Ironía y tragedia del 15-M

En las sociedades modernas, la atención a la historia es constante porque en ella depositamos la esperanza del progreso racional hacia lo mejor; de ahí que todo sea analizado en términos «históricos» y relacionado de manera obsesiva con acontecimientos previos. La movilización colectiva del 15-M, que arranca con una acampada en la madrileña Puerta del Sol y se extiende a distintas ciudades españolas conforme al modelo del asambleísmo revolucionario, no podía ser una excepción: estos días se suceden las conmemoraciones, los análisis, las nostalgias. A ese fervor de efeméride contribuye poderosamente el hecho de que aquellos sucesos tuvieran tanta importancia en las vidas de sus protagonistas, que se veían a sí mismos –con la ayuda inestimable de televisiones y periódicos– como agentes del cambio histórico, perfectos antónimos de aquel Fabrizio del Dongo que paseaba por la batalla de Waterloo sin apenas saber dónde estaba.

Ironía y tragedia del 15-MRamón González Férriz ha confesado que no supo interpretar bien el 15-M en el momento de su aparición, porque minusvaloró el peso de las razones que animaba su demanda espontánea de cambio. Seguramente a mí me pasó algo parecido: consultado lo que escribí en la columna que dediqué al asunto el 22 de mayo de aquel año, me encuentro diciendo que una sociedad civil bien articulada no da como resultado el campamento saharaui que Sol me parecía en aquel momento. Siendo privilegio de la juventud poder equivocarse, añadía, no es necesario que los demás nos equivoquemos con ella. Y lo cierto es que, una década más tarde, sigo pensando lo mismo: a la vista de las conclusiones que salían de las deliberaciones asamblearias de los así llamados «indignados», hay que alegrarse de que el 15-M fracasara. Eso no significa que lo que ha triunfado en su lugar sea mucho mejor: nuestro país sigue necesitando, acaso más que nunca, una profunda modernización. Pero el 15-M no podía traerla, porque no era moderno él mismo: aunque a algunos se lo pareciese.

En el espontáneo origen del movimiento hay una ironía decisiva, sobre la que no se llama lo bastante la atención: el 15-M jamás habría existido si la crisis financiera –aquí también inmobiliaria– hubiera estallado con un gobierno de centroderecha en el poder. De ser así, la protesta habría transcurrido por los cauces conocidos desde que Zapatero se echó a la calle durante la segunda legislatura de Aznar: la izquierda contra la derecha y asunto resuelto. Pero fue precisamente Zapatero quien, habiendo dicho primero a su electorado que la crisis no existía y prometiendo luego para ella una «salida por la izquierda», se desdijo de todas sus promesas con el famoso «decretazo» (presentado en el congreso tres días antes del 15-M) que evitó el colapso de las finanzas españolas. Fue, después de varias irresponsabilidades, una decisión responsable que sus votantes no le perdonaron. Pero no dejaba de ser un gobierno de izquierdas y de ahí que la movilización no pudiera dirigirse contra el gobierno, habiendo de presentarse en su lugar como una enmienda contra el sistema. Resultaba por eso inevitable que las consignas del movimiento –cursilerías aparte– terminaran alimentándose del imaginario anticapitalista y del asamblearismo populista: tan pronto se instaba el rescate de las personas y no de los bancos como se reclamaba la condonación global de las deudas, sin olvidarnos del célebre «no nos representan» (aunque los habíamos votado) ni de ese ambiguo «democracia real ya» que lo mismo vale para un procés que para propulsar al candidato rezagado en las primarias.

Pero hay una segunda ironía, que se relaciona con lo que podríamos denominar la psicología del movimiento: la vocación reformista que anima el mensaje del 15-M solo se activa cuando el sistema democrático deja de garantizar los rendimientos que venía proporcionando. Quiere decirse que el descontento popular hunde sus raíces en una crisis de expectativas mucho más prosaica de lo que sugiere la poesía del movimiento: mientras los jóvenes pedían un empleo bien pagado y acceso a la propiedad, los mayores reclamaban sus pensiones y los funcionarios sus salarios. No se trataba tanto de vivir de otra manera, como de seguir viviendo tal como se nos había prometido. En su repaso personal del 15-M (Memorias y libelos del 15-M, Arpa Editorial), el joven filósofo Ernesto Castro apunta que «uno de los fracasos del 15-M fue que no logró inocular en España un cuestionamiento y una corrección de las aspiraciones económicas postfranquistas: que todo español tenga su coche, su pisito en la playa y, a poder ser, su puesto de funcionario». Pero tampoco debería sorprendernos: dejando a un lado el debate sobre su deseabilidad, la alternativa «decrecentista y desburocratizadora» que sugiere Castro difícilmente puede hacerse mayo- ritaria, ni aquí ni en ningún país del mundo. El ciudadano medio quiere un país próspero y seguro donde no falten las oportunidades vitales ni dejen de proveerse los servicios públicos esenciales: este prosaísmo de las mayorías puede ser decepcionante, pero no deja de ser perfectamente previsible.

Hasta aquí la ironía. ¿Y cuál es la tragedia del 15-M? Se deduce naturalmente de lo anterior: tras hacer un diagnóstico correcto de la necesidad de cambio de la sociedad española (y convengamos que tampoco hacía falta ser el comisario Maigret para llegar a esa conclusión en plena tormenta perfecta), sus recetas eran tan bienintencionadas como equivocadas. No es sorprendente: los votantes españoles han sido educados de manera sistemática en el recelo hacia cualquier conato de racionalización que nos aproxime a los estándares de las democracias avanzadas. Si algo parecido a un programa político podía extraerse de los manifiestos asamblearios, su contenido resultaba decepcionante: planificación pública de la economía, democracia directa, rechazo del euro, presupuestos participativos, apertura de un proceso constituyente, renta básica... En su mayor parte, se trataba de fórmulas cocinadas a fuego lento en el laboratorio teórico del anticapitalismo, entre las que se colaban demandas tan elementales como el rechazo de la corrupción o la preocupación por los deshauciados. Insisto: no es que los problemas señalados por el 15-M carecieran de entidad. ¡Todo lo contrario! La mayoría sigue, incólume, en su sitio: del precio de la vivienda a la precariedad laboral. Pero las soluciones propuestas, sencillamente, no eran tales. Y es que si el 15-M hubiera exigido una reforma radical del sistema de pensiones o la unificación al alza de la selectividad, estaríamos hablando de un movimiento original: justamente lo que, por vistoso que resultara, jamás fue.

Muchos analistas consideran que la heterogeneidad inicial del 15-M ofrecía una promesa rápidamente traicionada: los profesionales del movimentalismo se hicieron con el control de las asambleas y reorientaron la energía inclasificable de los ciudadanos desinteresados en una dirección tan reconocible como minoritaria. Fue ahí donde eso que llamamos «transversalidad» del 15-M empezó a resquebrajarse, preparándose con ello el terreno para la apropiación caudillista que de su marca haría luego Podemos, validando con ello –todo hay que decirlo– las tesis de Laclau sobre la cadena equivalencial de los malestares en tiempos de crisis. Iglesias procedió entonces a culminar la repolitización histérica de los ciudadanos españoles, olvidándose por completo del que seguramente había sido el tema más interesante del 15-M originario (la brecha generacional que tan a las claras señalaba la organización denominada Juventud sin futuro) y poniendo las ilusiones de sus votantes al servicio de un proyecto populista de corte latinoamericanizante cuyo apoyo electoral no ha dejado de menguar desde entonces. Es difícil medir el capital emocional que se ha perdido en el camino que va de Sol a Galapagar.

En todo caso, la potencia que aquel primerísimo 15-M fue capaz de acumular de manera espontánea no podía sostenerse en el tiempo. Los grandes objetivos generales, susceptibles de concitar acuerdos mayoritarios, señalan fines y no medios: ¿quién no quiere una sociedad libre, próspera y justa? Cuando llega la hora de concretar el modo en que han de realizarse esos objetivos, la discrepancia está asegurada. Es natural que los testimonios de estos días regresen una y otra vez a la promesa inaugural del movimiento, como si aquel esbozo de autorreconocimiento colectivo se justificase a sí mismo. Pero no: aunque el 15-M expresó un comprensible sentimiento de hartazgo, la sociedad española sigue esperando a quien la modernice. Y aunque la espera se hace larga, como la de Vladimir y Estragón en la célebre obra de Beckett, ¿quién ha dicho que Godot no pueda venir algún día?

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro publicado es Desde las ruinas del futuro: teoría política de la pandemia (Taurus, 2020).

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