Isabel II, una reina para la historia

El próximo 9 de septiembre, Su Majestad la Reina Isabel II del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, cumplirá un aniversario que añadirá una nueva marca a su ya extensa lista de ellas, solo que esta vez se trata de una, considerada de la máxima importancia y singularidad, desde el doble punto de vista dinástico e histórico, puesto que tal día se convertirá en la soberana que más días habrá permanecido empuñando el cetro, en el Trono de San Eduardo. Superará a su prestigiosísima tatarabuela, la Reina Victoria (1837-1901), quien a su vez, a fines del siglo XIX, escribió en su diario, en un día muy señalado para ella, que era el monarca que más tiempo había reinado en sus estados, al rebasar los años de mandato de su abuelo Jorge III (1760 -1820).

Se podrían establecer muchos paralelismos entre ambas soberanas –míticas, espléndidas y siempre desempeñando su papel con una solemne autoridad– no obstante ser muy distintas entre sí y muy diferentes las circunstancias que definen sus periodos respectivos, sobre los cuales han marcado una impronta indeleble merced a sus poderosas personalidades. Curiosamente, ninguna de las dos, según los criterios oficiales y los procesos de sucesión habituales en las monarquías, parecía que un día sería llamada para asumir el gobierno.

Piedra
Piedra

Victoria, nacida el 24 de mayo de 1819, fue la hija única del duque de Kent, vástago de Jorge III, que ocupaba el tercer puesto para sucederle, detrás de sus dos hermanos, y que murió días antes que su padre. No obstante, el Destino trastocó la situación: su tío, Jorge IV (1820-1830), que también había sido padre de una sola hija, la desdichada princesa Carlota, casada con el príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha (futuro rey de los Belgas e iniciador de la dinastía que reina en ese país), quedó sin sucesión al fallecer aquella de sobreparto, dando a luz a una criatura que murió junto con la madre. En consecuencia, la corona recaería en el siguiente hermano, Guillermo IV (1830-1837), quien tampoco gozaba de herederos, por lo cual Drina (Victoria Alejandrina era su nombre) fue proclamada reina en la madrugada del 21 de junio de 1837, abriendo un periodo de más de sesenta y tres años sin solución de continuidad, conocido en la Historia como Era-Victoriana, hasta su muerte en el palacio de Osborne (Isla de Whight ), el 22 de enero de 1901.

Victoria , casada con uno de sus primos, el inteligente y apuesto príncipe Alberto de Sajonia –Coburgo–Gotha, tuvo cuatro hijos y cinco hijas, así como cuarenta nietos; enviudó a fines de diciembre de 1861 y gracias a una decidida política matrimonial, sus descendientes ocuparon un buen número de tronos europeos: Alemania, Rusia, España, Suecia, Noruega Rumanía… Durante su época, el Imperio Británico creció desmesuradamente, extendiéndose por todo el planeta y ella fue proclamada emperatriz de la India en 1876. Como es natural, las similitudes de Victoria con Isabel II pueden ser llevadas más lejos, pero por mucho que se quiera, la Historia no se puede repetir y hay múltiples aspectos a tener en cuenta que producen considerables variantes la hora de fijar las concomitancias.

En los siglos de la Edad Moderna y la Contemporánea son pocos los monarcas europeos que han podido reinar tanto tiempo: Luis XIV de Francia nació en 1638, inició su periodo gubernativo (bajo regencias) en 1643 y murió en 1715, alcanzando los setenta y dos años de reinado; más recientemente, un coetáneo de Victoria, Francisco José de Austria vio la luz en 1830, comenzó a gobernar en 1848 y falleció en 1916, tras sesenta y ocho años ininterrumpidos en el solio de los Habsburgo. El caso de Isabel II (conocida familiarmente como Lilibet) resulta distinto pero posee indudables matices especiales. Cuando nació, el 21 de abril de 1926, siendo la hija mayor del duque de York, reinaba su abuelo Jorge V (1910-1936) y para su posible subida al trono se interponían su tío Eduardo, que sería Eduardo VIII, durante menos de un año, ya que decidió abdicar para contraer matrimonio con una dama norteamericana doblemente divorciada –fueron los duques de Windsor– y su propio padre, Jorge VI (19361952). La princesa heredera ya se había casado en 1947, con el Príncipe Felipe Mountbatten (antes Felipe de Grecia, también descendiente de la reina Victoria), tenían en común un hijo y una hija y, con una encomiable dedicación, que ha mantenido siempre, disciplinada y seria, ya representaba a menudo y convenientemente a Jorge VI en funciones estatales. De hecho se encontraba en medio de un largo viaje oficial en Africa, con su marido, cuando inesperadamente Jorge VI falleció, el 6 de febrero de 1952, después de quince años de reinado.

A partir de entonces ocuparía el primer plano de la actualidad nacional y, en una gran medida, también internacional, siendo seguramente la mujer más fotografiada de la Historia y la que con más jefes de estado ha tenido trato, la que más viajes oficiales en su calidad de soberana ha realizado, la que más inauguraciones ha presidido, la que más… Fue coronada en el transcurso de una grandiosa y mística ceremonia (2 de junio de 1953). Años después, nacieron dos hijos más, que con los anteriores suman cuatro, de los que han venido al mundo unos cuantos nietos, aunque totalizando la quinta parte de los que tuvo su antepasada Victoria.

Cuando murió Victoria, era una anciana de físico gastado, gruesa, casi ciega y bastante sorda que iba camino de los ochenta y dos años; en contrapartida, Isabel II es hoy una espléndida mujer mayor, de ochenta y nueve años, bien conservada y cuyo reciente retrato en cuatro posiciones, obra del fotógrafo Hugo Rittson-Thomas, viene a ser el símbolo de su incansable, ardua y digna actividad, como monarca que se orienta a los cuatro puntos cardinales .¡Dios salve a la Reina!

Juan José Luna es conservador y Jefe de Departamento del Museo del Prado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *