Islam y Occidente, otro paradigma

El discurso que pronunció Barack Obama en El Cairo el 4 pasado de junio constituye un cambio de paradigma en las relaciones entre el islam y Occidente: del choque al diálogo de civilizaciones, del enfrentamiento de culturas al diálogo intercultural, de las guerras de religiones al encuentro interreligioso, de la exclusión por razones étnicas a la inclusión, de la coexistencia a la convivencia, y de la competitividad entre los pueblos y los continentes a la colaboración basada en los principios comunes de justicia, progreso, tolerancia y respeto por la dignidad de todos los seres humanos.
La propia experiencia interreligiosa e intercultural de Obama constituye la mejor ilustración de dicho cambio: Obama es cristiano, tiene orígenes familiares musulmanes, durante su niñez vivió en Indonesia –país de mayoría musulmana–, envuelto en un clima de respeto por la diversidad religiosa, y trabajó en su juventud con comunidades de religión musulmana. El presidente de Estados Unidos ha conocido el islam en tres continentes, y ahora lo conoce en el lugar donde, según su propio testimonio, «fue originariamente revelado».

El discurso de Obama en la capital de Egipto ha contribuido a quebrar cráneos ideológicos, desmentir fáciles e infundadas identificaciones y e invalidar no pocos de los estereotipos instalados desde hace siglos en el imaginario social de Occidente, como, por ejemplo, asociar miméticamente el islam con el terrorismo y la violencia, al igual que con el machismo y la discriminación de la mujer; compararlo con el integrismo, con el fanatismo y el fundamentalismo; asociarlo a la hostilidad hacia Occidente; vincularlo a la oposición a la democracia; a la negación de los derechos humanos, al retraso cultural y el tradicionalismo religioso, y relacionarlo, en fin, con el totalitarismo religioso y con la negación de la libertad religiosa.
Ciertamente, fenómenos de ese tipo se dan en el islam como en otras religiones y culturas, pero no pertenecen a la naturaleza del islam, sino que son graves patologías. ¿Alguien osaría afirmar que el terrorismo, el machismo, el integrismo y la falta de libertad religiosa constituyen la esencia del cristianismo? Si lo hiciera, sería acusado inmediatamente de demagogo y falseador de la religión cristiana. Y, sin embargo, sí se hace con el islam constantemente, de manera impune y sin rubor.

Frente a la tendencia generalizada en nuestro entorno cultural de contraponer el islam y Occidente como dos civilizaciones en permanente enfrentamiento, Obama manifestó en El Cairo que «Estados Unidos y el islam no se excluyen ni están en competencia». El líder estadounidense subrayó en varios momentos del discurso que el islam era «parte de la historia» de su país y de Occidente, y reconoció las aportaciones irrenunciables que hizo a la cultura occidental, hasta afirmar que «preparó el camino para el Renacimiento y el Siglo de las Luces en Europa».
Especial importancia tiene la referencia elogiosa de Obama a la tolerancia existente en Andalucía, especialmente en Córdoba, en plena sintonía con el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo, que habla elogiosamente del «paradigma de Córdoba» como modelo de convivencia, tolerancia, diversidad religiosa, cultural y lingüística, no exento, ciertamente, de conflictos y enfrentamientos. Por cierto, no hubo ningún error cuando, en su discurso de El Cairo, Obama habló del clima de tolerancia «en Andalucía y Córdoba durante la Inquisición», como han jaleado erróneamente algunos medios de comunicación. Según ha demostrado brillantemente el filólogo Antonio Ruiz Castellanos, Obama se refería al clima inquisitorial que dominaba en Bagdad en aquella época, al que contrapuso el clima de tolerancia reinante en Al Andalus durante el califato de Córdoba.
Los presidentes de Estados Unidos son propensos a confesar en público sus creencias religiosas, a citar textos sagrados, la mayoría de las veces de las escrituras cristianas, y a referirse a Jesús de Nazaret como ejemplo que hay que imitar. Obama fue más plural en las referencias religiosas: recordó al patriarca Abraham (en el origen de las tres religiones monoteístas), hizo mención de sus tres profetas más importantes (Moisés, Jesús de Nazaret y Mahoma), y citó textos –bellísimos, por cierto– del Corán, de la Biblia hebrea y de la Biblia cristiana en favor de la paz.

Las palabras de Obama constituyen una lección magistral de interculturalidad y un ejemplo de diálogo interreligioso, y marcan el camino de la búsqueda de la utopía de otro mundo posible en clave intercultural, interreligiosa, interétnica e interlingüística. Pero ¿resulta creíble? Para que lo sea, tienen que darse algunas condiciones. Una, renunciar de una vez a la doctrina excluyente del «destino manifiesto», tan próxima a la teología fundamentalista judía del «pueblo elegido», al tiempo que tan arraigada en la ciudadanía estadounidense y tan cara a los presidentes norteamericanos. Otra, respetar la libertad religiosa, la igualdad de todas las religiones y la diversidad cultural en su propio país, lo que implica no demonizar, criminalizar y culpabilizar a las minorías religiosas, culturales, lingüísticas y étnicas, especialmente al islam. Y, la más importante, pasar del discurso programático a la acción política para hacer realidad el programa propuesto.

Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.