre polémica nos animó a los economistas sus discípulos a intervenir, con estas palabras, al vernos vacilar porque no parecía muy cómodo decir lo que pensábamos: «Quizá ello implique arrojar la piedra al lago; pero el lago es una charca y hay motivos muy sobrados para lapidarla».

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