Italia, Berlusconi y la tentación garibaldina

Italia celebra este año los fastos del 150° aniversario de su unificación, aunque su primer ministro tenga poco que festejar. El partido de Berlusconi está a punto de perder la alcaldía de Milán. Il Cavaliere había señalado las elecciones en la ciudad lombarda como baremo para valorar el apoyo popular a su gestión, y el batacazo ha sido elocuente. Es probable que la segunda vuelta de los comicios ponga fin a 20 años de control de la derecha sobre la capital económica transalpina.

Pero los fiascos electorales quizá sean una preocupación menor para un Berlusconi imputado en varias causas judiciales que incluyen la prostitución de menores y el abuso de poder. Además, las críticas arrecian contra Il Cavaliere por seguir coaligado con la Liga Norte, un partido xenófobo que aspira a la segregación precisamente del territorio donde se inició la unificación.

Esta imagen de inestabilidad política y permanente astracanada, en principio incompatible con un país integrante del G-8, pone en solfa los valores del Risorgimento que enhebraron la frágil identidad nacional italiana. Pero no constituyen un capítulo excepcional en la Historia de la Italia unificada. En mayo de 1860 el impetuoso Garibaldi, al mando de la Expedición de los Mil, desembarcó en la isla de Sicilia. Conquistó pronto Palerma y Messina. Su entrada en Nápoles ponía fin a la dinastía borbónica que había gobernado el sur. Estos acontecimientos propagaron un nacionalismo republicano y democrático tan poderoso que amenazó al movimiento monárquico moderado surgido en el norte. Cavour, ministro del Piamonte, se vio obligado a neutralizarlo enviando su ejército a Nápoles y convocando allí un plebiscito popular que lo incorporó al Reino de los Saboya. El revolucionario acabó por reconocer a Víctor Manuel II como futuro monarca italiano.

En 1861 se reunió el primer Parlamento del país y se proclamó el Reino de Italia bajo el mandato de Víctor Manuel II. Pronto fue reconocido por las potencias europeas e Italia adoptó una constitución liberal que, salvo por el paréntesis fascista, se mantuvo a lo largo de casi un siglo. No obstante, el triunfo del proyecto monárquico, que se completaría en 1870 con la anexión de Roma, no supuso la desaparición de la tentación garibaldina. Esta última implicaría en lo sucesivo la apuesta por el líder carismático, apoyado en un populismo que se levantaba por encima de instituciones poco arraigadas y una escasa conciencia identitaria. El ensayo berlusconiano de presidencialismo autoritario, sustentado en el control televisivo, no sería sino su última manifestación. Incluso los desaforados y chuscos apetitos sexuales de Il Cavaliere remiten al citado Víctor Manuel II; un chiste aludía a que ningún otro soberano había sido tan buen padre de sus súbditos.

Desde 1861 se suscitaron enormes dificultades para el naciente Estado. Era difícil unificar políticamente un país marcado por una existencia histórica radicalmente fragmentada. Como destacó Arnold Toynbee, la Italia central del siglo XIV registraba más estados independientes que el resto del planeta en 1934. De hecho, la mayoría de los camisas rojas de Garibaldi o de los soldados piamonteses jamás habían oído hablar de Italia.

En el plano económico, debía integrarse el norte industrializado y pujante con un sur agrícola y retrasado. Además, un amplio sector de la población criticaba el modelo político elegido. Lo conformaban republicanos, alérgicos a la corona, y católicos, que observaban cómo el Papa acabaría recluido en Roma. El Véneto se anexionó en 1866, tras la derrota de Austria, y la cuestión romana se liquidó en 1870 tras la debacle de Napoleón III en Sedán. No obstante, subsistió la desafección de los ciudadanos hacia el Estado. A partir de 1922 el fascismo trató de corregirla. Buscaba el compromiso de los italianos asumiendo una versión más exacerbada de la tentación garibaldina. Mussolini, que ofrecía similares inclinaciones eróticas a las de Berlusconi, introdujo dramáticamente a Italia en la Segunda Guerra Mundial. Ante el avance de los ejércitos aliados, que habían puesto ya el pie en Sicilia, el Duce fue destituido por el rey en 1943. La promesa de su sucesor, el mariscal Badoglio, de que Italia cumpliría su pacto con el Eje, se rompía al hacerse público un armisticio secreto suscrito con los aliados. La Familia Real huyó de una Roma ocupada por los alemanes; Víctor Manuel III trató de sobrevivir restableciendo burdamente el orden constitucional. Su intento de sacudirse su colaboración con el fascismo resultó inútil. Concluida la guerra, abdicó en favor de su hijo Humberto II, que fue derrocado en plebiscito tras apenas un mes de reinado.

El fracaso del fascismo dotó a Italia de uno de sus pocos valores identitarios consistentes: los antifascistas. No obstante, en la España franquista estos episodios se interpretaron en clave muy diferente. Un reportero falangista llamado Ismael Herráiz publicó un auténtico bestseller al regreso de su corresponsalía en la Roma del ocaso fascista. Italia fuera de combate conoció 16 ediciones e, incluso, retención de la censura. El motivo de ésta fue su capacidad de evocar con la mayor de las crudezas cómo caía un régimen totalitario en medio del entusiasmo popular y la estrepitosa traición de los leales. Herráiz describía cómo al despertarse el odio popular al fascismo por causa de la guerra, el Rey había optado por Badoglio, «decidido a cualquier cosa antes que a abdicar». No obstante, al descubrir la amplia consigna antimonárquica desplegada, creyó que su única esperanza consistía en ofrecer la Corona «a la conmiseración de los posibles vencedores». El español se burlaba del llamamiento de Víctor Manuel III desde Bari a derrotar al «enemigo secular» alemán. Italia no podía tener un «enemigo secular» por la sencilla razón de que para ello necesitaría, «cuando menos, tener un siglo de existencia». El franquismo estimó que Italia había vuelto a plegarse a la fría definición de Metternich, el desdeñoso canciller austriaco que no la concebía más que como una «expresión geográfica». Anglosajones y alemanes reñían en sus tierras una colosal batalla, ante la cual la joven unidad del pueblo italiano, espectador inerme, se resquebrajaba.

Pero la República italiana sobrevivió y ha reverdecido en los últimos 20 años la tentación garibaldina. Su encarnación, Berlusconi, ha sabido explotar los defectos de un electorado compuesto mayoritariamente por gente sencilla, individualista y hecha a sí misma. Su humanidad apunta al corazón de las contradicciones del italiano medio; un compatriota expuesto al bombardeo televisivo y secretamente envidioso de su primer ministro; un compatriota práctico que, sobre todo, lo considera un mal menor ante la parálisis institucional y la inexistente alternativa de izquierda.

Hace más de medio siglo el escritor Curzio Malaparte describió a la suya como una nación «in fieri» o, como dicen los anglosajones, in progress, es decir, una nación que se está haciendo, que está echando los huesos, que se está desarrollando, social y políticamente. Pero añadía que «Italia, biológicamente, es mucho más fuerte de lo que los italianos piensan».

Por Álvaro de Diego González , profesor de la Universidad a Distancia de Madrid.

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