Israel y Palestina después de Oslo

El 13 de septiembre de 1993, Simón Peres y Mahmoud Abbas se reunieron en el Jardín Meridional de la Casa Blanca para firmar la Declaración de Principios Israel-OLP o Acuerdos de Oslo. Después, el dirigente de la OLP Yaser Arafat y el Primer Ministro de Israel Yitzhak Rabin sellaron el acuerdo con un histórico apretón de manos.

Los Acuerdos de Oslo, resultado de las conversaciones secretas que había alentado el Gobierno de Noruega y que se habían celebrado en la capital de este país, disponían un período de transición de cinco años durante el cual las fuerzas israelíes se retirarían de la Faja de Gaza y zonas no especificadas de la Ribera Occidental y se establecería una Autoridad Palestina. Las cartas de reconocimiento entre la OLP e Israel acompañaron el acuerdo. El objetivo en última instancia, aunque nunca se declaró explícitamente, era el de la creación de un Estado palestino dentro, aproximadamente, de las fronteras de 1967.

Pero los objetivos expuestos en los Acuerdos de Oslo siguen sin cumplirse. En realidad, no es probable que el acuerdo sobreviva a Peres, que cuenta 89 años, y a Abbas, que cuenta 77, ahora presidentes de Israel y de la Autoridad Palestina, respectivamente. Varios factores contribuyeron al deterioro de las perspectivas para una paz duradera.

Tal vez el factor más importante haya sido la continuación –y a veces la aceleración– de las actividades israelíes en materia de asentamientos en los territorios palestinos ocupados. Algunos palestinos de la Ribera Occidental y de Gaza objetaron que no se pidiera explícitamente en los Acuerdos el fin de la construcción de asentamientos israelíes ilegales, pero, dada la debilidad de la OLP y la falta de apoyo en el mundo árabe después de su negativa a oponerse a la ocupación de Kuwait, sus dirigentes aceptaron el acuerdo defectuoso, con el argumento de que durante el período de transición se acordarían las fronteras palestinas.

Pero diecinueve años después la Fundación para la Paz en Oriente Medioinforma de que desde los Acuerdos de Oslo se han construido más asentamientos judíos en los territorios palestinos que antes de que se firmaran. A consecuencia de ello, la necesidad de que Israel paralice las actividades en materia de asentamientos ha pasado a ser un requisito internacional –y no sólo palestino– para la celebración de conversaciones de paz eficaces.

Otro factor decisivo es la violencia continua. Desde que Rabin y Arafat se dieron la mano, unos 7.500 palestinos y 1.400 israelíes han muerto violentamente, y muchos otros han sido heridos o encarcelados. A consecuencia de la política unilateral de Israel de demoler casas en Palestina, ha habido decenas y decenas de palestinos deportados o desprovistos de hogar en Jerusalén, Hebrón, el valle del Jordán y otros lugares. Si bien en los últimos años se han reducido los asesinatos en gran medida, apenas hay día en que no se produzca alguna forma de violencia, con frecuencia contra civiles… incluidos niños.

Lo que alimenta esa violencia es la desesperanza en aumento ante la falta de un acuerdo diplomático. Aunque los dirigentes internacionales llenan las ondas hablando de paz, no han abordado el conflicto audaz y resueltamente.

Por ejemplo, la elección del Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, hace cuatro años reavivó la esperanza de que se reanudaran las negociaciones, pero el enviado de paz de Obama, George Mitchell, dimitió y el cuarteto (las Naciones Unidas, la Unión Europa, Rusia y los Estados Unidos) quedó al margen. Entretanto, la promesa condicional del Primer Ministro de Israel, Benyamin Netanyahu, de apoyar la estatalidad de Palestina ha acabado perdiendo sentido por las provocativas políticas de su gobierno en materia de asentamientos en las zonas que debían componer el Estado palestino.

Los Acuerdos de Oslo dividieron los territorios ocupados en tres regiones. Los palestinos se hicieron cargo de las zonas urbanas más densamente pobladas, mientras que Israel conservó el control militar y administrativo total del territorio mayor, la “zona C”, que constituye el 61 por ciento de la Ribera Occidental.

Muchos palestinos creen que esa situación está al servicio del objetivo sionista a largo plazo de conservar el territorio sin la población. De hecho, los asentamientos israelíes han supuesto la anexión israelí de facto del territorio en el que los palestinos pretenden ampliar su Estado. A consecuencia de ello, sin un acuerdo claro sobre las fronteras, en la zona C van a producirse los enfrentamientos más graves.

Los Acuerdos de Oslo tampoco han servido para internar a los palestinos por una senda hacia la independencia económica. Según el Banco Mundial y otros organismos internacionales, unos lentos y complicados procesos burocráticos y de seguridad, incluidos centenares de puestos de control, imposibilitan el desarrollo económico palestino.

La dependencia palestina de mercancías israelíes exacerba el problema, como también el control israelí del movimiento de bienes y personas hasta la Ribera Occidental, dentro de ella y entre ella y la bloqueada Faja de Gaza.

El Protocolo de París de 1994, uno de los anexos más importantes de los Acuerdos de Oslo, estaba destinado a determinar las relaciones económicas entre Israel y la Autoridad Palestina, pero ha sido secuestrado por Israel para beneficio de sus empresas. El protocolo exige a la Autoridad Palestina que ajuste los precios de ciertos productos y tu tipo de impuesto al valor añadido a los de Israel, obliga a los palestinos a utilizar la divisa de Israel y regula los trámites aduaneros en los puestos de control fronterizos con Jordania y Egipto.

El conflicto palestino-israelí, que ya ha durado 45 años, no es un problema complicado; al contrario, se puede resumir sucintamente, parafraseando al agente político americano James Carville: “Es la ocupación, estúpido”.

Con el tiempo, Abbas logrará la aceptación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la estatalidad palestina: será su logro final antes de abandonar la política, como ha confiado a sus principales colaboradores. Después de su marcha, Israel añorará su firme oposición a la violencia y su apoyo para la cooperación en materia de seguridad.

La decisión simbólica sobre la estatalidad, seguida de la marcha de Abbas, constituirá el final del proceso iniciado en Oslo y que ha estado socavando las aspiraciones palestinas durante casi dos decenios. Ahora que el proceso de Oslo está claramente muerto, quedan dos opciones: caos, extremismo y violencia o un nuevo proceso de paz; el ideal sería el que acabara con la ocupación y permitiera la independencia y libertad palestinas, junto a un Israel seguro.

Daoud Kuttab, former Professor of Journalism at Princeton University, is General Manager of the Community Media Network in Amman. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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