Israelíes y palestinos: una mirada al futuro

Por Sami Naïr, profesor invitado de la Universidad Carlos III. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 02/02/07):

Es importante lo que proponen André Azoulay y Hubert Védrine a propósito del conflicto palestino-israelí (“Un Libro Blanco para Oriente Próximo“, EL PAÍS, 17/01/2007). Más importante todavía porque es la primera articulación política del diálogo de civilizaciones lanzado por el presidente Zapatero bajo los auspicios de la ONU. Sin limitarse a reafirmar el reconocimiento a priori del doble derecho, complementario y recíproco, de los protagonistas (un Estado israelí reconocido y con la seguridad plenamente garantizada, y un Estado palestino viable y democrático), la idea central del texto es que, para que el conflicto palestino-israelí quede resuelto en las conciencias, exige algo más fundamental, una labor de “verdad”, de “análisis frío y racional” de sus causas y sus efectos. Es preciso, dicen, que “Naciones Unidas impulse este ejercicio de verdad pedagógica y política sobre la historia entrecruzada de los dos pueblos, tal como ellos la han vivido en forma de un Libro Blanco (…), en cuya redacción participen personalidades israelíes y palestinas incontestables”. Todo ello “objetivamente”, porque “decir la verdad sobre la historia de los pueblos de la región es la mejor manera de reconciliarlos”. Esta auténtica catarsis cultural sería, según los autores, la condición necesaria para desbloquear psicológicamente el conflicto; permitiría avanzar hacia un “reconocimiento” de los argumentos del Otro, lo cual favorecería la paz.

¿Por qué hay que hacer ese trabajo en estos momentos? Porque -responden los autores- los pueblos israelí y palestino, agotados por guerras constantes, reconocen hoy la necesidad de la paz sobre la base del reconocimiento mutuo. En otras palabras, el reconocimiento de las razones del Otro es la condición principal para la paz porque los protagonistas han comprendido que no pueden destruirse mutuamente.

No obstante, el razonamiento, sutil y más complejo de lo que aquí se ha resumido, suscita graves interrogantes que, a mi juicio, se resumen en dos objeciones principales.

En primer lugar, respecto al agotamiento de las dos opiniones públicas (la israelí y la palestina), es cierto que existe ya una predisposición subjetiva a la solución de paz, pero todavía no se ha explicado por qué, en los dos bandos, los electores escogen de forma sistemática gobiernos cada vez más conservadores. ¿Por qué Sharon debilitó a la OLP y favoreció el ascenso de Hamás como fuerza central en el movimiento nacional palestino? ¿Por qué Hamás puede permitirse hacer una campaña electoral basada en el no reconocimiento del derecho a la existencia de Israel y obtener una victoria tan aplastante? ¿Por qué puede Israel atacar Gaza (las bombas no distinguen entre civiles y terroristas) con el pretexto de castigar a los dirigentes de Hamás o invadir Líbano, sin que la opinión pública israelí se inmute (el debate actual sobre las responsabilidades de los jefes del ejército y el Gobierno es sobre la posibilidad de penalizarlos porque que fracasaron y perdieron su pequeña guerra, no porque la emprendieron)? Hay muchos otros datos que indican que la predisposición subjetiva a la paz en los dos bandos no implica, por desgracia, su posibilidad objetiva. En realidad, da la impresión de que todavía nos encontramos en una situación de si vis pacem, para bellum…

En segundo lugar, ¿qué significa hacer un “Libro Blanco” para “decir la verdad” sobre los sufrimientos de unos y otros? ¿Quién puede pretender elaborar hoy una historia objetiva y audible de este conflicto para los protagonistas? Los israelíes están convencidos, desde hace más de medio siglo, de la legitimidad sagrada y mística de su Estado. Para ellos, la historia concreta sirve de apoyo a esa base mística. Los palestinos han experimentado el sufrimiento de ver sus tierras expropiadas, y también ellos han construido una mística de la nación igualmente sacralizada e intransigente. Frente a la idea israelí del “regreso” que pretende instaurar la identidad política de los judíos, oponen la del regreso de los refugiados palestinos que pretenden fundar la identidad nacional palestina. ¿Es posible una relación dialógica entre estas dos visiones, simétricase idénticas tanto en su presupuesto como en su formulación? Tal vez. Es incluso deseable. Pero es una equivocación pensar que ese diálogo podría servir hoy para algo que no sea alimentar el resentimiento mutuo, sobre todo porque la materialización política del reconocimiento (la existencia de un Estado palestino y el derecho intangible a la seguridad de Israel) no está establecida.

En realidad, el diálogo del reconocimiento es imposible mientras no se encuentre una solución política aceptable para los dos protagonistas. Por eso, a la hora de la verdad, un “Libro Blanco” no puede ser hoy, en el mejor de los casos, más que un compendio de puntos de vista unilaterales de unos y otros, un doble monólogo. Sin contar con que padecería de ilegitimidad desde el principio por varios motivos: por ejemplo, que la impotencia mostrada durante lustros hace que la ONU, que supuestamente debería promoverlo, no tenga ninguna legitimidad ante las opiniones públicas de los dos pueblos, y que las “personalidades irreprochables” no serían tampoco ajenas al reproche de la otra parte. Desde luego, los historiadores, los actores del conflicto y los investigadores deben emprender un trabajo revelador que permita acabar con los mitos y restablecer la verdad sobre la historia del antagonismo entre israelíes y palestinos. Pero esa verdad no debe llevar de ninguna manera el sello de una organización internacional, del mismo modo que la historia no puede someterse a la razón de Estado.

En resumidas cuentas, ¿acaso no será ese diálogo del reconocimiento una “mala buena idea”? Dialogar es una buena idea. Pero creer que es posible extraer del diálogo una serie de “verdades” capaces de impulsar el proceso de paz es una mala buena idea.

Se podría incluso dar la vuelta al argumento: ¿no habría el riesgo de que un debate sobre las responsabilidades de unos y otros avivase las quejas, aumentase las letanías y sumiera el diálogo en un interminable conflicto de interpretaciones? Y, sobre todo, ¿no llevaría a designar culpables y víctimas? Y ése es precisamente el campo de minas que es preciso evitar. Porque todo el mundo sabe lo que allí aguarda…

Lo que necesitan estos dos pueblos, más que un debate sobre el pasado -por definición arbitrario y reconstruido-, es una concepción común del futuro, que debe partir de una aceptación política. La aceptación de la existencia segura y reconocida de dos Estados independientes; la aceptación de un futuro común porque es evidente, para cualquiera capaz de observar esta tragedia con lucidez, que los dos Estados van a necesitarse entre sí para superar sus antagonismos y, sobre todo, dominar su pasado. Será una tarea a largo plazo. Israel debe representar la mejor oportunidad para la democracia palestina, y el Estado palestino debe ser la mejor garantía de la seguridad de Israel. No existe otro remedio.

En cuanto al diálogo cultural sobre las responsabilidades de unos y otros, se producirá, pero será más serio en la medida en que surja de generaciones futuras que vivan en paz. El único diálogo que vale hoy es el relativo al futuro.

Este conflicto trágico no deja de evocar otros. Entre Francia y Alemania, la política y la construcción de un futuro común tienen todo en cuenta. Y sabemos hasta qué punto es difícil todavía hoy, por ejemplo, ponerse de acuerdo sobre las causas de las guerras de 1914 y 1940. Sin embargo, entre los dos países existe un discurso de futuro común, gracias al cual incluso nació la idea de la construcción europea. Ahora bien, el ejemplo más edificante para el conflicto palestino-israelí es el de Suráfrica: cuando De Klerk y Nelson Mandela decidieron hallar una solución política para salir del régimen del apartheid, contemplaron el futuro y tuvieron mucho cuidado de no volver de forma machacona al pasado. Y lo consiguieron, a pesar de los atentados y los odios acumulados.

Los israelíes y los palestinos necesitan un gran plan común. Si la “comunidad internacional” propugna los proyectos comunes de futuro, en contra de los extremismos, les ayudará a descubrirse y solidarizarse ante los sufrimientos del pasado.