Israel y Palestina, sin piedad ni esperanza

Uno de los mejores libros publicados en España sobre el conflicto palestino se titula Sin piedad, sin esperanza: palestinos e israelíes, la tragedia que no cesa. Su autor, David Solar, anunciaba, ya en 2002, la actual primavera del halcón israelí y el jaque mate al pueblo palestino. El tiempo, desgraciadamente, ha venido a darle la razón.

Implacables los israelíes en la defensa de sus intereses, obsesionados en ampliar los territorios donde se instalaron en la primera mitad del pasado siglo gracias al apoyo de Reino Unido, han olvidado las tradiciones de tolerancia y grandeza de espíritu que durante siglos hicieron de los judíos un pueblo admirado y admirable. Puede que ningún otro haya luchado más por sobrevivir y sobreponerse a las adversidades y persecuciones, pero el noble propósito inicial de crear en Oriente Próximo de “un hogar” para su gente se ha convertido en un Estado militarista y agresor, que no vacila en usar cualquier medio para acabar con sus enemigos, reales o hipotéticos.

Con la excusa de su seguridad, Israel exige siempre el respaldo a todas sus actuaciones por parte de las potencias occidentales, que rara vez lo niegan. Enorme es su poder mediático, poderosos sus lobbies y numerosas las percepciones negativas de Occidente sobre el mundo musulmán, que el sionismo ha sabido manipular hasta el extremo de que muchos responsabilizan de la tragedia a los oprimidos y no a los opresores. En esa línea se enmarcan las declaraciones que acaba de hacer Simón Peres, quien, sin sonrojarse, afirma que “Gaza es un organismo iraní” tras haberla destruido y atacado a su población con bombas de fósforo blanco.

Israel sabe que difícilmente alguna institución internacional se atreverá a exigirle que dé los pasos necesarios hacia la paz. No ha congelado los asentamientos en la Cisjordania ocupada, ha acordado ampliarlos en Jerusalén-Este, rechaza el estatus binacional de esta ciudad y obstaculiza en la práctica todo lo que puede el nacimiento de un Estado palestino.

En Israel se ha consolidado políticamente una coalición de la extrema derecha, los colonos fanáticos y los rabinos radicales, que sostiene a Benjamín Netanyahu, halcón donde los haya, cuya principal obsesión, como dice Avi Shlaim en El Muro de Hierro, no es otra sino dinamitar el proceso de paz. El primer ministro israelí no ha hecho concesión alguna al proceso de paz y está a punto de frustrar cuantas esperanzas se depositaron en Obama, al que no vacila en desafiar, como ha sucedido en la reciente visita del vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden. Difícil lo tiene Obama para desatascar la situación, salvo que se atreva a congelar la ayuda norteamericana a Israel, que según un informe del Congressional Research Service ha alcanzado en los últimos 10 años la increíble cifra de 28,9 billones de dólares, utilizados por el receptor para reforzar aún más su poder militar.

Los representantes del Estado israelí suelen acusar de antisemitismo a quien ose criticarlos y defienden la tesis de que son los palestinos quienes se niegan a negociar la paz. Así lo afirma Raphael Schutz, embajador de Israel en España, en un artículo reciente, en el que además les advierte de que “si quieren alcanzar la paz, deberán renunciar a parte de sus sueños”. No precisa el embajador si pueden permitirse alguno y tampoco recuerda que cuando se emitió la declaración Balfour en 1917, por la que Inglaterra abrió la vía para establecer “una patria para el pueblo judío”, había en la zona algo menos de 50.000 judíos y algo más de 600.000 árabes.

Cuando se les pregunta sobre el proceso de paz, los palestinos contestan: “Netanyahu no está dejando nada sobre lo que negociar”. Hoy, cualquier acuerdo apenas concedería a los palestinos espacio para vivir dignamente.

Lo peor es que no hay razón alguna para la esperanza. Dan Ephron, corresponsal de Newsweek en la zona, escribía recientemente: “Israel ha abandonado la senda de la paz y se está beneficiando de los dividendos de la misma sin que haya acuerdo alguno”. Añadió: “The barrier is working”, o lo que es lo mismo, “la represión ha funcionado”. Como quiera que la economía israelí está creciendo debido a su espectacular desarrollo tecnológico, propiciado en parte por su tecnología bélica, son muchos en ese país los que piensan que para qué embarcarse en un difícil proceso de paz que quizás genere más problemas que ventajas, o, como algunos dicen, “that may rock the boat again”.

No debe de andar alejado de la realidad este análisis de Ephron, toda vez que los partidos pro-paz israelíes sufrieron el pasado año la mayor derrota electoral de su historia. Pero sorprende el cortoplacismo de esa creciente mayoría de la población israelí. Al menos sus gobernantes deberían ser conscientes de que la situación tarde o temprano puede explotar y de que con sus agresiones contribuyen a consolidar el poder de Hamás y de algunos de sus más enconados enemigos.

El poderoso lobby proisraelí norteamericano (AIPAC) acaba de advertir a Obama de que está presionando “excesiva y unilateralmente” al Estado judío. Y éste justifica todas y cada una de sus actuaciones diciendo que la única amenaza para la paz en la región es Irán. Pero sería conveniente que las potencias occidentales no olvidasen que para conseguir esa paz puede que no quede más remedio que neutralizar a los halcones iraníes… y también a los halcones israelíes.

Jerónimo Páez, abogado.