Islamistas: ¿más pragmatismo?

En opinión de los expertos interesados en los movimientos de fondo religioso, cuanto acontece al hilo de los movimientos englobados bajo el término “primavera árabe” reviste una dimensión histórica. Los activistas islamistas o de base religiosa se aprestan a tomar el poder en el periodo de un lustro. Ya han alcanzado mayorías parlamentarias en varios países entre los que se cuentan Túnez, Egipto y Marruecos y seguramente ganarán terreno en Libia, Jordania y tal vez incluso en Siria cuando cese allí el fragor de la batalla. Los hechos registrados hasta ahora muestran claramente el peso e influencia de la corriente principal actual del islamismo frente a los elementos radicales en el seno de las sociedades árabes tras décadas de ser perseguidos e ilegalizados por regímenes autoritarios prooccidentales.

Los islamistas se han ido presentando hábilmente como alternativa a la fracasada propuesta autoritaria. Sus últimas victorias parlamentarias no son de extrañar ya que han cumplido sus obligaciones y se han ganado la confianza del electorado. Aunque los islamistas no desencadenaron las revueltas que hicieron trizas el orden autoritario árabe, su resistencia de décadas a los gobiernos autoritarios les convirtió, a ojos del pueblo, en gobiernos en la sombra. El voto a su favor ha supuesto una clara ruptura con el pasado que acabó en fracaso así como la creencia (que deberá superar la prueba de la experiencia) de que se hallan en condiciones de aportar puestos de trabajo, estabilidad económica y transparencia. En consecuencia, la suerte política del auge islamista dependerá de si cumplen sus promesas y atienden positivamente las elevadas expectativas de las sociedades árabes.

¿Qué significa la subida al poder de los islamistas para el futuro y las relaciones internacionales en la región en cuestión? ¿Cómo influirá en la transición del autoritarismo al pluralismo, incluida la institucionalización de la participación política, las relaciones entre la esfera civil y la militar, la sociedad civil y los derechos de las minorías? ¿Cómo han respondido las potencias occidentales, en especial Estados Unidos, al auge de los islamistas? ¿Desempolvarán ambos un capítulo olvidado de coexistencia y cooperación durante la guerra fría?

Es demasiado pronto para aportar un juicio definitivo sobre el modo de gobernar de los islamistas en el futuro o sobre su grado de tolerancia hacia los demás. No obstante, durante las últimas tres décadas ha aflorado un patrón de conducta que permite a los analistas trazar un esbozo en líneas generales. Para empezar, hay pruebas crecientes de una inclinación de los islamistas hacia el pragmatismo. Este cambio generacional favorece a los sectores tecnócratas y profesionales, de mentalidad abierta y reformista, menos obsesionados con las luchas identitarias y culturales y más dispuestos a construir coaliciones de gobierno con oponentes ideológicos no musulmanes, ya sean fuerzas progresistas o laicas. Los Hermanos Musulmanes de Egipto y Ennahda (Partido del Renacimiento) de Túnez prefieren formar alianzas con fuerzas progresistas y de izquierdas, no con los salafistas.

En Egipto, los pragmatistas se sienten mucho más cómodos con la modernidad y la política pluralista que sus mayores, contrarios a los internos de democratizar el proceso de adopción de decisiones y abrirse al exterior. La diferencia de sensibilidad, visión internacional y formación entre pragmatistas y conservadores es sorprendente. Los miembros de la vieja guardia, que acentúan siempre la lealtad y el secreto, carecen de imaginación y visión intelectual y política para transformar la organización en un partido político transparente y moderno.

En cambio, los miembros de la generación de los años setenta y ochenta son más tolerantes. Defienden una sociedad abierta y un gobierno representativo. Sin duda, los pragmatistas dominarán el movimiento en la próxima década.

Aunque los ultraconservadores, como Mahmud Izzat, secretario general y guardián de las finanzas de la organización y de sus secretos, y Mohamed Badie, principal guía en la actualidad, son una minoría menguante, poseen una considerable influencia. Los elementos conservadores de los Hermanos Musulmanes han atraído a miembros de la generación de los setenta y ochenta a su terreno y les han ofrecido puestos relevantes. Jairat el Shater –un millonario, estratega clave de los Hermanos Musulmanes, financiero y segundo de a bordo hasta que dimitió en abril del 2012 para optar a la presidencia –es un ejemplo de ello. Incumplida entonces una promesa anterior de no presentar un candidato a las elecciones presidenciales, fue una decisión polémica. Shater, voz muy influyente dentro de los Hermanos Musulmanes, era visto como un reformista y pragmático. Muchos invirtieron sus esperanzas en Shater para reformar y moderar la organización, liberarle de las garras de la vieja guardia y forjar coaliciones con partidos de mentalidad laica.

Sin embargo, después del derrocamiento de Mubarak, ex miembros de los Hermanos Musulmanes han acusado a Shater de defender la perspectiva tradicional de constituir una sociedad dentro de la sociedad, que se vale de la política simplemente como un recurso más para islamizar el país y que ha ejercido una represión interna de los Hermanos más jóvenes que intentaban modificar la cerrazón y mentalidad jerárquica del movimiento. Después de que el brazo político de los Hermanos Musulmanes obtuviera más de cuarenta escaños en el nuevo Parlamento, Shater predicó públicamente las virtudes de un Estado islámico, con la consiguiente inquietud de las voces críticas que quieren separar el gobierno de una interpretación religiosa. Shater razonó que la aplastante victoria islamista constituía un indiscutible mandato democrático para un gobierno explícitamente islámico: “El punto de referencia islámico regula la vida en su totalidad, política, económica y socialmente; no tenemos esa separación (entre la religión y el gobierno)”, dijo. Shater se comprometió a introducir la ley islámica, como “primero y último objetivo” apelando así al ala ultraconservadora de los Hermanos Musulmanes.

En Túnez, Ennahda ha cambiado más deprisa que los Hermanos Musulmanes hacia la modernidad y el pluralismo gracias al trabajo de sus miembros más jóvenes. Suad Abderrahim es un ejemplo notable de ello. Es una ejecutiva del sector farmacéutico de 47 años de edad que elige trajes a medida y tacones de aguja y prefiere no llevar velo. Su experiencia política se circunscribe a liderar el sindicato de estudiantes y ser portavoz de Ennahda. “Si se apoya a alguien como yo, que soy avanzada, no uso velo y llevo una farmacia, es una garantía para todos”, afirmó Abderrahim. “No vamos a prohibir a la gente el alcohol o el turismo ni les obligaremos a llevar el velo o a acudir a la oración. Son cuestiones personales”, dijo. No carece de interés que Abderrahim se describa como “avanzada, de base islámica”, o como una “progresista islámica”, testimonio del surgimiento de un nuevo grupo de islamistas cómodos con la modernidad y el progreso. Se ha convertido en una voz importante en Túnez, una política moderada que ocupa un escaño de la nueva Asamblea Constituyente del país.

De igual modo, la juventud moderada en Marruecos ha formado una masa crítica dentro del Partido de la Justicia y el Desarrollo. El ascenso de Abdelilah Benkiran a la secretaría general del Partido lo atestigua. Su agenda pluralista e integradora le ha granjeado popularidad entre la juventud islamista. Marroquíes de diferentes clases sociales y nivel de formación, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, votaron a favor de Benkiran debido a su tendencia moderada e intenso deseo de acabar con la corrupción en el reino.

Pruebas crecientes muestran un cambio generacional hacia los puntos de vista de los pragmáticos, un cambio que influirá en el comportamiento de los islamistas en el país y en el extranjero en el futuro.

Fawaz A. Gerges, director del Centro de Oriente Medio en la London School of Economics. Autor de ‘Viaje a la yihad’ (Libros de Vanguardia) Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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