Israel está cayendo en un abismo

A medida que la mañana del 7 de octubre se aleja, sus horrores no parecen sino crecer. Una y otra vez, los israelíes nos contamos lo que ya se ha convertido en parte de la historia formativa de nuestra identidad y nuestro destino. Cómo durante varias horas los terroristas de Hamás invadieron hogares de israelíes, asesinaron a unas 1200 personas, violaron y secuestraron, saquearon e incendiaron. Durante esas horas terribles, antes de que las Fuerzas de Defensa de Israel salieran de su estado de conmoción, los israelíes tuvieron una perspectiva dura y concreta de lo que podría ocurrir si su país no solo sufriera un golpe severo, sino que realmente dejara de existir. Si ya no hubiese Israel.

He hablado con personas judías que viven fuera de Israel que me han dicho que su existencia física —y espiritual— les pareció vulnerable en aquellas horas. Pero no solo eso: parte de su fuerza vital les había sido arrebatada, para siempre. A algunos les sorprendió incluso su grado de necesidad de la existencia de Israel, como idea y como realidad concreta.

Israel está cayendo en un abismo
Dror Cohen

Cuando el ejército empezó a responder, la sociedad civil ya estaba alistándose en masa a las operaciones de rescate y logísticas, y muchos miles de ciudadanos se prestaron como voluntarios para hacer lo que el gobierno debió haber hecho de no haberse encontrado en un estado de irresponsable parálisis.

En los momentos en que esto se publica, y según datos del Ministerio de Salud gazatí, dirigido por Hamás, en la Franja de Gaza han muerto más de 30.000 palestinos desde el 7 de octubre. Entre ellos, numerosos niños, mujeres y civiles, muchos de los cuales no pertenecían a Hamás ni participaron en el ciclo de la guerra. “No implicados”, los llama Israel en conflictés, el idioma con el que los países en guerra se engañan a sí mismos para no afrontar las repercusiones de sus actos.

El célebre estudioso de la cábala Gershom Scholem acuñó el dicho: “Toda la sangre va a la herida”. Casi cinco meses después de la masacre, así es como se siente Israel. El miedo, la conmoción, la ira, el dolor y la humillación y la vengatividad, las energías mentales de toda una nación: todo ello ha fluido sin cesar hacia esa herida, hacia el abismo en el que aún seguimos cayendo.

No podemos apartar nuestros pensamientos de las niñas y mujeres, y al parecer hombres también, que fueron violados por los atacantes de Gaza, asesinos que filmaron sus propios crímenes y los retransmitieron en directo a las familias de las víctimas; de los bebés asesinados; de las familias quemadas vivas.

Y de los rehenes. Esos israelíes que durante 149 días han estado retenidos en túneles, algunos posiblemente en jaulas. Son niños y personas mayores, mujeres y hombres, algunos de ellos enfermos que quizá estén muriéndose por falta de oxígeno y medicamentos, y por desesperanza. O tal vez estén muriendo, porque cuando los seres humanos comunes están expuestos a la maldad absoluta y demoniaca suelen perder la innata voluntad de vivir: la voluntad de vivir en un mundo en el que tal maldad y crueldad son posibles. En el que vive gente como esos terroristas de Hamás.

La magnitud de los sucesos del 7 de octubre borra a veces nuestro recuerdo de lo que vino antes. Y, sin embargo, unos nueve meses antes de la masacre, ya estaban apareciendo grietas alarmantes en la sociedad israelí. El gobierno, con Benjamín Netanyahu a la cabeza, intentaba introducir a toda costa una serie de medidas legislativas diseñadas para debilitar gravemente la autoridad de la Corte Suprema, asestando así un golpe letal al carácter democrático de Israel. Cientos de miles de ciudadanos salieron a las calles cada semana, durante todos esos meses, para protestar contra el plan del gobierno. La derecha israelí apoyó al gobierno. La nación entera estaba cada vez más polarizada. Lo que antes era un legítimo debate ideológico entre la derecha y la izquierda se había convertido en un espectáculo de profundo odio entre los distintos sectores. La conversación pública se había vuelto violenta y tóxica. Se oía hablar de la división del país en dos pueblos distintos. Y la ciudadanía israelí sentía que los cimientos de su hogar nacional se tambaleaban y corrían el riesgo de derrumbarse.

Para quienes viven en países donde el concepto de hogar se da por supuesto, debo explicar que, para mí, desde mi punto de vista israelí, la palabra “hogar” significa una sensación de seguridad, defensa y pertenencia que procura un envoltorio mental de calidez. El hogar es un lugar donde puedo existir con tranquilidad. Y es un lugar cuyas fronteras reconoce todo el mundo, y en particular mis vecinos.

Pero todo esto, para mí, sigue sepultado por el anhelo de algo que nunca se ha conseguido del todo. En la actualidad, me temo que Israel es más una fortaleza que un hogar. No ofrece ni seguridad ni tranquilidad, y mis vecinos albergan muchas dudas y exigencias sobre sus habitaciones y paredes y, en algunos casos, sobre su propia existencia. En aquel aciago sábado negro, resultó que Israel no solo sigue estando lejos de ser un hogar en el pleno sentido de la palabra, sino que ni siquiera saber ser una verdadera fortaleza.

No obstante, los israelíes están justificablemente orgullosos por la rapidez y la eficiencia con que se unen para ofrecerse su mutuo apoyo cuando el país se ve amenazado, ya sea por una pandemia como la de COVID-19 o por una guerra. En todo el mundo, los soldados en servicio de reserva embarcaron en aviones para unirse a sus compañeros que ya habían sido llamados a filas. Iban a “proteger nuestro hogar”, como decían a menudo en las entrevistas. Había algo conmovedor en esta singular historia: estos hombres y mujeres jóvenes corrieron al frente desde los confines de la tierra para proteger a sus padres y abuelos. Y estaban dispuestos a entregar su vida. Igual de emotivo fue el sentimiento de unidad que reinaba en los campamentos de los soldados, donde las opiniones políticas eran irrelevantes. Lo único que importaba era la solidaridad y la camaradería.

Sin embargo, los israelíes de mi generación, que han vivido muchas guerras, ya se están preguntando, como hacemos siempre después de una guerra: ¿Por qué esta unidad solo surge en tiempos de crisis? ¿Por qué solo las amenazas y los peligros nos cohesionan y sacan lo mejor de nosotros, y también nos liberan de nuestra extraña atracción por la autodestrucción, por destruir nuestro propio hogar?

Estas preguntas producen una dolorosa revelación: la profunda desesperación que sintió la mayoría de los israelíes tras la masacre pudo deberse a la condición judía a la que una vez más nos hemos visto arrojados. Es la condición de una nación perseguida y desprotegida. Una nación que, a pesar de sus enormes logros en muchos ámbitos, sigue siendo, en el fondo, una nación de refugiados, impregnada de la posibilidad del desarraigo incluso después de casi 76 años de soberanía. Hoy es más evidente que nunca que siempre tendremos que montar guardia sobre este hogar penetrable y frágil. Lo que también ha quedado claro es lo profundamente arraigado que está el odio hacia esta nación.

A esto le sigue otra reflexión sobre estos dos pueblos atormentados: el trauma de convertirse en refugiados es fundamental y primario, tanto para los israelíes como para los palestinos, y sin embargo ninguna de las partes es capaz de ver la tragedia de la otra con una pizca de comprensión, y no digamos ya de compasión.

Hay otro fenómeno vergonzoso que ha aflorado a raíz de la guerra: Israel es el único país del mundo a cuya eliminación se llama de manera más abierta.

En las manifestaciones a las que asisten cientos de miles de personas, en los campus y las universidades más respetadas, en las redes sociales y las mezquitas de todo el mundo, se suele impugnar con entusiasmo el derecho a existir de Israel. Una crítica política razonable que tenga en cuenta la complejidad de la situación puede dar paso —cuando se trata de Israel— a un discurso del odio que solo se puede atemperar (si es que se puede) con la destrucción del Estado de Israel. Por ejemplo, cuando Sadam Husein mató a miles de kurdos con armas químicas, no hubo llamamientos a la demolición de Irak, a borrarlo de la faz de la Tierra. Solo cuando se trata de Israel se considera aceptable exigir públicamente la eliminación de un Estado.

Los manifestantes, las voces influyentes y los líderes públicos deberían preguntarse qué tiene Israel para suscitar este aborrecimiento. ¿Por qué Israel, de los 195 países del planeta, es el único que está condicionado, como si su existencia dependiese de la buena voluntad de las demás naciones del mundo?

Es horrible pensar que este odio asesino se dirige únicamente a un pueblo que hace menos de un siglo estaba casi erradicado. También es un poco mortificante la tortuosa y cínica conexión entre la angustia existencial judía y el deseo públicamente expresado por Irán, Hezbolá, Hamás y otros de que Israel deje de existir. Es intolerable, además, que ciertos sectores intenten encajar por la fuerza el conflicto israelí-palestino en un marco colonialista, cuando olvidan, voluntaria y obcecadamente, que los judíos no tienen otro país, a diferencia de los colonialistas europeos con los que se establece una falsa comparación, y cuando omiten que los judíos no llegaron a la tierra de Israel como conquistadores, sino buscando su seguridad; que su intensa afinidad con esta tierra tiene casi 4000 años de antigüedad; que es aquí donde surgieron como nación, religión, cultura y lengua.

Uno puede imaginarse el malicioso regocijo con que estas personas pisan el punto más frágil de la nación judía, su sensación de foraneidad, su soledad existencial; ese punto del que no puede refugiarse. Es este punto el que a menudo la condena a cometer errores tan fatídicos y destructivos; destructivos para sus enemigos pero también para sí misma.

¿Quiénes seremos —israelíes y palestinos— cuando esta guerra larga y cruel llegue a su fin? No solo el recuerdo de las atrocidades infligidas a unos y a otros permanecerá entre nosotros durante muchos años, sino que todos sabemos perfectamente que, en cuanto Hamás tenga la oportunidad, pondrá en marcha enseguida el objetivo declarado sin ambages en su Carta Fundacional, a saber: el deber religioso de destruir Israel.

¿Cómo podemos, entonces, firmar un tratado de paz con semejante enemigo?

¿Y qué otra opción tenemos?

Los palestinos harán su propio ajuste de cuentas. Como israelí, me pregunto qué clase de personas seremos cuando termine la guerra. ¿Adónde dirigiremos nuestra culpa —si tenemos el valor suficiente para sentirla— por lo que hemos infligido a palestinos inocentes? Por los miles de niños que hemos matado. Por las familias que hemos destruido.

¿Y cómo aprenderemos, para que nunca más nos tome por sorpresa, a vivir una vida plena sobre el filo de la navaja? Pero ¿cuántos quieren vivir su vida y criar a sus hijos en el filo de la navaja? ¿Y qué precio pagaremos por vivir en constante estado de alerta y sospecha, con miedo perpetuo? ¿Quién de nosotros decidirá que no quiere —o no puede— vivir la vida de un eterno soldado, de un espartano?

¿Quién se quedará en Israel? ¿Se quedarán los más extremistas, los mayores fanáticos religiosos, nacionalistas, racistas? ¿Estamos condenados a contemplar, paralizados, que la israelidad audaz, creativa y única es poco a poco absorbida por la trágica herida del judaísmo?

Es probable que estas preguntas acompañen a Israel durante años. Sin embargo, existe la posibilidad de que se alce una realidad radicalmente distinta para hacerles frente. ¿Quizá el reconocimiento de que esta guerra no se puede ganar y, además, de que no podemos mantener una ocupación por tiempo indefinido que obligue a ambas partes a aceptar una solución de dos Estados que, a pesar de sus inconvenientes y riesgos (sobre todo, que Hamás se haga con el poder en Palestina en unas elecciones democráticas), sigue siendo la única viable?

También es el momento de que aquellos Estados capaces de influir sobre las dos partes utilicen esa influencia. No es el momento para la política banal y la diplomacia cínica. Esta es una de las raras ocasiones en las que una onda expansiva como la que vivimos el 7 de octubre tiene el poder de remodelar la realidad. Los países con intereses en el conflicto ¿acaso no ven que los israelíes y los países ya no son capaces de salvarse a sí mismos?

Los próximos meses determinarán el destino de los dos pueblos. Averiguaremos si al conflicto, que se remonta a más de un siglo, le ha llegado el momento de una resolución razonable, moral y humana.

Qué trágico sería que esto ocurra —si es que ocurre—, no desde la esperanza y el entusiasmo, sino del agotamiento y la desesperación. Por otra parte, ese es el estado mental que a menudo lleva a los enemigos a reconciliarse, y hoy en día es lo único que podemos esperar. Y nos conformaremos con eso. Parece que hayamos tenido que atravesar el mismísimo infierno para llegar al lugar desde el que poder ver, en los días excepcionalmente luminosos, los lejanos límites del cielo.

David Grossman es autor de numerosas obras de ficción, no ficción y literatura infantil. Sus obras se han traducido a más de 45 idiomas. Su novela Gran Cabaret ganó el premio Man Booker International.

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