¿Islamofobia o criticafobia?

Occidente afronta un grave problema y no es otro que el del terrorismo yihadista. Sin embargo, empieza a ser habitual que tras un atentado terrorista y pasados los primeros minutos de estupor, sorpresa y condolencias, los medios de comunicación y otros actores sociales se muestren también preocupados por el auge de la islamofobia, del odio y la aversión a todo lo islámico.

En ocasiones, los más escrupulosos se muestran hasta igual de preocupados, llegando a equiparar la islamofobia al terrorismo. A veces también tratan de encontrar una conexión del terrorismo con los pecados imprescriptibles de Occidente. Pascal Bruckner estudió este fenómeno de mortificación en La tiranía de la penitencia y André Glucksmann analizó esa misma pulsión autoinculpatoria en Occidente contra Occidente.

Para tratar de explicar por qué creo que la islamofobia es muchas veces una falsa fobia, creo que hay que tratar de averiguar primero qué significa dicho término. En realidad el vocablo islamofobia es un neologismo inglés que aún no ha sido incorporado al diccionario de la RAE. El término fue acuñado en 1997 por la ONG británica Runnymede Trust y según su definición, serían ocho las características de la islamofobia:

  1. La creencia de que el islam es un bloque monolítico y refractario al cambio.
  2. El islam es radicalmente distinto de otras religiones y culturas, con las que no comparte valores y/o influencias.
  3. El islam es inferior a la cultura occidental: primitivo, irracional y sexista.
  4. El islam es, per se, violento y hostil, propenso al choque de civilizaciones.
  5. En el islam la ideología política y la religión están íntimamente unidos.
  6. El rechazo global a las críticas a Occidente formuladas desde ámbitos musulmanes.
  7. La justificación de prácticas discriminatorias hacia los musulmanes.
  8. La consideración de la hostilidad hacia los musulmanes como algo natural.

De lo anterior no queda demasiado claro si la islamofobia sería una forma de racismo clásico, de intolerancia religiosa o una especie de ‘racismo cultural’ contra los musulmanes. La asociación de ambos términos (racismo y cultura) me parece una trampa dialéctica que en realidad pretende impedir la crítica a una cultura. O, mejor, a algunos aspectos de ella, ya que las críticas a la globalidad suelen ser poco rigurosas, especialmente si consideramos la riqueza y variedad de matices que existen en el llamado mundo islámico.

Al revisar los ocho rasgos de la islamofobia lo primero que podría pensarse es por qué circunscribirlos únicamente al islam. El islam no es una religión minoritaria o perseguida que requiera de una especial protección. Se trata de la segunda religión del Planeta en cuanto a fieles (1.350 millones frente a los 2.350 del cristianismo) y está asentada mayoritariamente en 56 países. Si queremos ser ecuánimes, ¿por qué no considerar los mismos criterios “fóbicos” también respecto a otras religiones (cristianismo), instituciones (monarquía, república, la banca, etc.) o sistemas (capitalismo, mercados, etc.) que son también cuestionados desde Occidente con idéntica virulencia?

Naturalmente, este planteamiento no resulta aceptable para quien defiende las libertades públicas. Sucede que en las sociedades abiertas, lo habitual y saludable es la crítica y el cuestionamiento permanente de las instituciones. De todas las instituciones. En democracia no existen ‘santuarios’ protegidos, ya que todo está sujeto al escrutinio público. Y la crítica no siempre es racional, fundada, cierta o respetuosa. Pero existe y está amparada por la libertad de expresión, de la que no quedan a salvo ni dioses ni religiones.

Creo además que algunos rasgos que definen la islamofobia son un sofisma, una trampa para impedir la crítica. Cuando se cuestiona alguna práctica del islam la réplica más sencilla es la de islamofobia, impidiendo de facto el debate racional pretendido. Algunos intelectuales en Francia -muchos de ellos musulmanes- se mostraron contrarios a tal agresión a las libertades con el Manifiesto de los Doce, firmado en 2006 entre otros por Bernard Henry-Levi, Salman Rushdie o Hirsi Ali.

En realidad de lo que estamos hablando es de libertad de expresión y de laicismo. Es importante enclavar en esta esfera el debate, ya que no es aceptable en una sociedad moderna que se impida cuestionar, criticar o incluso bromear a costa de un dios o sus representantes, por muy ofensiva que tal libertad pueda percibirse. Las ofensas, al igual que el miedo, son sentimientos personales. Siempre nos sentiremos ofendidos o atemorizados por otro, pero para eso se inventó el Estado de derecho y cuando los actos son constitutivos de delito la ley castiga al culpable (para eso existe el delito de odio). Pero lo que nunca puede ser delito es el pensamiento y mucho menos la crítica. La Policía del Pensamiento no solo fue una ficción de Orwell. Los comunistas y nazis llegaron a tipificar penalmente el delito de pensamiento (los nazis lo llamaban ‘subversión de la propia persona’) y en Irán o en Arabia Saudí existe una ‘policía religiosa’ (‘Mutawa’).

Creo que es un error que, bajo el pretexto de islamofobia, se impida el cuestionamiento de malas prácticas en el mundo o cultura islámicas, tales como la violación de libertades, la discriminación de la mujer, la persecución de minorías religiosas y sexuales o el protagonismo del yihadismo en el terrorismo internacional. En 2015 cuatro grupos yihadistas fueron responsables del 74% de los 29.300 asesinatos cometidos en el mundo, según el Índice Global de Terrorismo del Institute for Economics & Peace.

En la siguiente tabla se recogen cuatro índices internacionales que miden las libertades públicas, la democracia, el desarrollo humano y la corrupción percibida. He realizado la comparación de tales índices en los 56 países en donde el islam es mayoritario. Existen otros índices, pero he optado por éstos no solo por su prestigio internacional sino por afectar al núcleo de los derechos humanos.

Con datos en la mano comprobamos que solamente en el 7% de países existe un alto grado de libertades públicas (2011) mientras que en el 91% o bien no existen libertades o están muy limitadas. Los datos son aun más preocupantes si analizamos el índice de democracia (2011), ya que la democracia plena no existe en ningún país de mayoría musulmana: el 57% de países cuentan con regímenes autoritarios, un 27% son regímenes híbridos y solamente un 11% tiene un sistema democrático con fallas.

La situación mejora ligeramente cuando nos fijamos en el índice de desarrollo humano del PNUD (2015), un índice que atiende a aspectos relacionados con el desarrollo social (alfabetización, pobreza o sanidad): el 36% de países de mayoría musulmana muestran un índice alto o muy alto, pero un 43% tiene índices bajos de desarrollo humano. Finalmente, si atendemos a la corrupción percibida (2015) los resultados son catastróficos, con un 70% de países de mayoría musulmana con un alto grado de corrupción.

Estos datos exigen una seria reflexión que ayude a entender el distanciamiento entre países con mayoría musulmana y democracia. Querer evitar este análisis con el pretexto de islamofobia es una maniobra que no ayuda a los millones de musulmanes moderados que anhelan libertad en sus países; pues hablamos de libertad y no de razas, determinismo genético o criminales natos.

La crítica realizada en Occidente -no necesariamente por occidentales- a unos regímenes no democráticos que impiden toda crítica en sus países tendría que ser un factor positivo que reforzara a los musulmanes moderados, asfixiados en sus sociedades de origen pero prestos a las reformas dentro del islam. En los años treinta lo que más debilitó a la resistencia alemana contra Hitler no fue tanto la persecución cuanto la condescendencia de las democracias con el nacionalsocialismo. No trato con el ejemplo de asociar islam y nazismo sino de significar el daño que produce el silencio de las sociedades libres frente a las prácticas despóticas de una ideología o de un credo.

En resumen, la libertad de expresión es un derecho irrenunciable en las sociedades abiertas, fundadas en principios republicanos y laicos. Incluso aunque tal libertad se sustente en una idea errada. Si hay error debe exigirse rectificación. Y si hubo dolo o daño deberá exigirse reparación y condena, pero no amordazar a una sociedad que durante siglos ha luchado para conseguir ser libre y expresar sus ideas, aunque no siempre sean gratas a algunos dioses, ni a sus clérigos.

Por lo tanto, fobias no, pero críticas sí. Sepamos distinguirlas.

Fernando Navarro García es presidente del Centro de Investigaciones sobre los Totalitarismos y Movimientos Autoritarios (CITMA).

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