Israel y los árabes: paz, no imposiciones

Por Anatol Lieven, periodista e historiador británico (EL PAÍS, 30/07/06):

En los últimos meses, la Administración de George W. Bush parece haber ido desplazándose discretamente hacia una aceptación tácita del plan de “arreglo” unilateral dictado por Israel que ha propuesto el primer ministro israelí Ehud Olmert para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos si la Autoridad Palestina no acepta un acuerdo según las premisas de Israel. Los acontecimientos de las últimas cuatro semanas -en Gaza, Líbano y el propio Israel- han dejado completamente claro que ésta es una trayectoria desastrosa que garantizará no sólo la continuación del terrorismo palestino, sino la violencia y la desestabilización de los Estados vecinos y, en última instancia, de todo Oriente Próximo.

Los orígenes del último estallido de violencia en Líbano radican en el eterno conflicto entre Israel y los palestinos. Sin la victoria electoral de Hamás, sin su extremismo y sin la intervención armada de Israel para derrocar a su Gobierno, Hezbolá no habría tenido excusas para lanzar un nuevo ataque sobre Israel. Los valedores de Hezbolá, Irán y Siria, han explotado la intensificación de las tensiones entre israelíes y palestinos para sus propios fines, pero no han sido ellos quienes han creado esa tensión. En este sentido, gran parte de la culpa la comparten israelíes y palestinos, pero EE UU sólo está respaldando a los primeros.

Los contornos de la paz impuesta que los israelíes barajan para los palestinos ya están claros. La frontera con Cisjordania seguiría el trazado de la actual barrera de seguridad de Israel, lo cual prácticamente partiría el territorio palestino en dos. Israel mantendría el control del valle del Jordán, con lo que el “Estado” palestino quedaría aislado del resto de Oriente Próximo. Las carreteras controladas por Israel que conducen a ese valle dividirían aún más las tierras palestinas. No se ofrecería ninguna indemnización a los refugiados palestinos, ni a sus descendientes, ni a los Estados árabes que los han alojado durante décadas. Esta “paz” impuesta, lejos de ser la “solución de dos Estados” oficialmente defendida por Estados Unidos, concedería a los palestinos algo ni por asomo similar a un Estado viable. Sería rechazada por el pueblo palestino y por la comunidad internacional, y no proporcionaría a los líderes palestinos ningún incentivo para controlar el extremismo entre su propia gente.

No obstante, esa imposición -por injusta y severa que fuera- tendría cierta justificación brutal si condujera a una separación real y efectiva de israelíes y palestinos, y pusiera fin a los grandes episodios de violencia entre ambos bandos. Pero no será así. Se suponía que la retirada unilateral de Gaza emprendida por los israelíes en agosto de 2005 produciría precisamente esa separación, y salta a la vista que no ha sido así. Por el contrario, sólo unos meses después, las fuerzas israelíes se han adentrado una vez más en la franja de Gaza, llevando a cabo una operación concebida para castigar al pueblo palestino por el terrorismo y para derrocar a su Gobierno. Y la razón inicial, o al menos el pretexto, para esta enorme operación fueron unos ataques con cohetes, casi del todo infructuosos, contra Israel, así como el secuestro de un solo soldado judío. Por su parte, la represalia israelí ha conducido a un nuevo conflicto con Hezbolá y a la total desestabilización de Líbano, que se suponía que era un magnífico ejemplo del éxito de los esfuerzos realizados por EE UU para democratizar Oriente Próximo.

Las condiciones del arreglo dictado por Israel harán inevitable el incremento del terrorismo anti-israelí. Puede que el muro de seguridad de Israel reduzca los atentados, pero, como ha demostrado la experiencia en Gaza, es imposible que acabe con ellos, sobre todo si tenemos en cuenta que las fuerzas de seguridad hebreas seguirán estando rodeadas por palestinos en el valle del Jordán y en otras zonas. Además, si Israel continúa infligiendo un castigo colectivo al conjunto del pueblo palestino, entonces incluso este Estado palestino con tantos límites constituiría un fraude cruel. Si EE UU acepta esta imposición, se habrá perdido cualquier esperanza de consolidación de las fuerzas progresistas de los demás países de Oriente Próximo. El conflicto palestino-israelí continuará, y seguirá recabando apoyo y voluntarios para Al Qaeda y sus aliados. En su libro Knights Under the Prophet’s Banner [Caballeros bajo el emblema del profeta]

el número dos de esta organización, Aimán Al Zawiri, escribe que Al Qaeda debe centrarse en explotar el conflicto palestino-israelí, porque, aun cuando la mayoría de los musulmanes no comparte la ideología de la organización, gran parte de ellos y casi todos los árabes simpatizan con los palestinos.

Además, como han señalado muchos analistas israelíes moderados, esa imposición israelí tampoco convendría a largo plazo a Israel. Arruinará la distensión hasta con los Estados musulmanes prooccidentales. Como han demostrado el ataque de Hezbolá y el contraataque de Israel en Líbano, no hay duda de que no traerá la paz entre Israel y sus vecinos. Continuará concentrando el odio de los musulmanes de todo el mundo en Israel e imposibilitará una auténtica integración de este país en Europa y en Occidente. Básicamente, desde el punto de vista de la seguridad, hará que Israel gane tiempo hasta el día -por mucho que se retrase- en que los terroristas palestinos o islamistas tengan la capacidad de asestar un golpe realmente devastador. La Administración de Bush, en lugar de ir a la zaga de esta estrategia israelí, debería imponerse y apoyar una auténtica solución consensuada para el conflicto palestino-israelí, proclamar claramente cuál debe ser la solución e instar a ambos bandos a aceptarla, en vez de exigir a la parte palestina que haga todas las cesiones por adelantado.

Esto es lo que la Administración de Bush debería hacer porque es lo más correcto y, evidentemente, también lo más patriótico desde una óptica estadounidense. Además, Bush también tendría que hacerlo para mejorar su imagen histórica, algo que según se dice le preocupa enormemente. Teniendo en cuenta la combinación de problemas no resueltos y enormemente agravados que va a dejar tras de sí, Bush tiene muchas posibilidades de ser recordado como uno de los peores presidentes de toda la historia de Estados Unidos. Pero todavía podría salvar algo del naufragio. Mirándolo bien, el encontrar una solución al conflicto palestino-israelí le permitiría ser recordado como un auténtico servidor de su país, e incluso un benefactor de la humanidad.